sábado, 30 de junio de 2018

Noche de San Juan

                                                                                Mario Arregui

Después de muchos días consumidos en incesante arreo de tropas por campos y caminos donde el otoño sembraba sus mil muertes, Francisco Reyes volvía al pueblo en un atardecer desnudado y alto como la victoriosa espada de un ángel, mientras cien hogueras dispersas anunciaban el nacimiento de la noche de San Juan. Los cascos de su caballo golpeaban sonora y rítmicamente la blanca carretera, y él abría con avidez los ojos a los cordiales fuegos de los hombres y al balbuceo de las primeras estrellas. Su pecho también se abría, se abría dulcemente y se dilataba ante viejas ternuras y recuerdos aun tibios que lo alcanzaban desde el sitio donde se repliega la infancia. Y su corazón iba liviano y ágil como un niño.
En la última loma, detuvo el caballo y se irguió en los estribos: el pueblo —quietas hileras de faroles y desparramadas luces que se levantaban como párpados al creciente conjuro de las sombras— estaba como preparándose para transportar un puñado de hombres y mujeres por los remansos de la noche, hasta la playa vidriosa y baldía de la madrugada. Pensó en su madre y en sus hermanos: seguras caras sonrientes entre las que encontraría una realidad suya densa y compacta como la de un metal; pensó en Carmen, la prostituta amiga, cuya carne morena —que su cuerpo memorioso deseaba con una certeza muy parecida a la sed— se hundía y se ahondaba frutalmente bajo la mano; pensó en los compañeros de incontables noches de cañas y guitarras. . . Con una ligera inclinación del torso, puso el caballo al galope.
Horas más tarde caminó —con pasos que ya estaban de alguna manera en su recuerdo— hacia la calle de los prostíbulos. Poco antes de llegar a la esquina de insomne puerta luminosa donde el Bajo comienza, encontró una gran fogata crepitante, encabritada al pie de un muro que coronaban —con crueldad vana y torpe— refulgentes vidrios rotos.
Sus altas llamas mordían el aire anochecido, y sus llamas bajas se retorcían sobre la leña inmolada. Dispuestos en semicírculo, seis o siete niños la vigilaban y la alimentaban, en silencio, muy serios, casi sacerdotales.
Se acercó sonriendo, armó un cigarrillo y lo encendió en las brasas. Distribuyó tabaco a los niños, que lo miraban con respeto y no sin cierta admiración. Tomó de la cuneta un puñado de hojas muertas y lo arrojó al fuego.
Continuó su camino, dobló a la derecha y avanzó, por el centro de la calle arenosa y hollada, hasta casi la mitad de la cuadra donde ejercen su oficio "las mujeres de la vida". Se detuvo, miró la noche joven establecida en el mundo, escuchó murmullos en un zaguán de honda tiniebla, respiró el aire frío con olor a humo y a casas viejas. Avanzó un poco más, trepó de un salto la alta vereda de grandes losas y llamó con el puño en una puerta. La voz esperada preguntó:
—¿Quién?
—Yo, Francisco Reyes.
—Voy.
Aguardó el ruido del pasador, empujó la puerta y entró.
Cuando salió —ya sobre la colmada plenitud de la medianoche— comprobó desde la esquina que la fogata, bastante disminuida pero todavía alta y briosa, seguía mordiendo las sombras y destellando en los agresivos vidrios del muro. Sonrió nuevamente, aunque con cierta lánguida tristeza final, porque algo en su interior estaba hundiéndose en una muerte invasora, en agraz y amarga. Permaneció inmóvil algunos instantes, de pie en medio de las dos calles, como encerrado por el cono de luz del farol. Además del aflojamiento y la pesadumbre que suelen suceder a las intensidades de la carne crucificada en el sexo, crecía en él una insatisfacción precisa y punzante, decididamente hostil, como si impulsos no animales que lo habitaran (que vivieran ocultos en su carne, parasitariamente) estuvieran alzándose —rebeldes, enconados y ciegos— sobre el desmayo del deseo animal agotado. En su alma nacían ansiedades sin destino y despertaban apetencias ya condenadas a frustrarse, y se rompían equilibrios, se iniciaban resquebrajamientos. . . Sintió que necesitaba el alcohol para defenderse, para emerger de la angustia que ya comenzaba a ceñirle la garganta. . . Caminó unos metros y entró en un bar y pidió caña.
Hacia el primer canto de los gallos estaba borracho. Casi siempre la saciedad sexual y la embriaguez le otorgaban una especial euforia deslastrada, libre, que superponía a su minucioso yo habitual —fatigosamente lúcido, encadenadoramente comprometido y prolijo— otro mucho más liviano y purificado: un neblinoso yo comparable en múltiples aspectos al de los entresueños, dibujado en trazos a la vez netos y fugitivos sobre lo más permanente que reconocía poseer. Pero nada semejante había ocurrido: imprevisiblemente, se encontraba caído por completo en la tristeza, desunido y lleno de grietas amargas, sobrepasado y aplastado por la angustia.  En vez de levitarse en la euforia amiga, había tocado fondo en un subsuelo lóbrego, viscoso y tenaz; y su alma, como perdida de sí misma, se debatía en vano y se buscaba a tientas. . . Pensó, por un momento, seguir bebiendo hasta la inconsciencia, pero en seguida apartó el vaso. Más de una hora estuvo fumando acodado sobre la mesa, hosca y defendida la cara, sin beber y sin hablar. Luego, desoyendo voces que lo instaban a quedarse, se levantó y salió.
Caminaba muy junto a una pared carcomida por las lluvias y los años —el sombrero sobre los ojos y un cigarrillo colgando en la boca—, cuando una sombra apenas perceptible se movió en la oscuridad del arco ruinoso y sin puerta que servía de entrada a un prostíbulo. Tras un leve aleteo de esperanza en su pecho, se detuvo y echó el sombrero hacia atrás. La sombra dijo con voz de niña:
—Dame fuego.
—No; te doy un fósforo: así te veo la cara.
Lo encendió y adelantó la llama, protegiéndola del débil viento con la mano ahuecada. La oscuridad le entregó un rostro joven, ligeramente salvaje y felino, de altos pómulos, frente baja y huidiza, boca grande y rasgada, ojos pequeños que parpadeaban y se cerraban ante la luz. El pelo —que entrevió negro, profuso y desordenado— permaneció detenido en el límite de la penumbra, cautive de la noche. . . El rostro se inclinó hacia la llama en actitud sedienta. 
Reyes alargó el brazo y aspiró —con los ojos semicerrados— el olor del perfume barato y del tabaco rubio. Después recogió y bajó un poco la mano y miró de nuevo a la prostituta. Debajo del abrigo de color claro y viejo, adivinó un cuerpo delgado, largo, blanco, tembloroso y erizado de frío. Sostuvo el fósforo hasta que se quemó los dedos, lo arrojó y dijo a la oscuridad multiplicada:
—No te conocía. ¿Sos nueva?
—Hace un mes que estoy —contestó la voz de niña desde la brasa del cigarrillo.
—¿De dónde sos?
—De aquí, del pueblo; hace un mes que trabajo. 
Él encendió otro fósforo y volvió a mirarla. Ella sonrió, mostrando dientes pequeños, parejos y aguzados. La sonrisa, aunque fugaz y tan sólo muscular, trazó y dejó en su cara la forma real de un acercamiento ilusorio, le dio algo así como un leve y estático impulso hacia adelante. Y Francisco Reyes se quemó otra vez los dedos.
—No te conocía —repitió—. ¿Cómo te llamas?
—Ofelia.
—Sos linda.
—Va en gustos.
—Sos linda — insistió como con rabia.
Se hizo un silencio, un silencio vivo y cargado en el que ambos cayeron, acercándose, como derivando hacia un punto de convergencia creado por el mismo silencio. Reyes fumaba mecánicamente —las piernas un poco abiertas, el torso adelantado, los ojos fijos en la oscuridad y en la tenue sombra gris. La mujer, con frío. cruzaba los brazos sobre el pecho, y la lumbre de su cigarrillo temblaba a la altura de su seno izquierdo. Y la ya muy declinante noche de San Juan los envolvía como un gran poncho prieto y compartido.
Preguntó ella al fin, no sin apremio, con una voz más vieja:
—¿No entras?
Él demoró un poco en responder:
—Sí; pero para estar un rato con vos, nomás.
Y, luego de una pausa, agregó con voz obligada, forzada, que pronunciaba a pesar suyo:
—Pero igual te voy a pagar. . .
Encendió otro fósforo y la siguió por un pasillo de desparejo piso enladrillado y paredes con manchas de humedad antigua; y entraron, al fondo, en una pequeña pieza encerrada y honda como un calabozo, apenas alumbrada por una lámpara que humeaba colgada del techo.
Había una fatigada cama de hierro, un ropero con mortecino espejo hostil y sin dueño, una mesa y dos sillas, un dominador crucifijo y grabados indistinguibles en las paredes. A pesar del aire húmedo y frío que la llenaba, del torvo espejo y de los fragmentos de muertes ajenas que parecían poblarla —y en cierto modo entorpecerla—, tenía la penumbrosa pieza —en su pobre desnudez sucia de vida, historiada y gastada— una intimidad agridulce que acogía como acoge un lugar donde se ha conocido la dicha.
Reyes dejó el sombrero sobre la mesa y aplastó muy cuidadosamente la colilla en un cenicero de vidrio adornado por un pueril caballito de metal. La prostituta arrojó el cigarrillo hacia afuera, cerró la puerta y —respondiendo a una pregunta que él no había formulado— dijo mientras ordenaba las ropas de la cama:
—No sé lo que me pasa. Tenía frío y no podía dormir. Estaba sola, pensando cosas, y me levanté. Las demás duermen. Tenía ganas de caminar. . .
Después se quitó el abrigo, la pollera y los zapatos y se acostó boca arriba —conservando la chaqueta y el viso—. con las piernas juntas y las rodillas levantadas. Y la horizontalidad pareció restituirle una vieja densidad dulce y terrestre.
Él, de pie, la fijaba con una mirada de ojos todavía vidriados por el alcohol pero pesados como manos que oprimen. Su cara de hombre joven — marcada por el sol y el viento, quebrada a la sazón en duros ángulos por la débil claridad vertical de la lámpara— estaba detenida —y como atrapada— en una contracción exasperada, dolorosa, y en una tensa expresión de acecho que no denotaba, pese a su codicia, específico deseo sexual.
—Acostate — llamó ella.
—Sí — respondió sorprendido, como regresando de un país donde no existía la voz humana.
Se quitó el saco y las botas y se tendió junto a la mujer. La besó en el cuello, en la mejilla, en el pómulo, y hundió la cara en el pelo derramado sobre la almohada. . . Hubiera querido dormir allí un largo sueño profundo y total: descender a la unión ciega y a la paz de las profundidades apretándose contra aquel cuerpo despierto y ofrecido. Pero el hambre impar que asiste y sirve a las especies lo atormentaba y lo avasallaba, obligándolo a buscar comunicaciones con el vasto mundo opuesto y secreto encerrado por aquella piel de mujer.
Se apoyó en los codos y miró con sus ojos pesados el rostro un poco salvaje y felino, que se acercaba y se alejaba según las sutiles vacilaciones de una sonrisa indecisa. Alzó su mano derecha y la bajó lenta y plana sobre él y le buscó el contorno de los huesos: rozó con la yema de los dedos la frente baja y oblicua, los arcos superciliares, el filo angular de la mandíbula, las aflorantes durezas de los pómulos. Y luego hundió otra vez la cara en el pelo que olía a humedad y a sueño y que se derramaba sobre la almohada. . . Sentía que el tumulto de su alma se hacía más simple, más coherente. Era como si las ansiedades y las apetencias se vertieran en un único, ancho y perdido río central. Pero este río, este espeso río sin cauce del que la angustia se desprendía como un rumor de sílabas caóticas, no se remansaba ni desembocaba — más aún, parecía acrecentar su potencia y su desorientación al mismo tiempo que su carga.
Y Francisco Reyes levantó la cara del pelo que olía a sueño y a noche y rodeó el talle de la prostituta con el brazo izquierdo y la hizo girar un poco hacia su lado. Cerró con fuerza los ojos y se apretó contra el vasto, opuesto mundo vivo y tembloroso. La mujer intentó hablar, pero él le tapó la boca con el hombro, y ella —comprendiendo— giró hasta ponerse por completo de costado y lo abrazó estrechamente, en silencio. Largos minutos permanecieron así, como dos náufragos arrojados por el azar en la concavidad de una misma ola. Pero el hambre impar seguía insaciable y el turbio río continuaba acrecentándose sin remansarse ni desembocar. Y Reyes se evadió del abrazo y buscó los senos. La mujer lo ayudó, desabrochando en parte su descolorida chaqueta de lana roja, y aquéllos —pequeños mas ya cansados y con peso propio— surgieron a medias entre las ropas y parecieron iluminarse mucho más de lo que la escasísima luz de la lámpara hacía prever. Él los besó con un furor contenido y los oprimió ávida y morosamente con las manos y con la cara.
—Tengo frío—se quejó la prostituta. 
Le abrochó la chaqueta, se semiarrodilló en la cama y le acarició los muslos, elásticos y erizados. Después remangó el viso y descubrió el vientre; tocó apenas su liviana curva, aplanó la mano sobre la suave depresión del centro. Miró el triángulo oscuro del sexo, que adivinaba hondo, nocturnal, infinito. .. y tibio y tierno y estremecido como un pájaro. Y puso su mano allí.
—Tengo frío — repitió la mujer.
La cubrió con su cuerpo. Ella comenzó a separar las piernas, pero él la detuvo:
—No; eso no.
Transcurrieron lentos, puros minutos. La unión ciega y la paz permanecían lejanas, inalcanzables; pero el río se remansaba en una calma quizá muy semejante a un deseo de morir, a una madurez para la muerte. Y —acallado el tumulto— su alma estaba recogiéndose en sí misma. . . Esperó.
—Me voy — dijo al fin.
Con gran esfuerzo, se dejó caer a un lado. Se sentó en el borde de la cama y empezó a calzarse las botas. La mujer se vistió rápidamente.
—Volveré otro día — mintió Reyes, ya en el arco ruinoso y sin puerta que servía de entrada al prostíbulo.
—Hasta pronto, entonces.
—Sí; hasta pronto.
Al pasar frente al muro de los vidrios rotos. Francisco Reyes recordó la fogata. Buscó las cenizas y las golpeó con el pie; aparecieron unas cuantas brasas. Con la suela de la bota, las aplastó una a una —rencorosamente— mientras el alba corroía el cielo y cien gallos dispersos anunciaban la muerte de la noche de San Juan.

