martes, 25 de septiembre de 2018

Cuento para madres negras




                                      Mario Delgado Aparaín




El día en que nació Ananías, llovió. El agua corría por debajo del techo y se apagaba el fuego, se mojaban las camas, las ropas y pronto comenzó a llover sobre mojado.

Cuando nació Ananías tenía madre, nada más, y al poco tiempo, atardeciendo un sábado, se quedó sin ella porque murió de sufrir del corazón. Pero antes de morirse había cuidado de su hijo lo que había podido. El día que corrió el agua debajo de las camas, ella a medias conjuró el peligro de morir Ananías hecho una sopa, cortando brazadas de ramas verdes y tendiendo los catres encima. Pero al poco tiempo murió la madre, y Ananías no pudo recordar ni nadie le dijo de qué había muerto, aunque murió del corazón por no latir cuando debía haber latido.

Cuando casi se quedó solo y demasiado niño para levantarse por sí mismo del nido de trapos en que lo había dejado su madre, estuvo varios días sin probar alimento. Hasta que sin saber cómo ni cuándo, estuvo durmiendo en la falda de palo de una abuela aparecida con un jarro de leche, de la que casi no probó porque no sabía lo que era, hasta que la abuela le dijo que era la mejor para los niños, porque era leche de yegua.

Ananías se dio cuenta enseguida de lo distinto que era su abuela de su madre. Salivaba como dicen que escupen los guanacos de la cordillera, y en vez de decir rancho decía bohío, y en vez de queso, leche condensada, y en vez de Ananías, negro de mierda.

Sin acordarse qué día era, la vieja le trajo la yegua al rancho, porque le hacía mal en las piernas caminar todos los días un poco, caminar y buscar la leche, y desde ese día la barriga de Ananías comenzó a abombarse y se reía como un grillo la abuela, porque sentía la seguridad de que lo estaba criando bien. Y para que lo apreciara lo llevaba al pie del animal para que viera cómo lo ordeñaba y de pronto aprendía.

Un día, mientras Ananías y un perro amarillo y un prodigio de flacura esperaban la leche de la mañana junto a la abuela que afirmaba la frente en la verija y ordeñaba, a la yegua se le terminó la leche para siempre. La abuela la miró con rabia y se le revolvieron los ojos antes de soltarla, que se fuera si quería, porque ahora no servía ni para montarla, porque la abuela era muy vieja y Ananías era chico así.

Y mientras la vieja pensaba en cómo criar a Ananías, Ananías se crió solo, y para que la abuela no envejeciera tan rápido, le arrimó una silla, la sentó al lado del horno de hacer el pan que nunca se hizo, le soltó el moño que le llegó de plata casi al suelo y le puso en la falda una galleta dura para que fortaleciera los dientes un poquito todos los días, hasta que llegara la hora de dormir.

Entonces Ananías la tomaba entre sus brazos musculosos como culebras y cuidadosamente la dejaba en el nido de trapos que le había preparado su madre y la hacía dormir como si estuviesen sus huesos plegados dentro de su poca carne, arrullándola en un escandaloso silbido fronterizo, más bien brasileño que del lado de acá.

Y mientras la vieja madre de otra madre dormía por algo más de un día, sin ocurrírsele despertar, Ananías hizo la chacra y plantó el maíz, creció el maíz, cortó, desgranó, embolsó, llevó, vendió, gastó y cuando volvió, la abuela ya estaba despierta.

Ese día, la abuela lloró como una niña de cuatro años y a veces más, porque cuando Ananías volvió, estaba muy viejo, le quedaban dos pequeñas matas de motas sobre las orejas, y entre una barba de negro muy blanca, se veía con facilidad que ya se le había caído el último diente y la muela siguiente. Entonces fue la abuela la que desde ese día tuvo que hacer la tarea y cuidar los bienes de Ananías y tender la ropa al sol; blanqueó el rancho, la tostó el sol, se le ensancharon los pechos y muchas de las arrugas se las llevó el viento del verano.

Ananías, que permaneció inmóvil de tan viejo sobre la misma silla de la abuela, también comió galleta dura y hasta maíz pisado; pero fue en vano, porque los dientes no le volvieron a nacer, ni nada de lo que ya era viejo. De a poco comenzó a enfurecerle la soledad y el verano, mientras al tranco transcurrían las horas monótonas de los mediodías y la abuela comía sandías en la chacra con un negro grandote, mientras a Ananías se lo comían las moscas y los tábanos.

Y de pronto, rapidísimo, el calor de aquella intensidad reprimida se hizo sentir y como si tal cosa los años desandaron su torpe camino. Precisamente antes que las primeras heladas tuviesen por fuerza que venir, el maíz de la chacra volvió a nacer sin que nadie lo plantara. Ananías recobró algunos de sus dientes, y a la abuela se le redondearon las rodillas y sus muslos ya no fueron de palo, ni tuvo más que escupir como esos animales andinos, porque Ananías se lo prohibió terminantemente el día que decidió barrer todos los días el patio y encender el horno y comer el pan en las madrugadas de lluvia, mientras la abuela dormía sobre el lomo amarillo del perro que miraba ordeñar la yegua.

Y un día, mientras corría el agua bajo las camas y afuera ladraba la tormenta y era más bien la medianoche, sucedió lo inevitable. En el mismo nido de trapos en que había llegado a este mundo, Ananías vio nacer a su madre.


Mario Delgado Aparaín,nació en  Florida,  en 1949. 
Escritor, docente, periodista y gestor cultural, es autor de seis libros de cuentos, y de seis novelas.  La balada de Johnny Sosa (1987, Primer Premio Municipal de Literatura de Montevideo), Por mandato de madre (1996, Premio Foglia de Novela), Alivio de luto (finalista del Premio Internacional Alfaguara y del Premio Rómulo Gallegos 1998), No robarás las botas de los muertos (Premio "Bartolomé Hidalgo" de la Feria Internacionaldel Libro de Montevideo, 2003.En el año 2002, recibió el Premio Instituto Cervantes del Concurso "Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional, por el cuento Terribles ojos verdes

viernes, 14 de septiembre de 2018

Los pocillos

                               


                                          Mario Benedetti 



Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.

“Negro con rojo queda fenomenal”, había sido el consejo estético de Enriqueta.

Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

“El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana.

La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo.” Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. “¿Qué buscás?”, preguntó ella. “El encendedor.” “A tu derecha.” La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. “¿Por qué no lo tirás?” dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. “No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana.”

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado en encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.

Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

“Este mes tampoco fuiste al médico”, dijo Alberto.

“No.”

“¿Querés que te sea sincero?”

“Claro.”

“Me parece una idiotez de tu parte.”

“¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.”

En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

“De todos modos debería ir”, apoyó Mariana. “Acordate de lo que siempre te decía Menéndez.”

“Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros.”

“¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano.”

“¿De veras?” Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente, piadosamente— protegerlo.

Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue u temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

“Que otoño desgraciado”, dijo, “¿Te fijaste?” La pregunta era para ella.

“No”, respondió José Claudio. “Fijate vos por mí.”

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.

Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. “Gracias”, había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

“Y ayer estuvo Trelles”, estaba diciendo José Claudio, “a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme.”

“También puede ser que te aprecien”, dijo Alberto, “que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte.”

“Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo.” La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

“Ahora sí podés calentar el café”, dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.

Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.


“No lo dejes hervir”, dijo José Claudio.


La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.


Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo.”


