martes, 7 de febrero de 2017

En Haití, donde el tiempo no existe.


                                                                                   





                  Mercedes Rosende




1) Acá el tiempo no existe, es una sucesión de momentos iguales, calurosos, monótonos, un tiempo que sería interminable en otro lugar, para otras personas. Euvonie, sentada en el suelo intenta espantar las moscas y vender las 3 paltas, los manojos de perejil y las 5 papas. Se sienta en la calle porque en Puerto Príncipe no hay vereda o casi nunca hay vereda, o si la hay es muy estrecha y los autos -todos 4x4, no hay otra forma de circular sobre los pozos- pasan por encima como si fuera parte de la calle. Se sienta contra el muro altísimo de una casa, extiende una bolsa de plástico y acomoda encima algunos morrones verdes, una par de papayas o unos mangos, depende de lo que haya recogido ese día cuando todavía era de noche. Se sienta en cuclillas como todas las haitianas pobres, las rodillas muy abiertas y la pollera arremangada, un trapo cubre el sexo desnudo.


A eso de las tres de la mañana puso todo en un canasto que puso sobre su cabeza y empezó la larga caminata hacia Pétion-Ville, unas 3 horas de ida y otras tantas de vuelta, montaña arriba y montaña abajo. Usa una chancletas de plástico rosado, una pollera que le queda grande y una remera que dice I love NY.
Euvonie, como el 80% de los haitianos, no tiene trabajo ni ayuda social, no tiene acceso a la salud ni a una enseñanza gratuita para sus hijos, y nunca tendrá una jubilación.
Para Euvonie el tiempo no existe, no es una variable, nunca usó reloj ni lo necesita. Sabe que es mediodía porque el sol fríe la piel negra y brillante de su rostro, sabe que si no se protege tendrá llagas, quizás infecciones, y busca un pedazo de cartón que sostiene con la mano en alto. Ese es su protector solar.
Por ser mujer debe ir a buscar el agua a la canilla comunal, cargar con un balde de 20 litros sobre su cabeza, caminar hasta su casa allá arriba. Tiene 20 años, lleva el bidón de agua desde los 5 o 6 y tiene escoliosis en la columna. Parece que tuviera 40, al menos.
El tiempo no existe para ella, decía, y las horas pasan frente a su mirada perdida, su boca en silencio, espanta las moscas y poco más que eso. Yo la veo desde mi ventana del hotel, casi siempre en la misma posición, a veces bajo y le compro una palta o un mango. No sé qué piensa y nunca lo sabré porque Euvonie sólo habla créole, una lengua aislada y misteriosa que se habla sólo en pequeños puntos del planeta, en Asia, África y América.
Sabrá que ha llegado la hora de la vuelta cuando el sol empiece a perder fuerza, y bajará el cartón con que se protege y recogerá los morrones y acomodará las papas que no ha vendido, armará el petate que volverá a su cabeza, y caminará. Caminará esta noche y mañana, caminará todos los días de su vida, hasta que no tenga fuerzas.
Euvonie no espera nada, el tiempo no existe, es un largo instante, siempre igual, entre la vida y la muerte.



2)Demasiados blues



Desperté con el ruido de un golpe en la puerta. Extendí la mano, pero a mi lado en la cama, sólo había un hueco ya frío. Me incorporé y noté que se me estaban formando grandes manchas de sudor en las axilas del vestido.

Hubiera querido bañarme pero ya no era posible. Miré el reloj de manecillas fosforescentes que estaba en el suelo.

Marcaba las seis y estaba por amanecer.

Me deslicé fuera de la cama, apoyé los pies en el suelo de hormigón y sentí frío. Todavía ahora recuerdo aquel frío en las plantas y se me eriza la piel de la espalda, como si ella también tuviera memoria de aquel sitio. Tardé en pararme lo que tardé en acostumbrarme al temblor de mis rodillas. Mientras, dejé vagar la mirada por la enorme cabecera de la cama de madera casi negra, con las molduras cascadas y apolilladas. Era casi el único mueble, con excepción de dos cajones de cerveza apilados y una silla de esterilla medio desfondada, de cuyo respaldo colgaba mi bolsa roja. Pero el lugar era tan grande que parecía vacío.

Sobre los cajones de cerveza, dispersos sobre un papel engrasado, vi los bordes del sandwich que Tommy y yo habíamos comido la noche anterior.

Pensé que debía mirar hacia la puerta, pero no logré sacar los ojos del borde de la sábana -de flores naranjas sobre fondo violeta, descolorida y mugrienta-, que colgaba sobre el gris del hormigón del suelo. Creo que suspiré, porque recuerdo el esfuerzo por tragarme hasta el sonido de la respiración.

Escuché el sonido de unas pisadas afuera y aunque no pude determinar a dónde iban, estuve segura de que venían por mí. Cuando por fin logré desenganchar la mirada del borde de la sábana, la deslicé por el piso con toda la lentitud que fui capaz, deteniéndome en cada irregularidad. Pasé sobre una cucaracha marrón e inmóvil, que al sentirse descubierta, aplastó más su cuerpo contra al piso. Aunque aquel sitio no tenía ninguna ventana, por debajo de la puerta se empezó a colar un resplandor amarillo y supe que pronto sería de día.

Por fin, miré hacia la puerta, esperando.