MARIO ARREGUI, exelente narrador uruguayo, nació en Trinidad (Flores) en 1917 y murió en Montevideo en 1985. Cultor exclusivo del género cuento, publicó, entre otros, Noche de San Juan y otros cuentos (1956) y Hombres y caballos (1960) con relatos que serían luego refundidos en La sed y el agua (1964) donde de agrega algunos textos nuevos. En 1972 publicó El narrador, y en 1979 La escoba de la bruja.Perteneció a la generación del 45.

miércoles, 13 de junio de 2018

Los sótanos

                             Hiber Conteris - Uruguay


Es cierto que por fin la encontré, pero antes tuve la impresión de que no, es decir, pensé que no llegaríamos a encontramos nunca, y al no encontrarnos, algo ¿qué? la duración del día o de la vida, o el proyectado reposo de la noche o la muerte, o yo mismo, ambos, nos perderíamos para siempre, acabaríamos por disolvernos en el oscuro abismo del comienzo.

1

La primera vez que vi a Manés, ella vestía un "tailleur" azul, ceñido al cuerpo, que no volví a verle después. No soy de los que reparan en el modo de vestir de la gente, pero esa tarde fue el color de la tela lo que me obligó a volverme hacia ella; es decir, a recorrer primero el contorno de su cuerpo y detenerme un instante en el rostro. Ahora no sería capaz de describir ese color, y de todos modos no creo que fuera lo más importante. Era azul, simplemente, un tono que sentaba a los cabellos platinados de Manés y a sus ojos oscuros, indefensos, tenazmente evasivos.

Estábamos a mediados de un octubre lluvioso y desteñido, y yo vagaba un poco harto de mi soledad. Era la época del año en que indefectiblemente se interrumpía mi abulia melancólica de alguna manera imprevisible. Al llegar esos meses comenzaba a vivir en un estado de perpetuo sobresalto. Los olores del aire, de la lluvia, el brotar de los árboles en las aceras, actuaban como estímulos para un estado de permanente excitación. Con esto no creo que mi caso resulte excepcional ni mucho menos. Es algo que ocurre de manera general al llegar esa época, algo que todo el mundo respira y que acaba por fermentar en la sangre. Sólo pienso que en mi situación, en mi lánguido existir diletante y abstraído de entonces, ese efecto debía adquirir proporciones inusitadas y bien pudo ser causa de la serie de hechos que se inició con el descubrimiento de Manés.

Esa tarde llovía. Por esa razón no eran aún las seis cuando ya estaba oscuro. La oscuridad de un atardecer lluvioso es diferente de cualquier otra. Probablemente se trate de un efecto cromático. Es una penumbra calidoscópica; la ciudad se proyecta en el espejo de la lluvia; el resplandor del neón atraviesa la noche. Si hubiera aprendido a pintar alguna vez no hubiera resistido el intento de captar a la ciudad bajo la lluvia. Recuerdo ahora una pintura de Marquet. Es una calle de París vista desde lo alto de un edificio. Predominan los grises en toda la tela; una rítmica secuencia de árboles, en el plano inferior, en realidad sólo manchas de un verde amortiguado y lúgubre, contribuye a impregnar de mayor melancolía el paisaje.

En aquel entonces ya había contraído el hábito de asistir al concierto vespertino de los sábados. Me hallaba en el vestíbulo de la sala, aguardando la hora de comienzo, cuando el "tailleur" azul me condujo hasta el rostro de Manés. Me demoré observándola, y al cabo de un instante ella volvió la cabeza y encontró de manera absolutamente inequívoca mi mirada. Aquel acto no pudo ser casual ni mucho menos; en ese mismo momento comprendí que yo había reclamado ese gesto, o quizás que una determinación imponderable lo había establecido para ambos. De cualquier modo ya no pude dejar de recordarlo, especialmente porque el resto de la noche permanece bastante confuso. Otro momento puede ser rescatado con cierta precisión: fue en mitad de los "Cuadros", de Moussorgsky. Al llegar a esa altura del concierto, Manés dejó de ser una idea fija. Yo conocía la obra, la había escuchado buen número de veces. Pero al llegar al cuadro segundo, "le vieux château", el tema grave y profundamente melancólico del saxo me apartó de aquella mirada obsesiva. Tal vez me equivoque. No podría decir si esa abstracción significó olvidar el encuentro con Manés, o, por el contrario, algo así como la recuperación total del instante. Era un estado de absoluta identificación, en que el pensamiento no vuelve reflexivamente sobre los hechos, sino que los penetra o abstrae, rescatándolos de su disolución inevitable en el flujo del tiempo.

Algo más de esa ocasión puede ser reconstruido con relativa exactitud: mi búsqueda infructuosa en los dos intervalos del concierto. Siempre acostumbraba fumar un cigarrillo en esos minutos. A veces esto era sólo un pretexto para alejarme un poco, sumirme en la plenitud de la noche. Esa vez busqué ansiosamente a Manés. Intenté localizar el "tailleur” azul y sorprender en un rostro de mujer la repetición de aquella mirada. Fracasé y fue entonces que vino el final. Moussorgsky, "le vieux château", y ese modo particular de olvido que pudo llegar a ser definitivo.

2

Probaré una reconstrucción de lo ocurrido después valiéndome de unos cuantos hechos estandarizados: los sucesos del sábado a la noche. Al finalizar el concierto acostumbraba vagar un poco por el centro. Antes de las diez me hallaba en el teatro o en el café donde solía reunirme con el grupo del sótano. En aquel entonces, el diletantismo o la vaga curiosidad de que padecía por todo lo artístico me había llevado a integrar un grupo de teatro experimental. Funcionaba éste en un sótano húmedo y penumbroso de la ciudad vieja. El lugar era, deliberadamente, un tanto "snob"; yo lo advertía pero no me disgustaba. Me fascinaban los experimentos a que nos entregábamos, y no recuerdo nada que me absorbiera tanto tiempo en aquella época de mí vida como las reuniones con el grupo. Pero una de ellas importa especialmente por su relación con la historia de Manés. El hecho ocurrió muchos sábados después del primer encuentro, y no sé si a esa altura yo recordaba con toda claridad el incidente. Esa noche iniciábamos un nuevo programa en el sótano. Nuestras funciones revestían cierto carácter esotérico, y sólo tenían acceso a ellas un reducido núcleo de iniciados. La pieza elegida esa vez era el "Sleep of Prisoners", de Christopher Fry, para la que habíamos creado dentro del sótano un verdadero clima de experiencia onírica, tal como la obra solicitaba. Nos hallábamos en medio de la representación cuando desde el escenario creí tropezar súbitamente con una mirada inconfundible. De inmediato recordé el incidente: me vi otra vez en el vestíbulo del Auditorio, rodeado de personas, y de pronto inmovilizado al encontrar el rostro de Manés. Esa visión debió turbarme, pues recuerdo que algunos me lo hicieron notar al final. Sé que dejé atropelladamente los camarines y me lancé a la platea sólo para conocer un nuevo fracaso.

Es verdad que algunas personas se habían marchado apenas terminada la función; pero la mayor parte del público acostumbraba quedarse para discutir con nosotros el espectáculo, y entre éstos no había ninguna mujer en quien yo pudiera reconocer a Manés. Consideré esa vez dos hipótesis posibles: intenté convencerme, al comienzo, de que había sido victima de una ilusión, o que la súbita aparición de aquel lejano recuerdo en la conciencia me había llevado a proyectarlo en la realidad objetiva. Pero no pasó mucho, antes de que otra hipótesis menos racional pero más cierta para mis propios fueros comenzara a ganarme. No voy a pretender explicarlo. Baste decir que a partir de esa vez la convicción de que el encuentro definitivo con Manés se produciría más tarde o más pronto no sólo ya no me abandonó, sino que fue echando sólidas raíces y constituyéndose en algo que por ese tiempo pude creer mi esperanza, mi razón de vivir, la persistente sensación de que en cualquier momento, y del modo menos previsible, podía ocurrir algo que trastornase completamente y dotara de sentido la opaca existencia de aquel entonces.