Mario Benedetti, fue un escritor, poeta y dramaturgo uruguayo, integrante de la Generación del 45, a la que pertenecen también Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti. Su prolífica producción literaria incluyó más de 80 libros, algunos de los cuales fueron traducidos a más de 20 idiomas.(Nació el 14 de septiembre de 1920,en Tacuarembó - El día 17 de mayo de 2009 poco después de las 18:00, muere en su casa de Montevideo, a los 88 años de edad)

sábado, 30 de junio de 2018

Noche de San Juan

                                                                                Mario Arregui

Después de muchos días consumidos en incesante arreo de tropas por campos y caminos donde el otoño sembraba sus mil muertes, Francisco Reyes volvía al pueblo en un atardecer desnudado y alto como la victoriosa espada de un ángel, mientras cien hogueras dispersas anunciaban el nacimiento de la noche de San Juan. Los cascos de su caballo golpeaban sonora y rítmicamente la blanca carretera, y él abría con avidez los ojos a los cordiales fuegos de los hombres y al balbuceo de las primeras estrellas. Su pecho también se abría, se abría dulcemente y se dilataba ante viejas ternuras y recuerdos aun tibios que lo alcanzaban desde el sitio donde se repliega la infancia. Y su corazón iba liviano y ágil como un niño.
En la última loma, detuvo el caballo y se irguió en los estribos: el pueblo —quietas hileras de faroles y desparramadas luces que se levantaban como párpados al creciente conjuro de las sombras— estaba como preparándose para transportar un puñado de hombres y mujeres por los remansos de la noche, hasta la playa vidriosa y baldía de la madrugada. Pensó en su madre y en sus hermanos: seguras caras sonrientes entre las que encontraría una realidad suya densa y compacta como la de un metal; pensó en Carmen, la prostituta amiga, cuya carne morena —que su cuerpo memorioso deseaba con una certeza muy parecida a la sed— se hundía y se ahondaba frutalmente bajo la mano; pensó en los compañeros de incontables noches de cañas y guitarras. . . Con una ligera inclinación del torso, puso el caballo al galope.
Horas más tarde caminó —con pasos que ya estaban de alguna manera en su recuerdo— hacia la calle de los prostíbulos. Poco antes de llegar a la esquina de insomne puerta luminosa donde el Bajo comienza, encontró una gran fogata crepitante, encabritada al pie de un muro que coronaban —con crueldad vana y torpe— refulgentes vidrios rotos.
Sus altas llamas mordían el aire anochecido, y sus llamas bajas se retorcían sobre la leña inmolada. Dispuestos en semicírculo, seis o siete niños la vigilaban y la alimentaban, en silencio, muy serios, casi sacerdotales.
Se acercó sonriendo, armó un cigarrillo y lo encendió en las brasas. Distribuyó tabaco a los niños, que lo miraban con respeto y no sin cierta admiración. Tomó de la cuneta un puñado de hojas muertas y lo arrojó al fuego.
Continuó su camino, dobló a la derecha y avanzó, por el centro de la calle arenosa y hollada, hasta casi la mitad de la cuadra donde ejercen su oficio "las mujeres de la vida". Se detuvo, miró la noche joven establecida en el mundo, escuchó murmullos en un zaguán de honda tiniebla, respiró el aire frío con olor a humo y a casas viejas. Avanzó un poco más, trepó de un salto la alta vereda de grandes losas y llamó con el puño en una puerta. La voz esperada preguntó:
—¿Quién?
—Yo, Francisco Reyes.
—Voy.
Aguardó el ruido del pasador, empujó la puerta y entró.
Cuando salió —ya sobre la colmada plenitud de la medianoche— comprobó desde la esquina que la fogata, bastante disminuida pero todavía alta y briosa, seguía mordiendo las sombras y destellando en los agresivos vidrios del muro. Sonrió nuevamente, aunque con cierta lánguida tristeza final, porque algo en su interior estaba hundiéndose en una muerte invasora, en agraz y amarga. Permaneció inmóvil algunos instantes, de pie en medio de las dos calles, como encerrado por el cono de luz del farol. Además del aflojamiento y la pesadumbre que suelen suceder a las intensidades de la carne crucificada en el sexo, crecía en él una insatisfacción precisa y punzante, decididamente hostil, como si impulsos no animales que lo habitaran (que vivieran ocultos en su carne, parasitariamente) estuvieran alzándose —rebeldes, enconados y ciegos— sobre el desmayo del deseo animal agotado. En su alma nacían ansiedades sin destino y despertaban apetencias ya condenadas a frustrarse, y se rompían equilibrios, se iniciaban resquebrajamientos. . . Sintió que necesitaba el alcohol para defenderse, para emerger de la angustia que ya comenzaba a ceñirle la garganta. . . Caminó unos metros y entró en un bar y pidió caña.
Hacia el primer canto de los gallos estaba borracho. Casi siempre la saciedad sexual y la embriaguez le otorgaban una especial euforia deslastrada, libre, que superponía a su minucioso yo habitual —fatigosamente lúcido, encadenadoramente comprometido y prolijo— otro mucho más liviano y purificado: un neblinoso yo comparable en múltiples aspectos al de los entresueños, dibujado en trazos a la vez netos y fugitivos sobre lo más permanente que reconocía poseer. Pero nada semejante había ocurrido: imprevisiblemente, se encontraba caído por completo en la tristeza, desunido y lleno de grietas amargas, sobrepasado y aplastado por la angustia.  En vez de levitarse en la euforia amiga, había tocado fondo en un subsuelo lóbrego, viscoso y tenaz; y su alma, como perdida de sí misma, se debatía en vano y se buscaba a tientas. . . Pensó, por un momento, seguir bebiendo hasta la inconsciencia, pero en seguida apartó el vaso. Más de una hora estuvo fumando acodado sobre la mesa, hosca y defendida la cara, sin beber y sin hablar. Luego, desoyendo voces que lo instaban a quedarse, se levantó y salió.
Caminaba muy junto a una pared carcomida por las lluvias y los años —el sombrero sobre los ojos y un cigarrillo colgando en la boca—, cuando una sombra apenas perceptible se movió en la oscuridad del arco ruinoso y sin puerta que servía de entrada a un prostíbulo. Tras un leve aleteo de esperanza en su pecho, se detuvo y echó el sombrero hacia atrás. La sombra dijo con voz de niña:
—Dame fuego.
—No; te doy un fósforo: así te veo la cara.
Lo encendió y adelantó la llama, protegiéndola del débil viento con la mano ahuecada. La oscuridad le entregó un rostro joven, ligeramente salvaje y felino, de altos pómulos, frente baja y huidiza, boca grande y rasgada, ojos pequeños que parpadeaban y se cerraban ante la luz. El pelo —que entrevió negro, profuso y desordenado— permaneció detenido en el límite de la penumbra, cautive de la noche. . . El rostro se inclinó hacia la llama en actitud sedienta. 
Reyes alargó el brazo y aspiró —con los ojos semicerrados— el olor del perfume barato y del tabaco rubio. Después recogió y bajó un poco la mano y miró de nuevo a la prostituta. Debajo del abrigo de color claro y viejo, adivinó un cuerpo delgado, largo, blanco, tembloroso y erizado de frío. Sostuvo el fósforo hasta que se quemó los dedos, lo arrojó y dijo a la oscuridad multiplicada:
—No te conocía. ¿Sos nueva?
—Hace un mes que estoy —contestó la voz de niña desde la brasa del cigarrillo.
—¿De dónde sos?
—De aquí, del pueblo; hace un mes que trabajo. 
Él encendió otro fósforo y volvió a mirarla. Ella sonrió, mostrando dientes pequeños, parejos y aguzados. La sonrisa, aunque fugaz y tan sólo muscular, trazó y dejó en su cara la forma real de un acercamiento ilusorio, le dio algo así como un leve y estático impulso hacia adelante. Y Francisco Reyes se quemó otra vez los dedos.
—No te conocía —repitió—. ¿Cómo te llamas?
—Ofelia.
—Sos linda.
—Va en gustos.
—Sos linda — insistió como con rabia.
Se hizo un silencio, un silencio vivo y cargado en el que ambos cayeron, acercándose, como derivando hacia un punto de convergencia creado por el mismo silencio. Reyes fumaba mecánicamente —las piernas un poco abiertas, el torso adelantado, los ojos fijos en la oscuridad y en la tenue sombra gris. La mujer, con frío. cruzaba los brazos sobre el pecho, y la lumbre de su cigarrillo temblaba a la altura de su seno izquierdo. Y la ya muy declinante noche de San Juan los envolvía como un gran poncho prieto y compartido.
Preguntó ella al fin, no sin apremio, con una voz más vieja:
—¿No entras?
Él demoró un poco en responder:
—Sí; pero para estar un rato con vos, nomás.
Y, luego de una pausa, agregó con voz obligada, forzada, que pronunciaba a pesar suyo:
—Pero igual te voy a pagar. . .
Encendió otro fósforo y la siguió por un pasillo de desparejo piso enladrillado y paredes con manchas de humedad antigua; y entraron, al fondo, en una pequeña pieza encerrada y honda como un calabozo, apenas alumbrada por una lámpara que humeaba colgada del techo.
Había una fatigada cama de hierro, un ropero con mortecino espejo hostil y sin dueño, una mesa y dos sillas, un dominador crucifijo y grabados indistinguibles en las paredes. A pesar del aire húmedo y frío que la llenaba, del torvo espejo y de los fragmentos de muertes ajenas que parecían poblarla —y en cierto modo entorpecerla—, tenía la penumbrosa pieza —en su pobre desnudez sucia de vida, historiada y gastada— una intimidad agridulce que acogía como acoge un lugar donde se ha conocido la dicha.
Reyes dejó el sombrero sobre la mesa y aplastó muy cuidadosamente la colilla en un cenicero de vidrio adornado por un pueril caballito de metal. La prostituta arrojó el cigarrillo hacia afuera, cerró la puerta y —respondiendo a una pregunta que él no había formulado— dijo mientras ordenaba las ropas de la cama:
—No sé lo que me pasa. Tenía frío y no podía dormir. Estaba sola, pensando cosas, y me levanté. Las demás duermen. Tenía ganas de caminar. . .
Después se quitó el abrigo, la pollera y los zapatos y se acostó boca arriba —conservando la chaqueta y el viso—. con las piernas juntas y las rodillas levantadas. Y la horizontalidad pareció restituirle una vieja densidad dulce y terrestre.
Él, de pie, la fijaba con una mirada de ojos todavía vidriados por el alcohol pero pesados como manos que oprimen. Su cara de hombre joven — marcada por el sol y el viento, quebrada a la sazón en duros ángulos por la débil claridad vertical de la lámpara— estaba detenida —y como atrapada— en una contracción exasperada, dolorosa, y en una tensa expresión de acecho que no denotaba, pese a su codicia, específico deseo sexual.
—Acostate — llamó ella.
—Sí — respondió sorprendido, como regresando de un país donde no existía la voz humana.
Se quitó el saco y las botas y se tendió junto a la mujer. La besó en el cuello, en la mejilla, en el pómulo, y hundió la cara en el pelo derramado sobre la almohada. . . Hubiera querido dormir allí un largo sueño profundo y total: descender a la unión ciega y a la paz de las profundidades apretándose contra aquel cuerpo despierto y ofrecido. Pero el hambre impar que asiste y sirve a las especies lo atormentaba y lo avasallaba, obligándolo a buscar comunicaciones con el vasto mundo opuesto y secreto encerrado por aquella piel de mujer.
Se apoyó en los codos y miró con sus ojos pesados el rostro un poco salvaje y felino, que se acercaba y se alejaba según las sutiles vacilaciones de una sonrisa indecisa. Alzó su mano derecha y la bajó lenta y plana sobre él y le buscó el contorno de los huesos: rozó con la yema de los dedos la frente baja y oblicua, los arcos superciliares, el filo angular de la mandíbula, las aflorantes durezas de los pómulos. Y luego hundió otra vez la cara en el pelo que olía a humedad y a sueño y que se derramaba sobre la almohada. . . Sentía que el tumulto de su alma se hacía más simple, más coherente. Era como si las ansiedades y las apetencias se vertieran en un único, ancho y perdido río central. Pero este río, este espeso río sin cauce del que la angustia se desprendía como un rumor de sílabas caóticas, no se remansaba ni desembocaba — más aún, parecía acrecentar su potencia y su desorientación al mismo tiempo que su carga.
Y Francisco Reyes levantó la cara del pelo que olía a sueño y a noche y rodeó el talle de la prostituta con el brazo izquierdo y la hizo girar un poco hacia su lado. Cerró con fuerza los ojos y se apretó contra el vasto, opuesto mundo vivo y tembloroso. La mujer intentó hablar, pero él le tapó la boca con el hombro, y ella —comprendiendo— giró hasta ponerse por completo de costado y lo abrazó estrechamente, en silencio. Largos minutos permanecieron así, como dos náufragos arrojados por el azar en la concavidad de una misma ola. Pero el hambre impar seguía insaciable y el turbio río continuaba acrecentándose sin remansarse ni desembocar. Y Reyes se evadió del abrazo y buscó los senos. La mujer lo ayudó, desabrochando en parte su descolorida chaqueta de lana roja, y aquéllos —pequeños mas ya cansados y con peso propio— surgieron a medias entre las ropas y parecieron iluminarse mucho más de lo que la escasísima luz de la lámpara hacía prever. Él los besó con un furor contenido y los oprimió ávida y morosamente con las manos y con la cara.
—Tengo frío—se quejó la prostituta. 
Le abrochó la chaqueta, se semiarrodilló en la cama y le acarició los muslos, elásticos y erizados. Después remangó el viso y descubrió el vientre; tocó apenas su liviana curva, aplanó la mano sobre la suave depresión del centro. Miró el triángulo oscuro del sexo, que adivinaba hondo, nocturnal, infinito. .. y tibio y tierno y estremecido como un pájaro. Y puso su mano allí.
—Tengo frío — repitió la mujer.
La cubrió con su cuerpo. Ella comenzó a separar las piernas, pero él la detuvo:
—No; eso no.
Transcurrieron lentos, puros minutos. La unión ciega y la paz permanecían lejanas, inalcanzables; pero el río se remansaba en una calma quizá muy semejante a un deseo de morir, a una madurez para la muerte. Y —acallado el tumulto— su alma estaba recogiéndose en sí misma. . . Esperó.
—Me voy — dijo al fin.
Con gran esfuerzo, se dejó caer a un lado. Se sentó en el borde de la cama y empezó a calzarse las botas. La mujer se vistió rápidamente.
—Volveré otro día — mintió Reyes, ya en el arco ruinoso y sin puerta que servía de entrada al prostíbulo.
—Hasta pronto, entonces.
—Sí; hasta pronto.
Al pasar frente al muro de los vidrios rotos. Francisco Reyes recordó la fogata. Buscó las cenizas y las golpeó con el pie; aparecieron unas cuantas brasas. Con la suela de la bota, las aplastó una a una —rencorosamente— mientras el alba corroía el cielo y cien gallos dispersos anunciaban la muerte de la noche de San Juan.