3

A partir de ese momento comencé a obrar con una paciente seguridad, convencido esta vez de que el destino no me ¡ría a jugar una mala pasada. Me decía que todo se limitaba a saber esperar, y consecuentemente, como puede entenderse por lo recién anotado, en esa época comprometí mi fe en una incierta religión del destino, en la certeza de que una fuerza oculta e irracional, un azar demoníaco, estaba conduciendo los hechos hacia un acontecimiento decisivo. Mí estado más frecuente era por lo tanto una curiosa combinación de paciencia o resignación, y a la vez cierta expectativa nerviosa, aguardando el momento en que los sucesos unánimemente desechables del día alcanzaran su justificación póstuma en el desenlace presentido.

El acontecimiento se produjo. La circunstancia inicial y desencadenante revistió, tal como yo mismo lo esperaba, las características más extrañas, pero a la vez todo resultaba susceptible de ser explicado mediante un razonamiento natural. Es decir, hay estados de conciencia y ciertos fenómenos del pensamiento que pueden explicarse perfectamente por las teorías psicoanalíticas. Pero aunque nunca descreí del todo de esa interpretación, me inclino por otro tipo de causas no racionales, sobre las que la ciencia aún no ha logrado pronunciarse en forma clara. Divagaciones aparte, lo cierto es que el hecho original participó de ese carácter ambiguo, pero aún así me llevó al convencimiento de que el encuentro con Manés era inminente.

Corrían los últimos días de noviembre. Había transcurrido (según contabilizaba yo meticulosamente) más de un mes desde el primer encuentro con Manés. A esa altura del año las actividades del sótano habían sido clausuradas, pero unos pocos del grupo seguíamos encontrándonos cada tanto. Era una tarde cálida y lluviosa (otra vez), muy semejante a aquella del concierto, y yo, que habitualmente recorría las pocas cuadras entre mi trabajo y el sótano demorando los pasos bajo la lluvia, decidí en esa ocasión subir a un ómnibus. En el viaje tuve una extraña revelación. Supongo que debí dormirme, aunque dudo en llamar a aquel estado peculiar con el nombre demasiado preciso de sueño. Era más bien la disposición que se alcanza durante un trance hipnótico o con la ayuda de ciertos alcaloides. En ese estado, abstraído de la dimensión conocida del tiempo, volví a encontrarme con Manés. La vi con su "tailleur" azul de la primera vez, adelantándose hacia mí en un inútil esfuerzo por alcanzarme. Yo intentaba responder a ese esfuerzo, pero de alguna manera no muy clara me sentía paralizado y mudo. Y de pronto, cuando todo parecía resolverse en una visión estática, experimenté una fuerte conmoción y sentí formarse en mi garganta una palabra. En ese instante abrí los ojos, descubrí el interior del ómnibus semi desierto y comprendí que había soñado. Pero ya no olvidé la palabra que había gritado o tal vez solamente articulado sin voz en la garganta. Me puse de pie y descendí precipitadamente, seguro de que había sido objeto de una inequívoca revelación. De ese modo supe que su nombre era Manes.

4

Dos días después del incidente referido se produjo el encuentro.

Debo decir que durante las ultimas semanas las actividades en el sótano me habían absorbido de tal manera que hube de suspender la asistencia a los conciertos. Después del episodio en el ómnibus resolví agotar todos los recursos posibles para encontrarla. El sábado de esa misma semana, por lo tanto, volví al Auditorio. Al principio, las cosas no fueron como yo esperaba. La interrupción de casi un mes me había movido a suspender el abono de las localidades de galería, únicas que podía permitirme, y esa tarde encontré que no había una sola entrada disponible, excepto unos pocos sillones de platea mal ubicados. Era la última semana de noviembre, sin embargo, y el exceso no implicaba otro sacrificio que dos o tres noches aún no programadas de cine, de modo que pagué la entrada y me ubique en la platea, sin haber superado todavía la noción de estar permitiéndome un disparate.

Al comienzo creí reconocer a Beethoven. En mi precipitación no había tenido tiempo de, consultar el programa de la tarde, y en ese instante experimenté cierto sentido de culpa porque mi presencia en el concierto se debía a razones ajenas a la música misma. Pero Beethoven comenzó por reinstalarme poco a poco en mi mundo, y luego vino Bach, un concierto que ya casi había olvidado para clave y orquesta, y cuando el piano inició su monólogo en el "largo" y cada frase dibujada límpidamente en el teclado comenzó a desencadenar en mi las emociones por varias semanas contenidas, me sentí invadido por una inexplicable felicidad, la sensación de plenitud, de perfección, que sólo un acto de comunión total con la música podía otorgarme. Y fue recién al terminar el "largo" cuando por un simple descuido, por un modo casual e indolente de voltear la cabeza hacia el costado, mi mirada absolutamente desprevenida tropezó con el rostro de Manés.

Sé que la reconocí desde el primer momento, pero luego me enfrasqué en una pormenorizada observación de sus facciones, y comprendí que todo lo que había retenido de ella eran uno o dos rasgos esenciales. Los ojos, desde luego, el esquivo pavor de su mirada. Tal vez el brillo del pelo era el mismo que yo podía recordar, y el arco pronunciado de las cejas En lo demás, el perfil que examinaba en la penumbra cómplice de la sala, sumido en el fondo de mi butaca, no guardaba estrecha relación con la imagen que yo había conservado celosamente. Si se piensa que en las dos únicas oportunidades en que vi a Manés todo había ocurrido con gran precipitación, no puede resultar muy extraño que e1 rostro, hasta cierto punto me pareciera nuevo e imprevisto Sin embargo, ahora estaba allí, expuesta a la voracidad contenida de varias semanas de búsqueda infructuosa, y yo me sentía en un incierto estupor, ligeramente defraudado, como si por fin advirtiera una distancia, un desconocimiento entre ella y yo que hasta entonces no me había detenido a considerar.

De todo esto, lo único que importa es que esa tarde establecí el primer contacto con Manés. Al encender se las luces en el intervalo ella paso delante de mi butaca. Yo me puse de pie. Levantó los ojos un segundo para agradecérmelo, y en ese acto volvimos a encontrarnos por tercera vez. Se detuvo, vacilo un instante y siguió avanzando hacia el pasillo. Tras ella pasó un hombre y luegootra mujer. Yo me volví y observe el modo como estaba vestida, la piel echada indolentemente sobre los hombros. Me había parecido súbitamente avejentada, o poseída por el hastío, amenazada por cierta mediocridad de la existencia o un escepticismo devorador. Aunque eso duró apenas un segundo, llegué a pensar; "Y para esto comprometí yo mi fe en el destino, mi credulidad, largas semanas de búsqueda, una ciega confianza en las vías irracionales del conocimiento”. Pero entonces era aun temprano para comprender el fondo de la historia y yo no podía saber lo que vendría después.

5

Ese estado impreciso, mezcla de perplejidad y desasosiego, se prolongo durante algunos minutos, hasta ocurrir los hechos que paso a relatar ahora.

Seguí a Manés hasta el vestíbulo. Ya he dicho que estaba acompañada por otra mujer y un hombre, éste visiblemente mayor. Hubo un instante en que el hombre se alejó del lugar. Manés abrió su bolso y extrajo un cigarrillo. Antes de que pudiera concluir el rito me acerqué y extendí la llama del encendedor. Levantó la mirada, seguramente me identificó con la persona que había encontrado antes en la sala, vaciló nuevamente y por fin inclinó el rostro sobre el fuego. Luego volvió a mirarme, "Gracias", dijo sencillamente. "¿Su nombre es Manés, verdad?", acerté a preguntar. Esta vez me observó atentamente. "¿Ya nos conocemos?", preguntó, intrigada. "Yo la he visto antes", dije, "la primera vez, a mediados de octubre, aquí mismo. Cuando estaba por comenzar el concierto". Exhaló el humo del cigarrillo; su mirada estaba dominada por la curiosidad. "No recuerdo", dijo. "Una tarde de lluvia", continué yo, "Usted estaba en medio del vestíbulo; llevaba un traje azul. Yo me dedicaba a observarla, y de pronto Ud. levantó la vista y creo que también me miró. Mejor dicho, estoy seguro. Fue la primera vez que nos vimos". Sonrió. "Es posible", murmuró luego, "sin embargo, hace años que he desechado el azul de mi ropa". "Estoy seguro", afirmé yo. "¿Puede tener mayor seguridad que yo de eso?", preguntó ella. "Vamos a ver", dije, "voy a ayudarla a hacer memoria. Esa tarde tocaban algo de Moussorgsky, los "Cuadros de una Exposición" ¿puede acordarse?". Entrecerró los párpados un instante, como sí quisiera capturar una imagen desaparecida. "No lo recuerdo", dijo, aunque continuó en esa actitud reminiscente, y luego prosiguió; “Ud. me está obligando a pensar en cosas muy lejanas. Desearía escuchar los "Cuadros" otra vez, tenía a Moussorgsky casi olvidado". "Pero hace apenas un mes ...", comencé a protestar yo. "Yo no pude haber sido", interrumpió ella. No supe qué replicar. Llevé el cigarrillo a la boca y fume para llenar la pausa. Entonces recordé algo. "¿Y su nombre?", pregunté, "¿cómo se explica que conozca su nombre?". "¿Cómo quiere que lo explique yo?", rió ella, “ya es bastante extraño que mis amigos lo recuerden, cuanto más un desconocido. Dígame cómo lo supo". "No me creería", repuse. Se quedó mirándome. "Todo esto es muy misterioso', dijo. 'También su nombre", señalé yo. Volvió a sonreír. "¿Sabe lo que significa?", dijo, y antes de que yo pudiera confesarle mí ignorancia añadió: "Sin el acento, eran los dioses en la mitología antigua que purificaban las almas. Es una condena llamarse así". En ese instante, el hombre regresaba a nuestro encuentro. "Tengo que irme", indicó Manés. "¿Cuándo puedo volver a verla?", exclamé apresuradamente. Por primera vez en esa tarde, la mirada de Manés abandonó su lejana displicencia, su fingido o impuesto retraimiento, y vino hacia mí en un impulso verdadero, angustiado, donde algo intentaba comunicarse. Era la mirada que yo había rescatado. "Tengo que verla", insistí, y creo que en un tono cercano a la violencia. El hombre ya estaba a nuestro lado. "Adiós", dijo Manés. Extendió su mano. Alcance a estrechársela. Después, cuando ya se había apartado unos pasos en compañía del hombre y de su amiga, la vi detenerse. Se volvió hacia mí. "¿Sabe?", comenzó a decir con un dejo levemente nostálgico y reminiscente; "Ahora recuerdo, hace muchos años. Era verano, probablemente, y creo que llovía. Yo estrenaba un nuevo "tailleur" azul. Fue la primera vez que escuché los "Cuadros" de Moussorgsky”. Sonrió, pero como si no me sonriera a mí. No dijo nada más y siguió andando al costado del hombre.

6

Ese año el verano nos invadió de golpe. Sin transición alguna cesaron las lluvias de noviembre y el cielo se explayó con una limpidez insólita. Durante meses no supe nada de Manés, pero es mejor consignar ciertos acontecimientos.

Hasta entonces yo trabajaba en un Banco. No es difícil adivinar que esta ocupación, si no irreconciliable, por lo menos nada tenía que ver con mis preocupaciones fundamentales. No es que no lo hubiera percibido antes, pero fue en ese verano cuando llegué a una decisión. Atribuyo el hecho a una obstinada necesidad de reflexión, de íntimo coloquio, experimentada entonces. De ese modo descubrí que el Banco me imponía la tortura de contener durante varias horas una libertad elemental, el diálogo conmigo mismo. Así rompí con todo y de pronto me encontré libre y con un único problema: sobrevivir, es decir, atender a una serie de necesidades ubicadas en la periferia, pero sin lo cual no podía entregarme a las cuestiones por entonces fundamentales.

Abrevio. Me hospedé, al principio transitoriamente, en el sótano. En verano la inactividad era total. Superada esa dificultad quedaban otras. Comer, por ejemplo; alimentarme. Y, no menos importante, disponer de algún dinero para mi irrenunciable necesidad de frecuentar los medios artísticos.

Todo se fue solucionando ventajosamente. Comencé a escribir para un periódico. Los ingresos no eran muchos, pero en cambio obtenía libre acceso a casi todo lo que me interesaba: cine, teatro, conciertos. Por otra parte, la función de critico despertó en mí una verdadera vocación. Fue en esa época, en fin, que me hallé viviendo plenamente, en total acuerdo con mí conciencia; y la perseverante soledad que me rodeaba comenzó a aparecérseme como el cumplimiento de un destino ineluctable.

Creo que era feliz. La felicidad, naturalmente, es una fórmula personal. No creo en una felicidad absoluta. Yo me sentía viviendo intensamente, en el ámbito de las cosas que me pertenecían y a solas conmigo mismo. Después, Manés, el misterio aún inaccesible de sus apariciones, era el complemento de esa felicidad. Lo irrealizado, lo por venir, el símbolo de una búsqueda que podía tener su imprevista consumación en el tiempo.

7

Debo permitirme otra divagación.

Ya he descrito las características del sótano. Mientras nos reuníamos allí, sin embargo, gracias a la actividad constante que significaba ensayar una pieza, preparar escenografías, instalar luces, reflectores, todo eso, el reducido espacio de que disponíamos podía parecer habitable. Ahora, en el verano, estaba solo y mudo. La luz del día no llegaba hasta esa profundidad. Yo volvía por las noches, abría la puerta insuficientemente alta, y me preparaba para que el hálito del encierro me golpeara de lleno en el rostro. Luego descendía ocho escalones en espiral, alumbrando el recorrido con la indecisa llama del encendedor. Mi cama se hallaba en el fondo; me había provisto de un ropero y una mesa. Sólo poseía una única lámpara que funcionaba a pilas de linterna, porque durante el verano, para eliminar gastos, cortábamos el suministro de energía eléctrica. No recuerdo haber tenido un solo visitante en todo el verano. El sótano se había convertido, así, en el lugar más propicio para mi soledad, y yo, aunque no pasaba allí otras horas que las del sueño (leía y escribía en cualquier mesa de café) le había cobrado un afecto inusitado. Lo llamaba para mí mismo "la guarida", hasta que se me ocurrió un símil menos literario.

Comencé a pensar que era una tumba. Un sepulcro vacío e ilimitado, una cripta poblada únicamente por las sombras. Esto me ocurría durante las noches. Al acostarme apagaba la luz, pero no me dormía de inmediato. Permanecía un buen rato con los ojos abiertos, sin lograr penetrar la oscuridad, cavilando, escuchando. Los ruidos indeterminados de la calle llegaban a través del tamiz de las paredes. A veces encendía un cigarrillo y me quedaba observando la brasa roja y oscilante, diminuta sobre el telón de oscuridad, único punto exterior de referencia en todas mis cavilaciones.

Llegué a comparar el sótano con una tumba por la reaparición del tema de la muerte. Yo había padecido intensamente de esa crisis en la adolescencia. Ahora pensaba en la muerte sin temor, sin angustia, con serena objetividad. Sabia que la muerte era lo único cierto de mi absurda religión del destino, y ese término incondicional, ese fracaso ultimo era menos importante cuando lo transfería al padecer de todos. "Dentro de cien años", pensaba. "todos, absolutamente todos los que ahora vivimos, amamos, nos fatigamos y sufrimos, estaremos muertos. La tierra estará poblada de hombres totalmente nuevos, que no se acordarán de nosotros ni de nuestros padecimientos, ni de lo poco o mucho que hicimos para prepararles un mundo más feliz". Y no es que mediante ese razonamiento llegara a una fácil resignación, porque no necesitaba resignarme a nada; era, simplemente, que ese modo de pensar me llevaba a una aceptación lisa y llana de la muerte, a una cierta clase de reconciliación con el destino. Y, sin embargo, el símil del sótano con una tumba no me libraba enteramente de un pánico indescriptible y erróneamente superado. Ya no era pensar en la muerte como un acontecimiento futuro y normal, sino que me veía a mi, a mi en persona, no muerto, hundido en el sepulcro, consciente de mi situación pero apartado, escindido para siempre del mundo.

8

Vuelvo a Manés. Dije que no supe nada de ella durante algunos meses. Eso no es estrictamente cierto, pero es verdad que no la vi y que no hubo ninguna variante en la situación después de los acontecimientos últimos. El único hecho relacionado con ella se había producido una tarde hacia el fin del verano, mientras escribía mi crónica en una mesa de café. En esa oportunidad reparé en una mujer que me observaba indisimuladamente desde un lugar vecino. Me levanté y fui a su encuentro, y en el preciso momento de introducir el pretexto de rutina descubrí que se trataba de la amiga de Manés. La mujer sonrió y me dijo: "Es extraño que me haya reconocido después de tanto tiempo". Le expliqué que no había sido exactamente un acto de reconocimiento, sino más bien una adivinación, un pálpito. De inmediato le pregunté por Manés. "No he vuelto a verla", me dijo. "en el verano desaparece de la ciudad". "Tampoco yo volví a encontrarla", comenté, y ella sonrió de un modo casi triste y añadió; "Quizás haya sido lo mejor". No pude controlar un rictus dolorido, cosa que ella debió notar porque agregó apresuradamente; "Oh, lo digo por Ud.: nada sacaría volviendo a verla". Le pregunté si el hombre que estaba con ellas en el concierto era su marido, "Si, en cierto modo", respondió; y como yo solicité una aclaración de esa respuesta volvió a sonreír (casi rió, pienso ahora, tal vez llegó a soltar una carcajada) y me dijo; "Ud. ya sabe cómo son esas cosas. Una libreta de matrimonio es siempre un inconveniente". De modo que permanecí pensativo por algunos minutos, hasta que sólo se me ocurrió preguntarle, todavía sin meditar muy bien lo que decía: "¿Y le parece que va a demorar en regresar a la ciudad?". Y ella levantó la mirada nuevamente con mucha comprensión o ternura, y esa vez no sonrió sino que dijo gravemente: "Eso es difícil saberlo; casi siempre depende del marido de tumo, pero nunca antes de acabar el verano". Nos quedamos en silencio, hasta que se me ocurrió agradecerle algo, no sé muy bien qué pudo ser, pagué su manzanilla y me fui del lugar.

9

El sótano, al entrar el otoño, se hizo más frió y lóbrego. El grupo parecía haberlo abandonado definitivamente y yo me convertí en su único dueño. Eso no significó ninguna transformación. Continué prescindiendo de la corriente eléctrica, y mis costumbres no variaron en nada. Llegaba bien entrada la noche, a veces a la madrugada, me tendía sobre la cama y a la mañana siguiente volvía a abandonar el sótano. Y después de ese acto solitario, el dejarme caer con mí cansancio, y mis notas del día siguiente sentí bosquejadas en la tumultuosa actividad del cerebro, y mi módico aporte de esperanzas frustradas y propósitos diferidos al único gran sueño multitudinario; después de aflojar los músculos y extender los brazos en cruz sobre una cama demasiado estrecha, demasiado fría, y saberme solo y mezquino en la oscuridad, como antes, como pudo ocurrirme en las primeras noches del verano, me daba por comparar el sótano con una tumba, y sentirme, no muerto, consciente aún, en un estado intermedio y fantástico, yaciendo en un sepulcro definitivo. Un sepulcro vacío, sin hombres, sin Dios; una insólita figuración de la nada, en la que la muerte no era en realidad la extinción de la conciencia, sino más bien la posibilidad de captación de un vacío absoluto. En ese vacío solamente yo, un reflejo de mi ser, un demiurgo sin sentidos y sin la capacidad de pensar más que un único pensamiento, habla penetrado y se había instalado para siempre.

10

Fue entonces, recién entrado el otoño, cuando volví a encontrarme con Manés.

Una fría mañana de abril salía del sótano rumbo al café. De pronto se me acercó corriendo un chico. Traía el rostro empapado por la fina llovizna. "Dice la señorita si puede ir un momento", casi gritó. "¿Qué señorita?", pregunté desconcertado. Extendió el brazo hacia la vidriera de un bar en la acera de enfrente. Le alcancé dos monedas y crucé la calle. Junto al panel de vidrio estaba la amiga de Manés. "¿Qué sorpresa, verdad?", me dijo, "Siéntese". Me quedé mirándola, sin atinar a nada. "¿Va a seguir todo el tiempo callado?", preguntó ella. "Pensé que iba a encontrarme con Manés", respondí. "No es muy gentil de su parte", dijo, y luego rió. "De todos modos me alegro de verla", afirmé al cabo de una pausa. "La verdad es que tengo noticias para Ud.", dijo, "Manés ya está de regreso. ¿Todavía tiene ganas de verla?". "¿Por qué no?", contesté elusivamente. "Dígame por qué le interesa Manés", solicitó ella. Medité unos segundos, sin poder formular ni siquiera para mi una respuesta. "Me encontré con Manés hace meses", dije por fin, "y desde entonces no dejé de pensar en ella un solo día". "Si, recuerdo aquella tarde del concierto", manifestó un poco impresionada por mi efusividad. "Fue antes que eso; uno o dos meses antes, en otro concierto", dije. "Oí su historia", replicó ella, "creí que se trataba de su técnica". La miré sin comprender. "Un pretexto cualquiera para acercarse a Manés", explicó con una sonrisa. "Es totalmente cierto", dije yo; "después de eso, unas semanas después, volví a verla en el sótano". Ella enarcó las cejas. "¿En el sótano?", repitió. "Un lugar donde hacíamos teatro", expliqué. "Oh, ¿no dirá Ud. ... ", alcanzó a decir antes de que su boca se paralizara en un gesto de asombro. "El sótano", insistí yo, "todo el mundo conocía el lugar por ese nombre". "Lo recuerdo", dijo, y de pronto se dejó ganar por una seriedad insólita; "Fui dos o tres veces al sótano, siempre con Manés. De esto hace mucho tiempo. No creí que existiera todavía". "El grupo parece haberlo abandonado", referí; "yo vivo ahí, ahora". Se sumió en un hondo silencio, y aunque yo deseaba volver a preguntarle por Manés no quise perturbarla. Pero al rato ella dijo, sin superar del todo su ensimismamiento: "Manés y yo éramos muy jóvenes y hasta muy puras en aquella época; las dos esperábamos mucho más de la vida". Sacudió, su letargo y continuó: "Le contaré a Manés; trataré de convencerla para que ustedes se encuentren. Ella tendrá que burlar la vigilancia de alguien, seguramente". Sonrió, y sus ojos me observaron con insistente ternura:

"¿Ve?", continuó: “Es lo que le decía. En aquellos años creíamos en la inocencia". Extinguió el resto de su cigarrillo en el borde de la laza y agregó: "Mañana aquí, a las nueve; si logro convencerla". "A las nueve", repliqué. Le sonreí. Volví a sonreírle cuando ella pasó delante del cristal empañado, por la acera.