MARIO ARREGUI, exelente narrador uruguayo, nació en Trinidad (Flores) en 1917 y murió en Montevideo en 1985. Cultor exclusivo del género cuento, publicó, entre otros, Noche de San Juan y otros cuentos (1956) y Hombres y caballos (1960) con relatos que serían luego refundidos en La sed y el agua (1964) donde de agrega algunos textos nuevos. En 1972 publicó El narrador, y en 1979 La escoba de la bruja.Perteneció a la generación del 45.

miércoles, 13 de junio de 2018

Los sótanos

                             Hiber Conteris - Uruguay


Es cierto que por fin la encontré, pero antes tuve la impresión de que no, es decir, pensé que no llegaríamos a encontramos nunca, y al no encontrarnos, algo ¿qué? la duración del día o de la vida, o el proyectado reposo de la noche o la muerte, o yo mismo, ambos, nos perderíamos para siempre, acabaríamos por disolvernos en el oscuro abismo del comienzo.

1

La primera vez que vi a Manés, ella vestía un "tailleur" azul, ceñido al cuerpo, que no volví a verle después. No soy de los que reparan en el modo de vestir de la gente, pero esa tarde fue el color de la tela lo que me obligó a volverme hacia ella; es decir, a recorrer primero el contorno de su cuerpo y detenerme un instante en el rostro. Ahora no sería capaz de describir ese color, y de todos modos no creo que fuera lo más importante. Era azul, simplemente, un tono que sentaba a los cabellos platinados de Manés y a sus ojos oscuros, indefensos, tenazmente evasivos.

Estábamos a mediados de un octubre lluvioso y desteñido, y yo vagaba un poco harto de mi soledad. Era la época del año en que indefectiblemente se interrumpía mi abulia melancólica de alguna manera imprevisible. Al llegar esos meses comenzaba a vivir en un estado de perpetuo sobresalto. Los olores del aire, de la lluvia, el brotar de los árboles en las aceras, actuaban como estímulos para un estado de permanente excitación. Con esto no creo que mi caso resulte excepcional ni mucho menos. Es algo que ocurre de manera general al llegar esa época, algo que todo el mundo respira y que acaba por fermentar en la sangre. Sólo pienso que en mi situación, en mi lánguido existir diletante y abstraído de entonces, ese efecto debía adquirir proporciones inusitadas y bien pudo ser causa de la serie de hechos que se inició con el descubrimiento de Manés.

Esa tarde llovía. Por esa razón no eran aún las seis cuando ya estaba oscuro. La oscuridad de un atardecer lluvioso es diferente de cualquier otra. Probablemente se trate de un efecto cromático. Es una penumbra calidoscópica; la ciudad se proyecta en el espejo de la lluvia; el resplandor del neón atraviesa la noche. Si hubiera aprendido a pintar alguna vez no hubiera resistido el intento de captar a la ciudad bajo la lluvia. Recuerdo ahora una pintura de Marquet. Es una calle de París vista desde lo alto de un edificio. Predominan los grises en toda la tela; una rítmica secuencia de árboles, en el plano inferior, en realidad sólo manchas de un verde amortiguado y lúgubre, contribuye a impregnar de mayor melancolía el paisaje.