11

Es cierto que por fin la encontré, pero antes tuve la impresión de que no, es decir, pensé que no llegaríamos a encontrarnos nunca, y al no encontrarnos, algo ¿qué? la duración del día o de la vida, o el proyectado reposo de la noche o la muerte, o yo mismo, ambos, nos perderíamos para siempre, acabaríamos por disolvernos en el oscuro abismo del comienzo.

Pero Manés descendió la escalera del sótano en el preciso instante en que yo había decidido que no esperaba más; el día había llegado a su fin, la penumbra comenzaba a llenar el recinto, y yo que había pensado decir "Deseaba verla" fui a su encuentro y dije sin pensar "Deseaba verla", y Manés sonrió, se detuvo un segundo al pie de la escalera y me aguardó. Yo pense; "Ahora buscará apoyo en la pared, pasará una mano por su rostro, volverá a mirarme, sonriendo, y dirá..." "¿Y bien?", dijo Manés. Y entonces desapareció la menor sombra de duda. Aquel instante que nos había pertenecido una vez, en otro mundo u otra vida, había sido rescatado del borroso sedimento del tiempo. "Manés", exclamó, convencido de una súbita revelación. "Manés ¿recuerda la primera vez que nos vimos, nuestro primer encuentro?". "Fue hace meses", dijo ella, "en un concierto", "No", repliqué, piense; mucho antes. Fue en un concierto, tal vez, pero no hace meses. Muchísimo antes; trate de recordar". "Puede ser", dijo". Vaciló. Su mirada, tensa, impaciente, se aquietó de pronto. "No consigo recordar nada, prosiguió; "Sólo una borrosa imagen de algo que otra persona vivió.

Como si hubiera escuchado una historia, hace ya tiempo". "Piense", insistí, buscando la manera de hacerle compartir mi asombroso descubrimiento; "¿Cómo era esa historia? ¿Que ve en la imagen que se le aparece?". "Hace ya tanto tiempo..,". repitió; "ella, yo ... "¿Era Ud. misma la protagonista de esa historia, verdad?", sugerí; "Era Ud. con su "tailleur" azul, y probablemente se hallaba en el vestíbulo de una sala de conciertos". "Sí, eso es", dijo ella; "es verdad, era yo; esperaba la hora del concierto, en compañía de alguien; y luego se apagaron las luces y fuimos hacia. . .". "Pero antes", interrumpí yo; "unos minutos antes, recuerde, cuando Ud. aún se hallaba entre la gente. Algo pasó ¿recuerda? Quiero que vuelva precisamente a eso". "Si", dijo, "creo que puedo recordar. Era una extraña sensación, como si alguien estuviera mirando, reclamándome". "Exactamente eso", exclamé yo; "alguien que la estaba llamando. Piense. Manés, ¿que ocurrió en ese instante?". "Era Ud.", dijo-, "Me volví y lo vi a Ud. con su impermeable suspendido del brazo. Después entramos a la sala. Tocaban los "Cuadros" de Moussorgsky". Me acerqué más a ella, buscando el fondo de su mirada rescatada. "¿Cuánto hace de eso?", pregunté. Era lanzarme a penetrar una cifra irresuelta de tiempo. "No sé", dijo Manés; "Años, o siglos. Sé que ocurrió una vez, no sé cuando ni si fue un sueño o un suceso realmente vivido".

"Escuche", dije entonces: "Cierre los ojos. No piense en esto. Olvide que estamos aquí, en el sótano, que es otoño y que la humedad y esta penumbra nos rodean, olvide que ha vivido desde entonces. Piense sólo en aquello. Vuelva a escuchar la música. Imagine una remotísima tarde de octubre". Me detuve; observé que sus párpados caían como una frágil cortina sobre el tiempo. "¿Puede hacerlo?", pregunté, "trate de hacerlo". "Si", respondió, y a partir de ese instante su voz comenzó a llegar muy lejana; "Ya no escucho otra cosa que la música. Aquí llueve, también; y es verano; o primavera, quizás. Y me veo joven, con mi "tailleur" azul, recién puesto. Y todo se halla mudo y oscuro, y la música misma parece ser parte del silencio". "Es algo que Ud. escucha por primera vez", susurré. Y yo también cerré los ojos y me hallé en un octubre lejano y desteñido; "son los "Cuadros" de Moussorgsky; ahora puede escuchar el tema del viejo castillo, y el sonido del saxo, grave, profundo y lleno de melancolía". "Lo escucho", dijo ella, "no escucho nada sino es”. "Ya ve", dije yo; "estamos juntos; llegamos a estar juntos, después de todo, aquella tarde. Esto fue real, lo demás, lo que creímos sucedió a cada uno a partir del encuentro, sólo un sueño". Hubo un largo silencio. "¿Y ahora?", preguntó al cabo ella; "¿Qué va a pasar ahora? ¿Vivimos aún o estamos muertos?" '"No sé", respondí suavemente; ya no deseaba abrir los ojos; ya no podía desear nada. "Ignoro todo lo que pasa. No sé si estamos vivos. Sólo me doy cuenta de algo, estamos juntos. Tal vez estemos muertos".


Hiber Conteris
(23 de septiembre de 1933, Paysandú) es un escritor, dramaturgo, profesor y crítico uruguayo , tuvo también participación en el Movimiento de Liberación Nacional - Tupamara. Se formó en Montevideo entre y en la Universidad de Buenos Aires.  Realizó un posgrado en Francia. 
 Emigró a Estados Unidos, se estableció en Wisconsin donde dictó cátedra de literatura latinoamericana en la Universidad de Madison, luego en Alfred University en Nueva York y finalmente en la Universidad de Arizona. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y japonés.
Prolífico novelista y dramaturgo, Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y japonés

lunes, 14 de mayo de 2018

Por IRMA, mi MADRAZA

                                                                                         Miguel Angel Olivera
mi madre
dejó de morir
en paz/ tranquila
como debe ser a los 91 años
con una vida intensa
sin desperdicio
después de haber amado mucho
y haber recorrido tiempo y cárceles
como madraza de los 70´s...
1/
vienen las madres en bandadas vienen
baten alas pañuelos bufandas mañanitas
despliegan sus legiones de ángeles furiosos
sus batallones de diez mil abrazos
sus viajeras caricias sus besos sus noticias
sus paquetes sus dulces sus tabacos sus yerbas
sus nostalgias de lejos y sus llantos ocultos
forman fila hacen cola se arman de paciencia
soportan manoseos plantones revisiones insultos
custodian el oásis para la sed del hijo tantos hijos
y defienden el cielo que nos traen invicto
en la mirada única del preso y su visita...
serán hijas hermanas compañeras sobrinas
esposas primas tías cuñadas y vecinas
serán saludos de otros lejanos clandestinos
serán información disimulo recuerdos y memoria
serán complicidad amor y gestos solidarios
voces de aliento comprensión cariño
sostenes quincenales treguas de un par de horas
y bocados efímeros de un simulacro de familia...
todas
madres-matrices-matrias-matronas y matreras...

“con los úteros en alto giran y giran
las madres de américa dan vueltas y vueltas
hablando a solas con sus ausentes invisibles...”
JULIO HUASI
2/
MIGAS DE PAN
mientras
la cárcel carcela
y
el exilio exilia
y
las siluetas se borran de los muros
madre
anda
madreándonos
la dimensión de la familia
dejando
migas de pan por el camino
pétalos de ternura
lágrimas corajudas
de lealtad y entereza
claves exactas
señales amoreras
para que no equivoquemos la ruta del regreso...
una vez más
aquí
refirmo el rumbo:
no olvidemos!!...
(pero
no estoy en paz con mis vivos
no estoy en paz con mis muertos
no estoy en paz con mis idos
por lo que hemos hecho
y sobretodo
por lo que no hicimos...)
3/
MIS MADRES
“Qué es un adulto ¿
Un niño inflado en edad…”
Simone de Beauvoir
…por eso mismo
uno a veces piensa
si se podrá volver atrás el tiempo
remontar al revés los años y almanaques
que nos inflaron al niño
y lo trucaron hombre…
y es seguro que no
que no se puede
que sería una caricatura
de la inocencia aquella
pues venimos cargando
duros golpes
horribles preconceptos
muchísima experiencia
las heridas abiertas
y le diríamos NO
a los cuentos
al arrorró
a las fábulas de esopo
al trompo dormilón
a las cometas…
entonces
qué sería de una niñez así
sin la riqueza de ilusiones pobres
sin el caleidoscopio de los sueños lúdicos
sin el color multicolor de tanta fantasía…?
no le queda otra salida a uno
más que asumir el rol de este presente
este papel de adulto adulterado
de niño inflado como un globo triste
con otros cuentos y otros arrorróses
otra clase de trompos con púa envenenada
otras cometas de colores grises…
asumirse -por fin-
protagonista
de sueños no dormidos
de una mayoría de edad irreversible
que anda a brazo partido
ganándose la vida…
pero cuidado…!
no olvidarse nunca
que cuando uno dice MADRE
se le ponen los ángeles de punta
se le endulzan los ojos de cariño
(a la vez que le salen
ruiseñores contentos
le salen los cuchillos
a defender el vínculo)
y en cierto modo uno retorna al niño
a una especie de pájaro con garras
a una forma de fruto con colmillos…
…cuando le tocan la raíz al hombre
le salta desde adentro
un niño león
que muerde…!
miguel ángel olivera
"el cristo"
MAYO 1974 /hecho aquí: Penal de "Libertad"
3 ejs: a Mamá Chicha y a Irma y a China

El Cristo, fue el nombre clandestino de Miguel Ángel Olivera como militante tupamaro. Su obra poética se inició hacia 1960, ininterrumpida en más de una década en prisión. Al 2017 lleva 28 títulos publicados (entre otros: Tangata desde la cárcel; Los reventados; Tangos de llevar encima; Los cantos de Bandolor…), Escribir y conservar lo escrito en prisión, implicó un procedimiento clandestino conocido como micro-escritura, registrado principalmente en hojillas de papel de fumar. Las visitas familiares eran los momentos propicios para exhumar de la cárcel estos papeles.  

viernes, 11 de mayo de 2018

Agua Mansa.


                                     Serafín J García


El estero acentuaba por momentos su acre color a juncos en descomposición y a cieno fermentado. Y como para reforzar aquel inequívoco signo de tormenta, comenzó a hendir el aire denso, sofocante, una nube de raudos "alguaciles". Por otra parte arreteaban el lanceteo y el zumbido infernal de los mosquitos. Mate va, mate viene, los dos hombres aguardaban en silencio, ensimismados, la hora de la faena.
Pronto se escondería entre el juncal inmenso la roja bola del sol. Y en la melancólica calma del crepúsculo retornarían de prisa a sus refugios las bandadas de garzas salvajes. Y con las primeras sombras llegaría el instante propicio para la caza y el desplume.
A fin de defenderse mejor de los voraces mosquitos, e incluso de la secreta inquietud que le había puesto los nervios tensos como alambres, Andrés fumaba cigarro tras cigarro. Sus ojos no perdían uno solo de los movimientos de Tomás, que ahora, en medio de la hosca pesadez de esa atmósfera de plomo, le parecía mas hostil, mas cargado que nunca de malas intenciones, de siniestros propósitos.
Sin embargo, la actitud del compañero no justificaba en modo alguno aquel receloso atisbo. Abstraído, indiferente, como insensible a cuanto le rodeaba, Tomás solo se movía para recoger el mate y devolverlo. No había en él ningún asomo de hostilidad, ni el menor gesto capaz de infundir sospechas. Si algo dejaba traslucir su rostro era un abúlico tedio, una especie de tristeza fatalista y cansada.
Pero Andrés interpretaba de muy distinta manera su ensimismamiento. Y creía tener razones poderosas para ello. Desde muchas noches atrás veníale socavando el cerebro una idea persistente, que había concluido por volverse obsesión. Tomás quería matarlo porque estaba celoso. Esa era la verdad. Desde que supo que Carmen iba a casarse con él, tornóse huraño, enigmático. Dejó de ser el amigo de corazón abierto que había sido hasta entonces. Y el despecho fue incubando sin duda, poco a poco, la siniestra intención que él estaba seguro de haber leído en sus ojos.
Recordó las únicas palabras cambiadas entre ambos acerca de la muchacha. Fue una madrugada que volvían del pueblo, soñolientos aún, con los inseparables caballos trotando en una misma línea
. - Anoche te vi con Carmen. La querés en serio?
- La quiero. Nos casamos pal año. Por?
- Por nada. Preguntaba nomás . . .
Hubo un silencio molesto, embarazoso, y luego él indagó:
- Es cierto que vos tuviste relaciones con ella?
- Hace ya mucho tiempo. No te priocupes. Lo pasao, pisao.
Desde entonces, ya no volvieron a nombrarla. Pero Carmen seguía interpuesta entre ellos, alejándolos cada vez más uno del otro. Si de algo estaba convencido Andrés era de eso. De eso y de las aviesas intenciones que abrigaba Tomás a su respecto.
La convivencia se les fue haciendo difícil: pasaban días enteros sin cambiar más de dos o tres monosílabos. Los estrictamente indispensables para entenderse en el trabajo. Y por las noches, Andrés trasladaba su recado al otro extremo de aquella especie de islote seco en que habían establecido el campamento, y allí tendía los cojinillos y jergones que le servían de cama. Pero ni aún así podía dormir tranquilo. Cualquier susurro mínimo, el roce de la brisa o de alguna alimaña nocturna entre los juncos, hacíale incorporar sobresaltado, manoteando la escopeta, o empuñando el facón que siempre tenía al alcance de la diestra.
- Ya está lavao que da asco.
- Lo ensillamos?
- Por mi, no.
Andrés lió un nuevo cigarro y prosiguió tomando mate solo. Acababa de ocultarse el sol, velado por una bruma rojiza, como de sangre. Hacia el Oriente, empezaban a acumularse pesados nubarrones. Y el metífico hedor del estero, cada vez mas denso, tornaba irrespirable aquel aire caliente y estancado.
No soplaba una brisa. Los juncos verticales, inmóviles, alargaban hasta el horizonte la uniforme monotonía del paisaje. Croaron algunas ranas distantes. Y como si hubieran estado esperando esa señal, otras, más próximas, respondieron de inmediato al invisible conjuro. A los pocos minutos todo el estero se llenó de un clamoreo compacto, ronco e infatigable.
Andrés se levantó y arrojó un terrón al agua para restablecer momentáneamente el silencio.
- Bichos jodones! - rezongó.
Sus nervios parecían a punto de estallar. Tomás, siempre abstraído, siempre inmóvil, contemplaba con ojos ausentes aquel lodo chirle y fétido, removido por el azoro de veloces fugas.
- Parece que va a llover.
- Parece.
Las palabras estaban de más. No cabía duda. Solamente tenían importancia los gestos, las actitudes.
Volvieron a enmudecer los dos hombres, atento cada uno al intransferible y secreto bullir de sus propios pensamientos. El recuerdo de la mujer lejana continuaba aislándolos , suprimiento inexorablemente entre ambos toda posibilidad de comunicación.
De pronto empezaron a aparecer en el horizonte las primeras bandadas de garzas en regreso. Venían desde los pantanos costeros de la Laguna Merin, en vuelo presuroso; giraban sobre el juncal, apretujándose entre graznidos inquietos, trazando cículos cada vez mas estrechos y más bajos; y luego descendían hasta desaparecer en el corazón del gigantesco estero, ya ubicado el sitio exacto donde acostumbraban a pernoctar.
Era un maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellas legiones de aves blancas y rosadas, cada vez mas numerosas y urgidas, revoloteando sobre la sombría inmensidad del juncal.
Andrés, que había vuelto a agazaparse al verlas, olvidó por un instante sus preocupaciones y se puso a hacer cálculos. Sería proficua la faena de esa tardecita. Podrían cazar muchas docenas de garzas y obtener sendas bolsas de plumas de primera calidad. Y quizás las ganancias les permitieran abandonar aquel penoso oficio, adquirir una chacrita en las inmediaciones del pueblo y vivir en paz con Carmen, trabajando la tierra. Eso sería lo mejor. La vida del garcero no servía para él. Ese silencio forzoso, esa monotonía agobiante del juncal, ese malsano olor de los esteros plagados de mosquitos, de sanguijuelas viscosas, de taimadas víboras, resultábanle cada día más intolerables. Que Tomás se buscase otro socio, si quería. Al fin de cuentas, ya no quedaba entre ellos nada en común.
Antes, cuando se entendían, cuando eran verdaderos amigos, cualquier sacrificio hacíase llevadero. Pero ahora Tomás lo odiaba y hasta sería capaz de matarlo si se le presentaba una ocasión favorable. No podía conformarse con que Carmen fuera suya. Era uno de esos hombres sin nobleza, que no saben perder . . .
Bruscamente cortó sus reflexiones para observar de reojo al compañero, pues había creído advertir en él un movimiento sospechoso. Tomás acababa de incorporarse, en efecto, y avanzaba paso a paso hacia allí, con las venas del cuello tensas y una dura fijeza en la mirada. Parecía un animal montaraz acercándose a su presa. Querría aprovechar su momentáneo descuido para ultimarlo a traición? Sería capaz de tal villanía?
No había concluido de hacerse estas preguntas cuando lo vio llevarse la mano a la cintura y desenvainar con cautela el afilado machete. Entonces dió un ágil brinco, blandiendo a su vez el suyo y hendióle el cráneo de un certero golpe mientras le gritaba:
- Tomá, por ventajero!
Desde el suelo, pudo aún el compañero extender el brazo y advertirle con un hilo de voz:
- Cuidado!
Andrés volvió los ojos hacia el sitio que el otro el indicaba, y recién entonces vió la yarará en acecho, pronta para saltar sobre él.
En ese mismo instante, un fuerte trueno anunció el comienzo de la lluvia. 
                                        FIN  

Serafin J. García, poeta y narrador uruguayo nacido en 1910, en Cañada Grande, Depto. de Treinta y Tres. Completó el ciclo de Enseñanza Primaria, y no tuvo otros estudios, habiendo realizado su formación cultural en forma enteramente autodidáctica.  Es autor, entre otros,  de los siguientes libros:

"Tacuruses", "Encarne viva", "Tierra Amarga",   "Las Aventuras de Juan el Zorro" .(5 de junio de 1905Treinta y Tres - 29 de abril de 1985Montevideo)

jueves, 3 de mayo de 2018

El infierno tan temido



                                            Juan Carlos Onetti - Uruguay


La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo "Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva", cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre.-Esta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué querés que llene la columna.

El sobre decía su nombre, Sección Carreras. El Liberal. Lo único extraño era el par de estampillas verdes y el sello de Bahía. Terminó el artículo cuando subían del taller para reclamárselo. Estaba débil y contento, casi solo en el excesivo espacio de la redacción, pensando en la última frase: "Volvemos a afirmarlo, con la objetividad que desde hace años ponemos en todas nuestras aseveraciones. Nos debemos al público aficionado". El negro, en el fondo, revolvía sobres del archivo y la madura mujer de Sociales se quitaba lentamente los guantes en su cabina de vidrio, cuando Risso abrió descuidado el sobre.

Traía una foto, tamaño postal; era una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como en relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada. Vio por sorpresa, no terminó de comprender, supo que iba a ofrecer cualquier cosa por olvidar lo que había visto.

Guardó la fotografía en un bolsillo y se fue poniendo el sobretodo mientras Sociales salía fumando de su garita de vidrio con un abanico de papeles en la mano.

-Hola -dijo ella-, ya me ve, a estas horas recién termina el sarao.

Risso la miraba desde arriba. El pelo claro, teñido, las arrugas del cuello, la papada que caía redonda y puntiaguda como un pequeño vientre, las diminutas, excesivas alegrías que le adornaban las ropas. "Es una mujer, también ella. Ahora le miro el pañuelo rojo en la garganta, las uñas violentas en los dedos viejos y sucios de tabaco, los anillos y pulseras, el vestido que le dio en pago un modisto y no un amante, los tacos interminables tal vez torcidos, la curva triste de la boca, el entusiasmo casi frenético que le impone a las sonrisas. Todo va a ser más fácil si me convenzo de que también ella es una mujer".

-Parece una cosa hecha por gusto, planeada. Cuando yo llego usted se va, como si siempre me estuviera disparando. Hace un frío de polo afuera. Me dejan el material como me habían prometido, pero ni siquiera un nombre, un epígrafe. Adivine, equivóquese, publique un disparate fantástico. No conozco más nombres que el de los contrayentes y gracias a Dios. Abundancia y mal gusto, eso es lo que había. Agasajaron a sus amistades con una brillante recepción en casa de los padres de la novia. Ya nadie bien se casa en sábado. Prepárese, viene un frío de polo desde la rambla.

Cuando Risso se casó con Gracia César, nos unimos todos en el silencio, suprimimos los vaticinios pesimistas. Por aquel tiempo, ella estaba mirando a los habitantes de Santa María desde las carteleras de El Sótano, Cooperativa Teatral, desde las paredes hechas vetustas por el final del otoño. Intacta a veces, con bigotes de lápiz o desgarrada por uñas rencorosas, por las primeras lluvias otras, volvía a medias la cabeza para mirar la calle, alerta, un poco desafiante, un poco ilusionada por la esperanza de convencer y ser comprendida. Delatada por el brillo sobre los lacrimales que había impuesto la ampliación fotográfica de Estudios Orloff, había también en su cara la farsa del amor por la totalidad de la vida, cubriendo la busca resuelta y exclusiva de la dicha.

Lo cual estaba bien, debe haber pensado él, era deseable y necesario, coincidía con el resultado de la multiplicación de los meses de viudez de Risso por la suma de innumerables madrugadas idénticas de sábado en que había estado repitiendo con acierto actitudes corteses de espera y familiaridad en el prostíbulo de la costa. Un brillo, el de los ojos del afiche, se vinculaba con la frustrada destreza con que él volvía a hacerle el nudo a la siempre flamante y triste corbata de luto frente al espejo ovalado y móvil del dormitorio del prostíbulo.

Se casaron, y Risso creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su cuerpo, la enloquecida necesidad de absolutos que lo poseía durante las noches alargadas.

Ella imaginó en Risso un puente, una salida, un principio. Había atravesado virgen dos noviazgos -un director, un actor-, tal vez porque para ella el teatro era un oficio además de un juego y pensaba que el amor debía nacer y conservarse aparte, no contaminado por lo que se hace para ganar dinero y olvido. Con uno y otro estuvo condenada a sentir en las citas en las plazas, la rambla o el café, la fatiga de los ensayos, el esfuerzo de adecuación, la vigilancia de la voz y de las manos. Presentía su propia cara siempre un segundo antes de cualquier expresión, como si pudiera mirarla o palpársela. Actuaba animosa e incrédula, medía sin remedio su farsa y la del otro, el sudor y el polvo del teatro que los cubrían, inseparables, signos de la edad.