En aquel entonces ya había contraído el hábito de asistir al concierto vespertino de los sábados. Me hallaba en el vestíbulo de la sala, aguardando la hora de comienzo, cuando el "tailleur" azul me condujo hasta el rostro de Manés. Me demoré observándola, y al cabo de un instante ella volvió la cabeza y encontró de manera absolutamente inequívoca mi mirada. Aquel acto no pudo ser casual ni mucho menos; en ese mismo momento comprendí que yo había reclamado ese gesto, o quizás que una determinación imponderable lo había establecido para ambos. De cualquier modo ya no pude dejar de recordarlo, especialmente porque el resto de la noche permanece bastante confuso. Otro momento puede ser rescatado con cierta precisión: fue en mitad de los "Cuadros", de Moussorgsky. Al llegar a esa altura del concierto, Manés dejó de ser una idea fija. Yo conocía la obra, la había escuchado buen número de veces. Pero al llegar al cuadro segundo, "le vieux château", el tema grave y profundamente melancólico del saxo me apartó de aquella mirada obsesiva. Tal vez me equivoque. No podría decir si esa abstracción significó olvidar el encuentro con Manés, o, por el contrario, algo así como la recuperación total del instante. Era un estado de absoluta identificación, en que el pensamiento no vuelve reflexivamente sobre los hechos, sino que los penetra o abstrae, rescatándolos de su disolución inevitable en el flujo del tiempo.

Algo más de esa ocasión puede ser reconstruido con relativa exactitud: mi búsqueda infructuosa en los dos intervalos del concierto. Siempre acostumbraba fumar un cigarrillo en esos minutos. A veces esto era sólo un pretexto para alejarme un poco, sumirme en la plenitud de la noche. Esa vez busqué ansiosamente a Manés. Intenté localizar el "tailleur” azul y sorprender en un rostro de mujer la repetición de aquella mirada. Fracasé y fue entonces que vino el final. Moussorgsky, "le vieux château", y ese modo particular de olvido que pudo llegar a ser definitivo.

2

Probaré una reconstrucción de lo ocurrido después valiéndome de unos cuantos hechos estandarizados: los sucesos del sábado a la noche. Al finalizar el concierto acostumbraba vagar un poco por el centro. Antes de las diez me hallaba en el teatro o en el café donde solía reunirme con el grupo del sótano. En aquel entonces, el diletantismo o la vaga curiosidad de que padecía por todo lo artístico me había llevado a integrar un grupo de teatro experimental. Funcionaba éste en un sótano húmedo y penumbroso de la ciudad vieja. El lugar era, deliberadamente, un tanto "snob"; yo lo advertía pero no me disgustaba. Me fascinaban los experimentos a que nos entregábamos, y no recuerdo nada que me absorbiera tanto tiempo en aquella época de mí vida como las reuniones con el grupo. Pero una de ellas importa especialmente por su relación con la historia de Manés. El hecho ocurrió muchos sábados después del primer encuentro, y no sé si a esa altura yo recordaba con toda claridad el incidente. Esa noche iniciábamos un nuevo programa en el sótano. Nuestras funciones revestían cierto carácter esotérico, y sólo tenían acceso a ellas un reducido núcleo de iniciados. La pieza elegida esa vez era el "Sleep of Prisoners", de Christopher Fry, para la que habíamos creado dentro del sótano un verdadero clima de experiencia onírica, tal como la obra solicitaba. Nos hallábamos en medio de la representación cuando desde el escenario creí tropezar súbitamente con una mirada inconfundible. De inmediato recordé el incidente: me vi otra vez en el vestíbulo del Auditorio, rodeado de personas, y de pronto inmovilizado al encontrar el rostro de Manés. Esa visión debió turbarme, pues recuerdo que algunos me lo hicieron notar al final. Sé que dejé atropelladamente los camarines y me lancé a la platea sólo para conocer un nuevo fracaso.

Es verdad que algunas personas se habían marchado apenas terminada la función; pero la mayor parte del público acostumbraba quedarse para discutir con nosotros el espectáculo, y entre éstos no había ninguna mujer en quien yo pudiera reconocer a Manés. Consideré esa vez dos hipótesis posibles: intenté convencerme, al comienzo, de que había sido victima de una ilusión, o que la súbita aparición de aquel lejano recuerdo en la conciencia me había llevado a proyectarlo en la realidad objetiva. Pero no pasó mucho, antes de que otra hipótesis menos racional pero más cierta para mis propios fueros comenzara a ganarme. No voy a pretender explicarlo. Baste decir que a partir de esa vez la convicción de que el encuentro definitivo con Manés se produciría más tarde o más pronto no sólo ya no me abandonó, sino que fue echando sólidas raíces y constituyéndose en algo que por ese tiempo pude creer mi esperanza, mi razón de vivir, la persistente sensación de que en cualquier momento, y del modo menos previsible, podía ocurrir algo que trastornase completamente y dotara de sentido la opaca existencia de aquel entonces.

3

A partir de ese momento comencé a obrar con una paciente seguridad, convencido esta vez de que el destino no me ¡ría a jugar una mala pasada. Me decía que todo se limitaba a saber esperar, y consecuentemente, como puede entenderse por lo recién anotado, en esa época comprometí mi fe en una incierta religión del destino, en la certeza de que una fuerza oculta e irracional, un azar demoníaco, estaba conduciendo los hechos hacia un acontecimiento decisivo. Mí estado más frecuente era por lo tanto una curiosa combinación de paciencia o resignación, y a la vez cierta expectativa nerviosa, aguardando el momento en que los sucesos unánimemente desechables del día alcanzaran su justificación póstuma en el desenlace presentido.

El acontecimiento se produjo. La circunstancia inicial y desencadenante revistió, tal como yo mismo lo esperaba, las características más extrañas, pero a la vez todo resultaba susceptible de ser explicado mediante un razonamiento natural. Es decir, hay estados de conciencia y ciertos fenómenos del pensamiento que pueden explicarse perfectamente por las teorías psicoanalíticas. Pero aunque nunca descreí del todo de esa interpretación, me inclino por otro tipo de causas no racionales, sobre las que la ciencia aún no ha logrado pronunciarse en forma clara. Divagaciones aparte, lo cierto es que el hecho original participó de ese carácter ambiguo, pero aún así me llevó al convencimiento de que el encuentro con Manés era inminente.

Corrían los últimos días de noviembre. Había transcurrido (según contabilizaba yo meticulosamente) más de un mes desde el primer encuentro con Manés. A esa altura del año las actividades del sótano habían sido clausuradas, pero unos pocos del grupo seguíamos encontrándonos cada tanto. Era una tarde cálida y lluviosa (otra vez), muy semejante a aquella del concierto, y yo, que habitualmente recorría las pocas cuadras entre mi trabajo y el sótano demorando los pasos bajo la lluvia, decidí en esa ocasión subir a un ómnibus. En el viaje tuve una extraña revelación. Supongo que debí dormirme, aunque dudo en llamar a aquel estado peculiar con el nombre demasiado preciso de sueño. Era más bien la disposición que se alcanza durante un trance hipnótico o con la ayuda de ciertos alcaloides. En ese estado, abstraído de la dimensión conocida del tiempo, volví a encontrarme con Manés. La vi con su "tailleur" azul de la primera vez, adelantándose hacia mí en un inútil esfuerzo por alcanzarme. Yo intentaba responder a ese esfuerzo, pero de alguna manera no muy clara me sentía paralizado y mudo. Y de pronto, cuando todo parecía resolverse en una visión estática, experimenté una fuerte conmoción y sentí formarse en mi garganta una palabra. En ese instante abrí los ojos, descubrí el interior del ómnibus semi desierto y comprendí que había soñado. Pero ya no olvidé la palabra que había gritado o tal vez solamente articulado sin voz en la garganta. Me puse de pie y descendí precipitadamente, seguro de que había sido objeto de una inequívoca revelación. De ese modo supe que su nombre era Manes.

4

Dos días después del incidente referido se produjo el encuentro.