Cuando llegó la segunda fotografía, desde Asunción y con un hombre visiblemente distinto, Risso temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe.

La segunda fotografía le fue entregada por Policiales, un miércoles de noche. Los jueves eran los días en que podía disponer de su hija desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Decidió romper el sobre sin abrirlo, lo guardó y recién en la mañana del jueves mientras su hija lo esperaba en la sala de la pensión, se permitió una rápida mirada a la cartulina, antes de romperla sobre el waterclós: también aquí el hombre estaba de espaldas.

Pero había mirado muchas veces la foto de Brasil. La conservó durante un día entero y en la madrugada estuvo imaginando una broma, un error, un absurdo transitorio. Le había sucedido ya, había despertado muchas veces de una pesadilla, sonriendo servil y agradecido a las flores de las paredes del dormitorio.

Estaba tirado en la cama cuando extrajo el sobre del saco y la foto del sobre.

-Bueno -dijo en voz alta-, está bien, es cierto y es así. No tiene ninguna importancia, aunque no lo viera sabría que sucede.

(Al sacar la fotografía con el disparador automático, al revelarla en el cuarto oscurecido, bajo el brillo rojo y alentador de la lámpara, es probable que ella haya previsto esta reacción de Risso, este desafío, esta negativa a liberarse en el furor. Había previsto también, o apenas deseado, con pocas, mal conocidas esperanzas, que él desenterrara de la evidente ofensa, de la indignidad asombrosa, un mensaje de amor.)

Volvió a protegerse antes de mirar: "Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada, solo y arrepentido de mi soledad como si la hubiera buscado, orgulloso como si la hubiera merecido".

En la fotografía la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro, agigantado por el inevitable primer plano, estaría segura de que no era necesario mostrar la cara para ser reconocida. En el dorso, su letra calmosa decía "Recuerdos de Bahía".

En la noche correspondiente a la segunda fotografía pensó que podía comprender la totalidad de la infamia y aun aceptarla. Pero supo que estaban más allá de su alcance la deliberación, la persistencia, el organizado frenesí con que se cumplía la venganza. Midió su desproporción, se sintió indigno de tanto odio, de tanto amor, de tanta voluntad de hacer sufrir.

Cuando Gracia conoció a Risso pudo suponer muchas cosas actuales y futuras. Adivinó su soledad mirándole la barbilla y un botón del chaleco; adivinó que estaba amargado y no vencido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse. Durante muchos domingos le estuvo mirando en la plaza, antes de la función, con cuidadoso cálculo, la cara hosca y apasionada, el sombrero pringoso abandonado en la cabeza, el gran cuerpo indolente que él empezaba a dejar engordar. Pensó en el amor la primera vez que estuvieron solos, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. También pensó en la ciudad, en que la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo. Tenía veinte años y Risso cuarenta. Se puso a creer en él, descubrió intensidades de la curiosidad, se dijo que solo se vive de veras cuando cada día rinde su sorpresa.

Durante las primeras semanas se encerraba para reírse a solas, se impuso adoraciones fetichistas, aprendió a distinguir los estados de ánimo por los olores. Se fue orientando para descubrir qué había detrás de la voz, de los silencios, de los gustos y de las actitudes del cuerpo del hombre. Amó a la hija de Risso y le modificó la cara, exaltando los parecidos con el padre. No dejó el teatro porque el Municipio acababa de subvencionarlo y ahora tenía ella en el sótano un sueldo seguro, un mundo separado de su casa, de su dormitorio, del hombre frenético e indestructible. No buscaba alejarse de la lujuria; quería descansar y olvidarla, permitir que la lujuria descansara y olvidara. Hacía planes y los cumplía, estaba segura de la infinitud del universo del amor, segura de que cada noche les ofrecería un asombro distinto y recién creado.

-Todo -insistía Risso-, absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o inventemos nosotros.

En realidad, nunca había tenido antes una mujer y creía fabricar lo que ahora le estaban imponiendo. Pero no era ella quien lo imponía, Gracia César, hechura de Risso, segregada de él para completarlo, como el aire al pulmón, como el invierno al trigo.

La tercera foto demoró tres semanas. Venía también de Paraguay y no le llegó al diario, sino a la pensión y se la trajo la mucama al final de una tarde en que él despertaba de un sueño en que le había sido aconsejado defenderse del pavor y la demencia conservando toda futura fotografía en la cartera y hacerla anecdótica, impersonal, inofensiva, mediante un centenar de distraídas miradas diarias.

La mucama golpeó la puerta y él vio colgar el sobre de las tabillas de la persiana, comenzó a percibir cómo destilaba en la penumbra, en el aire sucio, su condición nociva, su vibrátil amenaza. Lo estuvo mirando desde la cama como a un insecto, como a un animal venenoso que se aplastara a la espera del descuido, del error propicio.

En la tercera fotografía ella estaba sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelto, robusta y cuadrúpeda. Tan inconfundible ahora como si se hubiera hecho fotografiar en cualquier estudio y hubiera posado con la más tierna, significativa y oblicua de sus sonrisas.

Solo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres.

Pero también rompió esta fotografía y supo que le sería imposible mirar otra y seguir viviendo. Pero en el plano mágico en que habían empezado a entenderse y a dialogar, Gracia estaba obligada a enterarse de que él iba a romper las fotos apenas llegaran, cada vez con menos curiosidad, con menor remordimiento.

En el plano mágico, todos los groseros o tímidos hombres urgentes no eran más que obstáculos, ineludibles postergaciones del acto ritual de elegir en la calle, en el restaurante o en el café al más crédulo e inexperto, al que podía prestarse sin sospecha y con un cómico orgullo a la exposición frente a la cámara y al disparador, al menos desagradable entre los que pudieran creerse aquella memorizada argumentación de viajante de comercio.

-Es que nunca tuve un hombre así, tan único, tan distinto. Y nunca sé, metida en esta vida de teatro, dónde estaré mañana y si volveré a verte. Quiero por lo menos mirarte en una fotografía cuando estemos lejos y te extrañe.

Y después de la casi siempre fácil convicción, pensando en Risso o dejando de pensar para mañana, cumpliendo el deber que se había impuesto, disponía las luces, preparaba la cámara y encendía al hombre. Si pensaba en Risso, evocaba un suceso antiguo, volvía a reprocharle no haberle pegado, haberla apartado para siempre con un insulto desvaído, una sonrisa inteligente, un comentario que la mezclaba a ella con todas las demás mujeres. Y sin comprender; demostrando a pesar de noches y frases que no había comprendido nunca. Sin exceso de esperanzas, trajinaba sudorosa por la siempre sórdida y calurosa habitación de hotel, midiendo distancias y luces, corrigiendo la posición del cuerpo envarado del hombre. Obligando, con cualquier recurso, señuelo, mentira crapulosa, a que se dirigiera hacia ella la cara cínica y desconfiada del hombre de turno. Trataba de sonreír y de tentar, remedaba los chasquidos cariñosos que se hacen a los recién nacidos, calculando el paso de los segundos, calculando al mismo tiempo la intensidad con que la foto aludiría a su amor con Risso.

Pero como nunca pudo saber esto, como incluso ignoraba si las fotografías llegaban o no a manos de Risso, comenzó a intensificar las evidencias de las fotos y las convirtió en documentos que muy poco tenían que ver con ellos, Risso y Gracia.

Llegó a permitir y ordenar que las caras adelgazadas por el deseo, estupidizadas por el viejo sueño masculino de la posesión, enfrentaran el agujero de la cámara con una dura sonrisa, con una avergonzada insolencia. Consideró necesario dejarse resbalar de espaldas e introducirse en la fotografía, hacer que su cabeza, su corta nariz, sus grandes ojos impávidos descendieran desde la nada del más allá de la foto para integrar la suciedad del mundo, la torpe, errónea visión fotográfica, las sátiras del amor que se había jurado mandar regularmente a Santa María. Pero su verdadero error fue cambiar las direcciones de los sobres.

La primera separación, a los seis meses del casamiento, fue bienvenida y exageradamente angustiosa. El Sótano -ahora Teatro Municipal de Santa María- subió hasta El Rosario. Ella reiteró allí el mismo viejo juego alucinante de ser una actriz entre actores, de creer en lo que sucedía en el escenario. El público se emocionaba, aplaudía o no se dejaba arrastrar. Puntualmente se imprimían programas y críticas; y la gente aceptaba el juego y lo prolongaba hasta el fin de la noche, hablando de lo que había visto y oído, y pagado para ver y oír, conversando con cierta desesperación, con cierto acicateado entusiasmo, de actuaciones, decorados, parlamentos y tramas.

De modo que el juego, el remedo, alternativamente melancólico y embriagador, que ella iniciaba acercándose con lentitud a la ventana que caía sobre el fjord, estremeciéndose y murmurando para toda la sala: "Tal vez... pero yo también llevo una vida de recuerdos que permanecen extraños a los demás", también era aceptado en El Rosario. Siempre caían naipes en respuesta al que ella arrojaba, el juego se formalizaba y ya era imposible distraerse y mirarlo de afuera.

La primera separación duró exactamente cincuenta y dos días y Risso trató de copiar en ellos la vida que había llevado con Gracia César durante los seis meses de matrimonio. Ir a la misma hora al mismo café, al mismo restaurante, ver a los mismos amigos, repetir en la rambla silencios y soledades, caminar de regreso a la pensión sufriendo obcecado las anticipaciones del encuentro, removiendo en la frente y en la boca imágenes excesivas que nacían de recuerdos perfeccionados o de ambiciones irrealizables.

Eran diez o doce cuadras, ahora solo y más lento, a través de noches molestadas por vientos tibios y helados, sobre el filo inquieto que separaba la primavera del invierno. Le sirvieron para medir su necesidad y su desamparo, para saber que la locura que compartían tenía por lo menos la grandeza de carecer de futuro, de no ser medio para nada. En cuanto a ella, había creído que Risso daba un lema al amor común cuando susurraba, tendido, con fresco asombro, abrumado:

-Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos.

Ya la frase no era un juicio, una opinión, no expresaba un deseo. Les era dictada e impuesta, era una comprobación, una verdad vieja. Nada de lo que ellos hicieran o pensaran podría debilitar la locura, el amor sin salida ni alteraciones. Todas las posibilidades humanas podían ser utilizadas y todo estaba condenado a servir de alimento.

Creyó que fuera de ellos, fuera de la habitación, se extendía un mundo desprovisto de sentido, habitado por seres que no importaban, poblado por hechos sin valor.

Así que solo pensó en Risso, en ellos, cuando el hombre empezó a esperarla en la puerta del teatro, cuando la invitó y la condujo, cuando ella misma se fue quitando la ropa.

Era la última semana en El Rosario y ella consideró inútil hablar de aquello en las cartas a Risso; porque el suceso no estaba separado de ellos y a la vez nada tenía que ver con ellos; porque ella había actuado como un animal curioso y lúcido, con cierta lástima por el hombre, con cierto desdén por la pobreza de lo que estaba agregando a su amor por Risso.

Y cuando volvió a Santa María, prefirió esperar hasta una víspera de jueves -porque los jueves Risso no iba al diario-, hasta una noche sin tiempo, hasta una madrugada idéntica a las veinticinco que llevaban vividas.