Debo decir que durante las ultimas semanas las actividades en el sótano me habían absorbido de tal manera que hube de suspender la asistencia a los conciertos. Después del episodio en el ómnibus resolví agotar todos los recursos posibles para encontrarla. El sábado de esa misma semana, por lo tanto, volví al Auditorio. Al principio, las cosas no fueron como yo esperaba. La interrupción de casi un mes me había movido a suspender el abono de las localidades de galería, únicas que podía permitirme, y esa tarde encontré que no había una sola entrada disponible, excepto unos pocos sillones de platea mal ubicados. Era la última semana de noviembre, sin embargo, y el exceso no implicaba otro sacrificio que dos o tres noches aún no programadas de cine, de modo que pagué la entrada y me ubique en la platea, sin haber superado todavía la noción de estar permitiéndome un disparate.

Al comienzo creí reconocer a Beethoven. En mi precipitación no había tenido tiempo de, consultar el programa de la tarde, y en ese instante experimenté cierto sentido de culpa porque mi presencia en el concierto se debía a razones ajenas a la música misma. Pero Beethoven comenzó por reinstalarme poco a poco en mi mundo, y luego vino Bach, un concierto que ya casi había olvidado para clave y orquesta, y cuando el piano inició su monólogo en el "largo" y cada frase dibujada límpidamente en el teclado comenzó a desencadenar en mi las emociones por varias semanas contenidas, me sentí invadido por una inexplicable felicidad, la sensación de plenitud, de perfección, que sólo un acto de comunión total con la música podía otorgarme. Y fue recién al terminar el "largo" cuando por un simple descuido, por un modo casual e indolente de voltear la cabeza hacia el costado, mi mirada absolutamente desprevenida tropezó con el rostro de Manés.

Sé que la reconocí desde el primer momento, pero luego me enfrasqué en una pormenorizada observación de sus facciones, y comprendí que todo lo que había retenido de ella eran uno o dos rasgos esenciales. Los ojos, desde luego, el esquivo pavor de su mirada. Tal vez el brillo del pelo era el mismo que yo podía recordar, y el arco pronunciado de las cejas En lo demás, el perfil que examinaba en la penumbra cómplice de la sala, sumido en el fondo de mi butaca, no guardaba estrecha relación con la imagen que yo había conservado celosamente. Si se piensa que en las dos únicas oportunidades en que vi a Manés todo había ocurrido con gran precipitación, no puede resultar muy extraño que e1 rostro, hasta cierto punto me pareciera nuevo e imprevisto Sin embargo, ahora estaba allí, expuesta a la voracidad contenida de varias semanas de búsqueda infructuosa, y yo me sentía en un incierto estupor, ligeramente defraudado, como si por fin advirtiera una distancia, un desconocimiento entre ella y yo que hasta entonces no me había detenido a considerar.

De todo esto, lo único que importa es que esa tarde establecí el primer contacto con Manés. Al encender se las luces en el intervalo ella paso delante de mi butaca. Yo me puse de pie. Levantó los ojos un segundo para agradecérmelo, y en ese acto volvimos a encontrarnos por tercera vez. Se detuvo, vacilo un instante y siguió avanzando hacia el pasillo. Tras ella pasó un hombre y luegootra mujer. Yo me volví y observe el modo como estaba vestida, la piel echada indolentemente sobre los hombros. Me había parecido súbitamente avejentada, o poseída por el hastío, amenazada por cierta mediocridad de la existencia o un escepticismo devorador. Aunque eso duró apenas un segundo, llegué a pensar; "Y para esto comprometí yo mi fe en el destino, mi credulidad, largas semanas de búsqueda, una ciega confianza en las vías irracionales del conocimiento”. Pero entonces era aun temprano para comprender el fondo de la historia y yo no podía saber lo que vendría después.

5

Ese estado impreciso, mezcla de perplejidad y desasosiego, se prolongo durante algunos minutos, hasta ocurrir los hechos que paso a relatar ahora.

Seguí a Manés hasta el vestíbulo. Ya he dicho que estaba acompañada por otra mujer y un hombre, éste visiblemente mayor. Hubo un instante en que el hombre se alejó del lugar. Manés abrió su bolso y extrajo un cigarrillo. Antes de que pudiera concluir el rito me acerqué y extendí la llama del encendedor. Levantó la mirada, seguramente me identificó con la persona que había encontrado antes en la sala, vaciló nuevamente y por fin inclinó el rostro sobre el fuego. Luego volvió a mirarme, "Gracias", dijo sencillamente. "¿Su nombre es Manés, verdad?", acerté a preguntar. Esta vez me observó atentamente. "¿Ya nos conocemos?", preguntó, intrigada. "Yo la he visto antes", dije, "la primera vez, a mediados de octubre, aquí mismo. Cuando estaba por comenzar el concierto". Exhaló el humo del cigarrillo; su mirada estaba dominada por la curiosidad. "No recuerdo", dijo. "Una tarde de lluvia", continué yo, "Usted estaba en medio del vestíbulo; llevaba un traje azul. Yo me dedicaba a observarla, y de pronto Ud. levantó la vista y creo que también me miró. Mejor dicho, estoy seguro. Fue la primera vez que nos vimos". Sonrió. "Es posible", murmuró luego, "sin embargo, hace años que he desechado el azul de mi ropa". "Estoy seguro", afirmé yo. "¿Puede tener mayor seguridad que yo de eso?", preguntó ella. "Vamos a ver", dije, "voy a ayudarla a hacer memoria. Esa tarde tocaban algo de Moussorgsky, los "Cuadros de una Exposición" ¿puede acordarse?". Entrecerró los párpados un instante, como sí quisiera capturar una imagen desaparecida. "No lo recuerdo", dijo, aunque continuó en esa actitud reminiscente, y luego prosiguió; “Ud. me está obligando a pensar en cosas muy lejanas. Desearía escuchar los "Cuadros" otra vez, tenía a Moussorgsky casi olvidado". "Pero hace apenas un mes ...", comencé a protestar yo. "Yo no pude haber sido", interrumpió ella. No supe qué replicar. Llevé el cigarrillo a la boca y fume para llenar la pausa. Entonces recordé algo. "¿Y su nombre?", pregunté, "¿cómo se explica que conozca su nombre?". "¿Cómo quiere que lo explique yo?", rió ella, “ya es bastante extraño que mis amigos lo recuerden, cuanto más un desconocido. Dígame cómo lo supo". "No me creería", repuse. Se quedó mirándome. "Todo esto es muy misterioso', dijo. 'También su nombre", señalé yo. Volvió a sonreír. "¿Sabe lo que significa?", dijo, y antes de que yo pudiera confesarle mí ignorancia añadió: "Sin el acento, eran los dioses en la mitología antigua que purificaban las almas. Es una condena llamarse así". En ese instante, el hombre regresaba a nuestro encuentro. "Tengo que irme", indicó Manés. "¿Cuándo puedo volver a verla?", exclamé apresuradamente. Por primera vez en esa tarde, la mirada de Manés abandonó su lejana displicencia, su fingido o impuesto retraimiento, y vino hacia mí en un impulso verdadero, angustiado, donde algo intentaba comunicarse. Era la mirada que yo había rescatado. "Tengo que verla", insistí, y creo que en un tono cercano a la violencia. El hombre ya estaba a nuestro lado. "Adiós", dijo Manés. Extendió su mano. Alcance a estrechársela. Después, cuando ya se había apartado unos pasos en compañía del hombre y de su amiga, la vi detenerse. Se volvió hacia mí. "¿Sabe?", comenzó a decir con un dejo levemente nostálgico y reminiscente; "Ahora recuerdo, hace muchos años. Era verano, probablemente, y creo que llovía. Yo estrenaba un nuevo "tailleur" azul. Fue la primera vez que escuché los "Cuadros" de Moussorgsky”. Sonrió, pero como si no me sonriera a mí. No dijo nada más y siguió andando al costado del hombre.

6

Ese año el verano nos invadió de golpe. Sin transición alguna cesaron las lluvias de noviembre y el cielo se explayó con una limpidez insólita. Durante meses no supe nada de Manés, pero es mejor consignar ciertos acontecimientos.

Hasta entonces yo trabajaba en un Banco. No es difícil adivinar que esta ocupación, si no irreconciliable, por lo menos nada tenía que ver con mis preocupaciones fundamentales. No es que no lo hubiera percibido antes, pero fue en ese verano cuando llegué a una decisión. Atribuyo el hecho a una obstinada necesidad de reflexión, de íntimo coloquio, experimentada entonces. De ese modo descubrí que el Banco me imponía la tortura de contener durante varias horas una libertad elemental, el diálogo conmigo mismo. Así rompí con todo y de pronto me encontré libre y con un único problema: sobrevivir, es decir, atender a una serie de necesidades ubicadas en la periferia, pero sin lo cual no podía entregarme a las cuestiones por entonces fundamentales.

Abrevio. Me hospedé, al principio transitoriamente, en el sótano. En verano la inactividad era total. Superada esa dificultad quedaban otras. Comer, por ejemplo; alimentarme. Y, no menos importante, disponer de algún dinero para mi irrenunciable necesidad de frecuentar los medios artísticos.

Todo se fue solucionando ventajosamente. Comencé a escribir para un periódico. Los ingresos no eran muchos, pero en cambio obtenía libre acceso a casi todo lo que me interesaba: cine, teatro, conciertos. Por otra parte, la función de critico despertó en mí una verdadera vocación. Fue en esa época, en fin, que me hallé viviendo plenamente, en total acuerdo con mí conciencia; y la perseverante soledad que me rodeaba comenzó a aparecérseme como el cumplimiento de un destino ineluctable.

Creo que era feliz. La felicidad, naturalmente, es una fórmula personal. No creo en una felicidad absoluta. Yo me sentía viviendo intensamente, en el ámbito de las cosas que me pertenecían y a solas conmigo mismo. Después, Manés, el misterio aún inaccesible de sus apariciones, era el complemento de esa felicidad. Lo irrealizado, lo por venir, el símbolo de una búsqueda que podía tener su imprevista consumación en el tiempo.

7

Debo permitirme otra divagación.

Ya he descrito las características del sótano. Mientras nos reuníamos allí, sin embargo, gracias a la actividad constante que significaba ensayar una pieza, preparar escenografías, instalar luces, reflectores, todo eso, el reducido espacio de que disponíamos podía parecer habitable. Ahora, en el verano, estaba solo y mudo. La luz del día no llegaba hasta esa profundidad. Yo volvía por las noches, abría la puerta insuficientemente alta, y me preparaba para que el hálito del encierro me golpeara de lleno en el rostro. Luego descendía ocho escalones en espiral, alumbrando el recorrido con la indecisa llama del encendedor. Mi cama se hallaba en el fondo; me había provisto de un ropero y una mesa. Sólo poseía una única lámpara que funcionaba a pilas de linterna, porque durante el verano, para eliminar gastos, cortábamos el suministro de energía eléctrica. No recuerdo haber tenido un solo visitante en todo el verano. El sótano se había convertido, así, en el lugar más propicio para mi soledad, y yo, aunque no pasaba allí otras horas que las del sueño (leía y escribía en cualquier mesa de café) le había cobrado un afecto inusitado. Lo llamaba para mí mismo "la guarida", hasta que se me ocurrió un símil menos literario.

Comencé a pensar que era una tumba. Un sepulcro vacío e ilimitado, una cripta poblada únicamente por las sombras. Esto me ocurría durante las noches. Al acostarme apagaba la luz, pero no me dormía de inmediato. Permanecía un buen rato con los ojos abiertos, sin lograr penetrar la oscuridad, cavilando, escuchando. Los ruidos indeterminados de la calle llegaban a través del tamiz de las paredes. A veces encendía un cigarrillo y me quedaba observando la brasa roja y oscilante, diminuta sobre el telón de oscuridad, único punto exterior de referencia en todas mis cavilaciones.

Llegué a comparar el sótano con una tumba por la reaparición del tema de la muerte. Yo había padecido intensamente de esa crisis en la adolescencia. Ahora pensaba en la muerte sin temor, sin angustia, con serena objetividad. Sabia que la muerte era lo único cierto de mi absurda religión del destino, y ese término incondicional, ese fracaso ultimo era menos importante cuando lo transfería al padecer de todos. "Dentro de cien años", pensaba. "todos, absolutamente todos los que ahora vivimos, amamos, nos fatigamos y sufrimos, estaremos muertos. La tierra estará poblada de hombres totalmente nuevos, que no se acordarán de nosotros ni de nuestros padecimientos, ni de lo poco o mucho que hicimos para prepararles un mundo más feliz". Y no es que mediante ese razonamiento llegara a una fácil resignación, porque no necesitaba resignarme a nada; era, simplemente, que ese modo de pensar me llevaba a una aceptación lisa y llana de la muerte, a una cierta clase de reconciliación con el destino. Y, sin embargo, el símil del sótano con una tumba no me libraba enteramente de un pánico indescriptible y erróneamente superado. Ya no era pensar en la muerte como un acontecimiento futuro y normal, sino que me veía a mi, a mi en persona, no muerto, hundido en el sepulcro, consciente de mi situación pero apartado, escindido para siempre del mundo.

8

Vuelvo a Manés. Dije que no supe nada de ella durante algunos meses. Eso no es estrictamente cierto, pero es verdad que no la vi y que no hubo ninguna variante en la situación después de los acontecimientos últimos. El único hecho relacionado con ella se había producido una tarde hacia el fin del verano, mientras escribía mi crónica en una mesa de café. En esa oportunidad reparé en una mujer que me observaba indisimuladamente desde un lugar vecino. Me levanté y fui a su encuentro, y en el preciso momento de introducir el pretexto de rutina descubrí que se trataba de la amiga de Manés. La mujer sonrió y me dijo: "Es extraño que me haya reconocido después de tanto tiempo". Le expliqué que no había sido exactamente un acto de reconocimiento, sino más bien una adivinación, un pálpito. De inmediato le pregunté por Manés. "No he vuelto a verla", me dijo. "en el verano desaparece de la ciudad". "Tampoco yo volví a encontrarla", comenté, y ella sonrió de un modo casi triste y añadió; "Quizás haya sido lo mejor". No pude controlar un rictus dolorido, cosa que ella debió notar porque agregó apresuradamente; "Oh, lo digo por Ud.: nada sacaría volviendo a verla". Le pregunté si el hombre que estaba con ellas en el concierto era su marido, "Si, en cierto modo", respondió; y como yo solicité una aclaración de esa respuesta volvió a sonreír (casi rió, pienso ahora, tal vez llegó a soltar una carcajada) y me dijo; "Ud. ya sabe cómo son esas cosas. Una libreta de matrimonio es siempre un inconveniente". De modo que permanecí pensativo por algunos minutos, hasta que sólo se me ocurrió preguntarle, todavía sin meditar muy bien lo que decía: "¿Y le parece que va a demorar en regresar a la ciudad?". Y ella levantó la mirada nuevamente con mucha comprensión o ternura, y esa vez no sonrió sino que dijo gravemente: "Eso es difícil saberlo; casi siempre depende del marido de tumo, pero nunca antes de acabar el verano". Nos quedamos en silencio, hasta que se me ocurrió agradecerle algo, no sé muy bien qué pudo ser, pagué su manzanilla y me fui del lugar.

9

El sótano, al entrar el otoño, se hizo más frió y lóbrego. El grupo parecía haberlo abandonado definitivamente y yo me convertí en su único dueño. Eso no significó ninguna transformación. Continué prescindiendo de la corriente eléctrica, y mis costumbres no variaron en nada. Llegaba bien entrada la noche, a veces a la madrugada, me tendía sobre la cama y a la mañana siguiente volvía a abandonar el sótano. Y después de ese acto solitario, el dejarme caer con mí cansancio, y mis notas del día siguiente sentí bosquejadas en la tumultuosa actividad del cerebro, y mi módico aporte de esperanzas frustradas y propósitos diferidos al único gran sueño multitudinario; después de aflojar los músculos y extender los brazos en cruz sobre una cama demasiado estrecha, demasiado fría, y saberme solo y mezquino en la oscuridad, como antes, como pudo ocurrirme en las primeras noches del verano, me daba por comparar el sótano con una tumba, y sentirme, no muerto, consciente aún, en un estado intermedio y fantástico, yaciendo en un sepulcro definitivo. Un sepulcro vacío, sin hombres, sin Dios; una insólita figuración de la nada, en la que la muerte no era en realidad la extinción de la conciencia, sino más bien la posibilidad de captación de un vacío absoluto. En ese vacío solamente yo, un reflejo de mi ser, un demiurgo sin sentidos y sin la capacidad de pensar más que un único pensamiento, habla penetrado y se había instalado para siempre.

10

Fue entonces, recién entrado el otoño, cuando volví a encontrarme con Manés.