Lo empezó a contar antes de desvestirse, con el orgullo y la ternura de haber inventado, simplemente, una nueva caricia. Apoyado en la mesa, en mangas de camisa, él cerró los ojos y sonrió. Después la hizo desnudar y le pidió que repitiera la historia, ahora de pie, moviéndose descalza sobre la alfombra y casi sin desplazarse de frente y de perfil, dándole la espalda y balanceando el cuerpo mientras lo apoyaba en una pierna y otra. A veces ella veía la cara larga y sudorosa de Risso, el cuerpo pesado apoyándose en la mesa, protegiendo con los hombros el vaso de vino, y a veces solo los imaginaba, distraída, por el afán de fidelidad en el relato, por la alegría de revivir aquella peculiar intensidad de amor que había sentido por Risso en El Rosario, junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie, junto a Risso.

-Bueno; ahora te vestís otra vez -dijo él, con la misma voz asombrada y ronca que había repetido que todo era posible, que todo sería para ellos.

Ella le examinó la sonrisa y volvió a ponerse las ropas. Durante un rato estuvieron los dos mirando los dibujos del mantel, las manchas, el cenicero con el pájaro de pico quebrado. Después él terminó de vestirse y se fue, dedicó su jueves, su día libre, a conversar con el doctor Guiñazú, a convencerlo de la urgencia del divorcio, a burlarse por anticipado de las entrevistas de reconciliación.

Hubo después un tiempo largo y malsano en el que Risso quería volver a tenerla y odiaba simultáneamente la pena y el asco de todo imaginable reencuentro. Decidió después que necesitaba a Gracia y ahora un poco más que antes. Que era necesaria la reconciliación y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio siempre que no interviniera su voluntad, siempre que fuera posible volver a tenerla por las noches sin decir que sí ni siquiera con su silencio.

Volvió a dedicar los jueves a pasear con su hija y a escuchar la lista de predicciones cumplidas que repetía la abuela en las sobremesas. Tuvo de Gracia noticias cautelosas y vagas, comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer encuentro.

Casi un mes después del principio de la separación, Gracia repartió direcciones contradictorias y se fue de Santa María.

-No se preocupe -dijo Guiñazú-. Conozco bien a las mujeres y algo así estaba esperando. Esto confirma el abandono del hogar y simplifica la acción que no podrá ser dañada por una evidente maniobra dilatoria que está evidenciando la sinrazón de la parte demandada.

Era aquel un comienzo húmedo de primavera, y muchas noches Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia.

Risso había destruido, sin mirar, los últimos tres mensajes. Se sentía ahora, y para siempre, en el diario y en la pensión, como una alimaña en su madriguera, como una bestia que oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva. Solo podía salvarse de la muerte y de la idea de la muerte forzándose a la quietud y a la ignorancia. Acurrucado, agitaba los bigotes y el morro, las patas; solo podía esperar el agotamiento de la furia ajena. Sin permitirse palabras ni pensamientos, se vio forzado a empezar a entender; a confundir a la Gracia que buscaba y elegía hombres y actitudes para las fotos, con la muchacha que había planeado, muchos meses atrás, vestidos, conversaciones, maquillajes, caricias a su hija para conquistar a un viudo aplicado al desconsuelo, a este hombre que ganaba un sueldo escaso y que solo podía ofrecer a las mujeres una asombrada, leal, incomprensión.

Había empezado a creer que la muchacha que le había escrito largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del noviazgo era la misma que procuraba su desesperación y su aniquilamiento enviándole las fotografías. Y llegó a pensar que, siempre, el amante que ha logrado respirar en la obstinación sin consuelo de la cama el olor sombrío de la muerte, está condenado a perseguir -para él y para ella- la destrucción, la paz definitiva de la nada.

Pensaba en la muchacha que se paseaba del brazo de dos amigas en las tardes de la rambla, vestida con los amplios y taraceados vestidos de tela endurecida que inventaba e imponía el recuerdo, y que atravesaba la obertura del Barbero que coronaba el concierto dominical de la banda para mirarlo un segundo. Pensaba en aquel relámpago en que ella hacía girar su expresión enfurecida de oferta y desafío, en que le mostraba de frente la belleza casi varonil de una cara pensativa y capaz, en que lo elegía a él, entontecido por la viudez. Y, poco a poco, iba admitiendo que aquella era la misma mujer desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y Buenos Aires.

Por qué no, llegó a pensar, por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación, su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad.

La próxima fotografía le llegó desde Montevideo; ni al diario ni a la pensión. Y no llegó a verla. Salía una noche de El Liberal cuando escuchó la renguera del viejo Lanza persiguiéndolo en los escalones, la tos estremecida a su espalda, la inocente y tramposa frase del prólogo. Fueron a comer al Baviera; y Risso pudo haber jurado después haber estado sabiendo que el hombre descuidado, barbudo, enfermo, que metía y sacaba en la sobremesa un cigarrillo humedecido de la boca hundida, que no quería mirarle los ojos, que recitaba comentarios obvios sobre las noticias que UP había hecho llegar al diario durante la jornada, estaba impregnado de Gracia, o del frenético aroma absurdo que destila el amor.

-De hombre a hombre -dijo Lanza con resignación-. O de viejo que no tiene más felicidad en la vida que la discutible de seguir viviendo. De un viejo a usted; y yo no sé, porque nunca se sabe, quién es usted. Sé de algunos hechos y he oído comentarios. Pero ya no tengo interés en perder el tiempo creyendo o dudando. Da lo mismo. Cada mañana compruebo que sigo vivo, sin amargura y sin dar las gracias. Arrastro por Santa María y por la redacción una pierna enferma y la arterioesclerosis, me acuerdo de España, corrijo las pruebas, escribo y a veces hablo demasiado. Como esta noche. Recibí una sucia fotografía y no es posible dudar sobre quién la mandó. Tampoco puedo adivinar por qué me eligieron a mí. Al dorso dice: "Para ser donada a la colección Risso", o cosa parecida. Me llegó el sábado y estuve dos días pensando si dársela o no. Llegué a creer que lo mejor era decírselo porque mandarme eso a mí es locura sin atenuantes y tal vez a usted le haga bien saber que está loca. Ahora está usted enterado; solo le pido permiso para romper la fotografía sin mostrársela.

Risso dijo que sí y aquella noche, mirando hasta la mañana la luz del farol de la calle en el techo del cuarto, comprendió que la segunda desgracia, la venganza, era esencialmente menos grave que la primera, la traición, pero también mucho menos soportable. Sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio.

La cuarta fotografía no dirigida a él la tiró sobre la mesa la abuela de su hija, el jueves siguiente. La niña se había ido a dormir y la foto estaba nuevamente dentro del sobre. Cayó entre el sifón y la dulcera, largo, atravesado y teñido por el reflejo de una botella, mostrando entusiastas letras en tinta azul.

-Comprenderás que después de esto... -tartamudeó la abuela. Revolvía el café y miraba la cara de Risso, buscándole en el perfil el secreto de la universal inmundicia, la causa de la muerte de su hija, la explicación de tantas cosas que ella había sospechado sin coraje para creerlas-. Comprenderás -repitió con furia, con la voz cómica y envejecida.

Pero no sabía qué era necesario comprender y Risso tampoco comprendía aunque se esforzara, mirando el sobre que había quedado enfrentándolo, con un ángulo apoyado en el borde del plato.

Afuera la noche estaba pesada y las ventanas abiertas de la ciudad mezclaban al misterio lechoso del cielo los misterios de las vidas de los hombres, sus afanes y sus costumbres. Volteado en su cama Risso creyó que empezaba a comprender, que como una enfermedad, como un bienestar, la comprensión ocurría en él, liberada de la voluntad y de la inteligencia. Sucedía, simplemente, desde el contacto de los pies con los zapatos hasta las lágrimas que le llegaban a las mejillas y al cuello. La comprensión sucedía en él, y él no estaba interesado en saber qué era lo que comprendía, mientras recordaba o estaba viendo su llanto y su quietud, la alargada pasividad del cuerpo en la cama, la comba de las nubes en la ventana, escenas antiguas y futuras. Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad. Hizo pedazos la fotografía sobre el pecho, sin apartar los ojos del blancor de la ventana, lento y diestro, temeroso de hacer ruido o interrumpir. Sintió después el movimiento de un aire nuevo, acaso respirado en la niñez, que iba llenando la habitación y se extendía con pereza inexperta por las calles y los desprevenidos edificios, para esperarlo y darle protección mañana y en los días siguientes.

Estuvo conociendo hasta la madrugada, como a ciudades que le habían parecido inalcanzables, el desinterés, la dicha sin causa, la aceptación de la soledad. Y cuando despertó a mediodía, cuando se aflojó la corbata y el cinturón y el reloj pulsera, mientras caminaba sudando hasta el pútrido olor a tormenta de la ventana, lo invadió por primera vez un paternal cariño hacia los hombres y hacia lo que los hombres habían hecho y construido. Había resuelto averiguar la dirección de Gracia, llamarla o irse a vivir con ella. Aquella noche en el diario fue un hombre lento y feliz, actuó con torpezas de recién nacido, cumplió su cuota de cuartillas con las distracciones y errores que es común perdonar a un forastero. La gran noticia era la imposibilidad de que Ribereña corriera en San Isidro, porque estamos en condiciones de informar que el crédito del stud El Gorrión amaneció hoy manifestando dolencias en uno de los remos delanteros, evidenciando inflamación a la cuerda lo que dice a las claras de la entidad del mal que lo aqueja.

-Recordando que él hacía Hípicas -contó Lanza-, uno intenta explicar aquel desconcierto comparándolo al del hombre que se jugó el sueldo a un dato que le dieron y confirmaron el cuidador, el jockey, el dueño y el propio caballo. Porque aunque tenía, según se sabrá, los más excelentes motivos para estar sufriendo y tragarse sin más todos los sellos de somníferos de todas las boticas de Santa María, lo que me estuvo mostrando media hora antes de hacerlo no fue otra cosa que el razonamiento y la actitud de un hombre estafado. Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento. Porque en ningún momento llamó yegua a la yegua que estuvo repartiendo las soeces fotografías por toda la ciudad, y ni siquiera aceptó caminar por el puente que yo le tendía, insinuando, sin creerla, la posibilidad de que la yegua -en cueros y alzada como prefirió divulgarse, o mimando en el escenario los problemas ováricos de otras yeguas hechas famosas por el teatro universal-, la posibilidad de que estuviera loca de atar. Nada. Él se había equivocado, y no al casarse con ella sino en otro momento que no quiso nombrar. La culpa era de él y nuestra entrevista fue increíble y espantosa. Porque ya me había dicho que iba a matarse y ya me había convencido de que era inútil y también grotesco y otra vez inútil argumentar para salvarlo. Y hablaba fríamente conmigo, sin aceptar mis ruegos de que se emborrachara. Se había equivocado, insistía; él y no la maldita arrastrada que le mandó la fotografía a la pequeña, al Colegio de Hermanas. Tal vez pensando que abriría el sobre la hermana superiora, acaso deseando que el sobre llegara intacto hasta las manos de la hija de Risso, segura esta vez de acertar en lo que Risso tenía de veras vulnerable. 
                                                FIN 



Juan Carlos Onetti Novelista uruguayo, considerado no sólo el escritor más importante que ha dado la literatura de su país, sino uno de los máximos creadores de la narrativa en lengua castellana del siglo XX. (1 de julio de 1909, Montevideo -  30 de mayo de 1994, Madrid, España)