Una fría mañana de abril salía del sótano rumbo al café. De pronto se me acercó corriendo un chico. Traía el rostro empapado por la fina llovizna. "Dice la señorita si puede ir un momento", casi gritó. "¿Qué señorita?", pregunté desconcertado. Extendió el brazo hacia la vidriera de un bar en la acera de enfrente. Le alcancé dos monedas y crucé la calle. Junto al panel de vidrio estaba la amiga de Manés. "¿Qué sorpresa, verdad?", me dijo, "Siéntese". Me quedé mirándola, sin atinar a nada. "¿Va a seguir todo el tiempo callado?", preguntó ella. "Pensé que iba a encontrarme con Manés", respondí. "No es muy gentil de su parte", dijo, y luego rió. "De todos modos me alegro de verla", afirmé al cabo de una pausa. "La verdad es que tengo noticias para Ud.", dijo, "Manés ya está de regreso. ¿Todavía tiene ganas de verla?". "¿Por qué no?", contesté elusivamente. "Dígame por qué le interesa Manés", solicitó ella. Medité unos segundos, sin poder formular ni siquiera para mi una respuesta. "Me encontré con Manés hace meses", dije por fin, "y desde entonces no dejé de pensar en ella un solo día". "Si, recuerdo aquella tarde del concierto", manifestó un poco impresionada por mi efusividad. "Fue antes que eso; uno o dos meses antes, en otro concierto", dije. "Oí su historia", replicó ella, "creí que se trataba de su técnica". La miré sin comprender. "Un pretexto cualquiera para acercarse a Manés", explicó con una sonrisa. "Es totalmente cierto", dije yo; "después de eso, unas semanas después, volví a verla en el sótano". Ella enarcó las cejas. "¿En el sótano?", repitió. "Un lugar donde hacíamos teatro", expliqué. "Oh, ¿no dirá Ud. ... ", alcanzó a decir antes de que su boca se paralizara en un gesto de asombro. "El sótano", insistí yo, "todo el mundo conocía el lugar por ese nombre". "Lo recuerdo", dijo, y de pronto se dejó ganar por una seriedad insólita; "Fui dos o tres veces al sótano, siempre con Manés. De esto hace mucho tiempo. No creí que existiera todavía". "El grupo parece haberlo abandonado", referí; "yo vivo ahí, ahora". Se sumió en un hondo silencio, y aunque yo deseaba volver a preguntarle por Manés no quise perturbarla. Pero al rato ella dijo, sin superar del todo su ensimismamiento: "Manés y yo éramos muy jóvenes y hasta muy puras en aquella época; las dos esperábamos mucho más de la vida". Sacudió, su letargo y continuó: "Le contaré a Manés; trataré de convencerla para que ustedes se encuentren. Ella tendrá que burlar la vigilancia de alguien, seguramente". Sonrió, y sus ojos me observaron con insistente ternura:

"¿Ve?", continuó: “Es lo que le decía. En aquellos años creíamos en la inocencia". Extinguió el resto de su cigarrillo en el borde de la laza y agregó: "Mañana aquí, a las nueve; si logro convencerla". "A las nueve", repliqué. Le sonreí. Volví a sonreírle cuando ella pasó delante del cristal empañado, por la acera.

11

Es cierto que por fin la encontré, pero antes tuve la impresión de que no, es decir, pensé que no llegaríamos a encontrarnos nunca, y al no encontrarnos, algo ¿qué? la duración del día o de la vida, o el proyectado reposo de la noche o la muerte, o yo mismo, ambos, nos perderíamos para siempre, acabaríamos por disolvernos en el oscuro abismo del comienzo.

Pero Manés descendió la escalera del sótano en el preciso instante en que yo había decidido que no esperaba más; el día había llegado a su fin, la penumbra comenzaba a llenar el recinto, y yo que había pensado decir "Deseaba verla" fui a su encuentro y dije sin pensar "Deseaba verla", y Manés sonrió, se detuvo un segundo al pie de la escalera y me aguardó. Yo pense; "Ahora buscará apoyo en la pared, pasará una mano por su rostro, volverá a mirarme, sonriendo, y dirá..." "¿Y bien?", dijo Manés. Y entonces desapareció la menor sombra de duda. Aquel instante que nos había pertenecido una vez, en otro mundo u otra vida, había sido rescatado del borroso sedimento del tiempo. "Manés", exclamó, convencido de una súbita revelación. "Manés ¿recuerda la primera vez que nos vimos, nuestro primer encuentro?". "Fue hace meses", dijo ella, "en un concierto", "No", repliqué, piense; mucho antes. Fue en un concierto, tal vez, pero no hace meses. Muchísimo antes; trate de recordar". "Puede ser", dijo". Vaciló. Su mirada, tensa, impaciente, se aquietó de pronto. "No consigo recordar nada, prosiguió; "Sólo una borrosa imagen de algo que otra persona vivió.

Como si hubiera escuchado una historia, hace ya tiempo". "Piense", insistí, buscando la manera de hacerle compartir mi asombroso descubrimiento; "¿Cómo era esa historia? ¿Que ve en la imagen que se le aparece?". "Hace ya tanto tiempo..,". repitió; "ella, yo ... "¿Era Ud. misma la protagonista de esa historia, verdad?", sugerí; "Era Ud. con su "tailleur" azul, y probablemente se hallaba en el vestíbulo de una sala de conciertos". "Sí, eso es", dijo ella; "es verdad, era yo; esperaba la hora del concierto, en compañía de alguien; y luego se apagaron las luces y fuimos hacia. . .". "Pero antes", interrumpí yo; "unos minutos antes, recuerde, cuando Ud. aún se hallaba entre la gente. Algo pasó ¿recuerda? Quiero que vuelva precisamente a eso". "Si", dijo, "creo que puedo recordar. Era una extraña sensación, como si alguien estuviera mirando, reclamándome". "Exactamente eso", exclamé yo; "alguien que la estaba llamando. Piense. Manés, ¿que ocurrió en ese instante?". "Era Ud.", dijo-, "Me volví y lo vi a Ud. con su impermeable suspendido del brazo. Después entramos a la sala. Tocaban los "Cuadros" de Moussorgsky". Me acerqué más a ella, buscando el fondo de su mirada rescatada. "¿Cuánto hace de eso?", pregunté. Era lanzarme a penetrar una cifra irresuelta de tiempo. "No sé", dijo Manés; "Años, o siglos. Sé que ocurrió una vez, no sé cuando ni si fue un sueño o un suceso realmente vivido".

"Escuche", dije entonces: "Cierre los ojos. No piense en esto. Olvide que estamos aquí, en el sótano, que es otoño y que la humedad y esta penumbra nos rodean, olvide que ha vivido desde entonces. Piense sólo en aquello. Vuelva a escuchar la música. Imagine una remotísima tarde de octubre". Me detuve; observé que sus párpados caían como una frágil cortina sobre el tiempo. "¿Puede hacerlo?", pregunté, "trate de hacerlo". "Si", respondió, y a partir de ese instante su voz comenzó a llegar muy lejana; "Ya no escucho otra cosa que la música. Aquí llueve, también; y es verano; o primavera, quizás. Y me veo joven, con mi "tailleur" azul, recién puesto. Y todo se halla mudo y oscuro, y la música misma parece ser parte del silencio". "Es algo que Ud. escucha por primera vez", susurré. Y yo también cerré los ojos y me hallé en un octubre lejano y desteñido; "son los "Cuadros" de Moussorgsky; ahora puede escuchar el tema del viejo castillo, y el sonido del saxo, grave, profundo y lleno de melancolía". "Lo escucho", dijo ella, "no escucho nada sino es”. "Ya ve", dije yo; "estamos juntos; llegamos a estar juntos, después de todo, aquella tarde. Esto fue real, lo demás, lo que creímos sucedió a cada uno a partir del encuentro, sólo un sueño". Hubo un largo silencio. "¿Y ahora?", preguntó al cabo ella; "¿Qué va a pasar ahora? ¿Vivimos aún o estamos muertos?" '"No sé", respondí suavemente; ya no deseaba abrir los ojos; ya no podía desear nada. "Ignoro todo lo que pasa. No sé si estamos vivos. Sólo me doy cuenta de algo, estamos juntos. Tal vez estemos muertos".


Hiber Conteris
(23 de septiembre de 1933, Paysandú) es un escritor, dramaturgo, profesor y crítico uruguayo , tuvo también participación en el Movimiento de Liberación Nacional - Tupamara. Se formó en Montevideo entre y en la Universidad de Buenos Aires.  Realizó un posgrado en Francia. 
 Emigró a Estados Unidos, se estableció en Wisconsin donde dictó cátedra de literatura latinoamericana en la Universidad de Madison, luego en Alfred University en Nueva York y finalmente en la Universidad de Arizona. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y japonés.
Prolífico novelista y dramaturgo, Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y japonés

viernes, 11 de mayo de 2018

Agua Mansa.


                                     Serafín J García


El estero acentuaba por momentos su acre color a juncos en descomposición y a cieno fermentado. Y como para reforzar aquel inequívoco signo de tormenta, comenzó a hendir el aire denso, sofocante, una nube de raudos "alguaciles". Por otra parte arreteaban el lanceteo y el zumbido infernal de los mosquitos. Mate va, mate viene, los dos hombres aguardaban en silencio, ensimismados, la hora de la faena.
Pronto se escondería entre el juncal inmenso la roja bola del sol. Y en la melancólica calma del crepúsculo retornarían de prisa a sus refugios las bandadas de garzas salvajes. Y con las primeras sombras llegaría el instante propicio para la caza y el desplume.
A fin de defenderse mejor de los voraces mosquitos, e incluso de la secreta inquietud que le había puesto los nervios tensos como alambres, Andrés fumaba cigarro tras cigarro. Sus ojos no perdían uno solo de los movimientos de Tomás, que ahora, en medio de la hosca pesadez de esa atmósfera de plomo, le parecía mas hostil, mas cargado que nunca de malas intenciones, de siniestros propósitos.
Sin embargo, la actitud del compañero no justificaba en modo alguno aquel receloso atisbo. Abstraído, indiferente, como insensible a cuanto le rodeaba, Tomás solo se movía para recoger el mate y devolverlo. No había en él ningún asomo de hostilidad, ni el menor gesto capaz de infundir sospechas. Si algo dejaba traslucir su rostro era un abúlico tedio, una especie de tristeza fatalista y cansada.
Pero Andrés interpretaba de muy distinta manera su ensimismamiento. Y creía tener razones poderosas para ello. Desde muchas noches atrás veníale socavando el cerebro una idea persistente, que había concluido por volverse obsesión. Tomás quería matarlo porque estaba celoso. Esa era la verdad. Desde que supo que Carmen iba a casarse con él, tornóse huraño, enigmático. Dejó de ser el amigo de corazón abierto que había sido hasta entonces. Y el despecho fue incubando sin duda, poco a poco, la siniestra intención que él estaba seguro de haber leído en sus ojos.
Recordó las únicas palabras cambiadas entre ambos acerca de la muchacha. Fue una madrugada que volvían del pueblo, soñolientos aún, con los inseparables caballos trotando en una misma línea
. - Anoche te vi con Carmen. La querés en serio?
- La quiero. Nos casamos pal año. Por?
- Por nada. Preguntaba nomás . . .
Hubo un silencio molesto, embarazoso, y luego él indagó:
- Es cierto que vos tuviste relaciones con ella?
- Hace ya mucho tiempo. No te priocupes. Lo pasao, pisao.
Desde entonces, ya no volvieron a nombrarla. Pero Carmen seguía interpuesta entre ellos, alejándolos cada vez más uno del otro. Si de algo estaba convencido Andrés era de eso. De eso y de las aviesas intenciones que abrigaba Tomás a su respecto.
La convivencia se les fue haciendo difícil: pasaban días enteros sin cambiar más de dos o tres monosílabos. Los estrictamente indispensables para entenderse en el trabajo. Y por las noches, Andrés trasladaba su recado al otro extremo de aquella especie de islote seco en que habían establecido el campamento, y allí tendía los cojinillos y jergones que le servían de cama. Pero ni aún así podía dormir tranquilo. Cualquier susurro mínimo, el roce de la brisa o de alguna alimaña nocturna entre los juncos, hacíale incorporar sobresaltado, manoteando la escopeta, o empuñando el facón que siempre tenía al alcance de la diestra.
- Ya está lavao que da asco.
- Lo ensillamos?
- Por mi, no.
Andrés lió un nuevo cigarro y prosiguió tomando mate solo. Acababa de ocultarse el sol, velado por una bruma rojiza, como de sangre. Hacia el Oriente, empezaban a acumularse pesados nubarrones. Y el metífico hedor del estero, cada vez mas denso, tornaba irrespirable aquel aire caliente y estancado.
No soplaba una brisa. Los juncos verticales, inmóviles, alargaban hasta el horizonte la uniforme monotonía del paisaje. Croaron algunas ranas distantes. Y como si hubieran estado esperando esa señal, otras, más próximas, respondieron de inmediato al invisible conjuro. A los pocos minutos todo el estero se llenó de un clamoreo compacto, ronco e infatigable.
Andrés se levantó y arrojó un terrón al agua para restablecer momentáneamente el silencio.
- Bichos jodones! - rezongó.
Sus nervios parecían a punto de estallar. Tomás, siempre abstraído, siempre inmóvil, contemplaba con ojos ausentes aquel lodo chirle y fétido, removido por el azoro de veloces fugas.
- Parece que va a llover.
- Parece.
Las palabras estaban de más. No cabía duda. Solamente tenían importancia los gestos, las actitudes.
Volvieron a enmudecer los dos hombres, atento cada uno al intransferible y secreto bullir de sus propios pensamientos. El recuerdo de la mujer lejana continuaba aislándolos , suprimiento inexorablemente entre ambos toda posibilidad de comunicación.
De pronto empezaron a aparecer en el horizonte las primeras bandadas de garzas en regreso. Venían desde los pantanos costeros de la Laguna Merin, en vuelo presuroso; giraban sobre el juncal, apretujándose entre graznidos inquietos, trazando cículos cada vez mas estrechos y más bajos; y luego descendían hasta desaparecer en el corazón del gigantesco estero, ya ubicado el sitio exacto donde acostumbraban a pernoctar.
Era un maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellas legiones de aves blancas y rosadas, cada vez mas numerosas y urgidas, revoloteando sobre la sombría inmensidad del juncal.
Andrés, que había vuelto a agazaparse al verlas, olvidó por un instante sus preocupaciones y se puso a hacer cálculos. Sería proficua la faena de esa tardecita. Podrían cazar muchas docenas de garzas y obtener sendas bolsas de plumas de primera calidad. Y quizás las ganancias les permitieran abandonar aquel penoso oficio, adquirir una chacrita en las inmediaciones del pueblo y vivir en paz con Carmen, trabajando la tierra. Eso sería lo mejor. La vida del garcero no servía para él. Ese silencio forzoso, esa monotonía agobiante del juncal, ese malsano olor de los esteros plagados de mosquitos, de sanguijuelas viscosas, de taimadas víboras, resultábanle cada día más intolerables. Que Tomás se buscase otro socio, si quería. Al fin de cuentas, ya no quedaba entre ellos nada en común.
Antes, cuando se entendían, cuando eran verdaderos amigos, cualquier sacrificio hacíase llevadero. Pero ahora Tomás lo odiaba y hasta sería capaz de matarlo si se le presentaba una ocasión favorable. No podía conformarse con que Carmen fuera suya. Era uno de esos hombres sin nobleza, que no saben perder . . .
Bruscamente cortó sus reflexiones para observar de reojo al compañero, pues había creído advertir en él un movimiento sospechoso. Tomás acababa de incorporarse, en efecto, y avanzaba paso a paso hacia allí, con las venas del cuello tensas y una dura fijeza en la mirada. Parecía un animal montaraz acercándose a su presa. Querría aprovechar su momentáneo descuido para ultimarlo a traición? Sería capaz de tal villanía?
No había concluido de hacerse estas preguntas cuando lo vio llevarse la mano a la cintura y desenvainar con cautela el afilado machete. Entonces dió un ágil brinco, blandiendo a su vez el suyo y hendióle el cráneo de un certero golpe mientras le gritaba:
- Tomá, por ventajero!
Desde el suelo, pudo aún el compañero extender el brazo y advertirle con un hilo de voz:
- Cuidado!
Andrés volvió los ojos hacia el sitio que el otro el indicaba, y recién entonces vió la yarará en acecho, pronta para saltar sobre él.
En ese mismo instante, un fuerte trueno anunció el comienzo de la lluvia. 
                                        FIN  

Serafin J. García, poeta y narrador uruguayo nacido en 1910, en Cañada Grande, Depto. de Treinta y Tres. Completó el ciclo de Enseñanza Primaria, y no tuvo otros estudios, habiendo realizado su formación cultural en forma enteramente autodidáctica.  Es autor, entre otros,  de los siguientes libros:

"Tacuruses", "Encarne viva", "Tierra Amarga",   "Las Aventuras de Juan el Zorro" .(5 de junio de 1905Treinta y Tres - 29 de abril de 1985Montevideo)