A los trece o catorce yo ya era una ladrona. Robaba para conseguir alcohol y algo de fumar. De los almacenes de barrio pasé a las estaciones de servicio y a las tiendas del centro, y con un poco de dinero en los bolsillos aprendí lo que es ser libre y me escapé de casa. Sólo necesitaba un sitio con un techo encima de mi cabeza y una cama al abrigo. Y tenía a Tommy.

Algunas veces me atrapaban y me llevaban a un refugio donde la asistente social intentaba convencerme de lo bueno que es trabajar todo el día para conseguir unos billetes con qué pagar la comida para subsistir hasta el día siguiente.

El método que usábamos con Tommy era rápido, limpio y efectivo, y él comenzó a llenarse de dinero y a comprar cada vez más droga. A veces pasaba una semana entera drogándose y drogándose, sin comer ni bañarse, hasta que se acababa el dinero y yo lo arrastraba a la cama y entonces comenzaba el infierno. Lo veía temblar y sudar, lo tomaba de la mano, le secaba la cara y así atravesábamos la noche hasta que Tommy se dormía. Me quedaba horas enteras balanceándome en la silla a su lado, mirándolo, espiando su respiración, acomodando la almohada bajo su cabeza, hasta que llegaba el amanecer y entonces me metía en la cama y los dos dormíamos hasta la noche siguiente.

También estaban los buenos momentos. Invitábamos a Morgan, Tommy tocaba la guitarra llenando de blues la habitación y tomábamos el té. Ellos se acariciaban con delicadeza, bailaban como novios adolescentes y yo cantaba y servía más té en las tazas blancas. Hacíamos planes, soñábamos cómo gastaríamos el dinero del siguiente robo. Iríamos juntos a una isla tropical, compraríamos abrigos de piel. “Te voy a regalar un auto”, me decía y me tiraba un beso a través de la mesa. “Prefiero una moto, Tommy”, le contestaba yo soplándole un beso desde la punta de mis dedos. Luego ellos se iban a la habitación, cerraban la puerta y yo quedaba escuchando la música de Tommy y llenaba hojas y hojas con retratos a lápiz de la cara de mi madre, que apenas terminaba rompía en pedacitos diminutos.

Nunca imaginamos que en aquel bar hubiera tanto dinero. Era el final de la noche y los borrachos de traje gris se habían marchado a sus casas donde los esperaban sus esposas, el aire acondicionado y las plantas de plástico.

El local era un sótano pequeño y sin ventanas, casi vacío. Sólo quedaban el tipo de la caja y un gordo de cabeza grasienta y nariz babeante que dormía sentado en una mesa del rincón con la cabeza apoyada contra la pared, que ni siquiera abrió los ojos. Desde algún aparato con un suave sonido lluvioso, BB King soplaba un blues que se extendía por el lugar como una niebla opaca. Las paredes del local mostraban heridas de revoque como una piel reventada por la humedad, que dejaban al descubierto los ladrillos. Algunos boxeadores guiñaban sus ojos amoratados desde fotos amarillentas que colgaban de las paredes. Sobre las mesas pintadas de azul - debajo debía haber otras muchas capas de pintura que asomaban por los lugares descascarados- quedaban botellas y vasos sucios, muchos de ellos con bocas rojas dibujadas en el borde. Tommy y yo entramos abrazados como una pareja, él preguntó algo y yo rodeé rápidamente el mostrador, una barra de madera ennegrecida y rayada. Enseguida saqué la pistola del bolso rojo y la amartillé contra el cráneo del tipo de la caja, que quedó con los ojos fijos en la nada. Tommy revisó los baños, la cocina y la oficina de atrás y dijo que estaba vacío.

Cuando le di la orden, el tipo abrió la caja y me tendió un sucio puñado de billetes. Yo los miré y sin levantar la vista del dinero le pateé las bolas, y los billetes se esparcieron por el suelo, que estaba tan sucio como el resto del lugar. Él cayó también hecho un ovillo, yo me agaché y volví a apoyar la pistola contra su cráneo, revolviéndole los pelos largos y lacios con la punta del caño, hasta que el tipo de la caja comenzó a llorar y vi como se mojaba la entrepierna de su pantalón. “Ahora me hablará de sus hijos”, pensé. El cansancio comenzaba a apoderarse de mí.

De reojo vi a Tommy sacando una botella del mostrador. Él nunca bebe del pico, yo sí lo hago, aunque nunca delante de él. Pero esa noche me sentía un poco pasada, le arrebaté la bebida y tomé largos sorbos que cayeron dentro de mí desgarrando la garganta. Después le devolví la botella.

Miré un instante a mi alrededor y sin más razón que el asco, pateé la cabeza del tipo de la caja bastante más duro de lo que hubiera querido. Y luego otra vez. El hombre se cubría el cráneo con las manos y comenzó a llorar más fuerte, y fue entonces que habló del dinero que tenía escondido en el baño de la oficina. Lo levanté del suelo y lo empujé hasta el sitio que mencionaba. Sentado en un taburete alto de la barra, Tommy bebía scotch puro de un vaso largo y fino que había tomado de algún sitio, y no nos prestó más atención de la que se le presta a una mosca.

Entré al baño de la oficina caminando detrás del tipo que moqueaba y me sentí ganas de vomitar. Las paredes estaban llenas de pegotes oscuros, de dibujos obscenos, de graffitis asquerosos, y en el aire flotaba un olor penetrante a mierda. La papelera del rincón escupía inmundicias que se desparramaban por todo el piso. Casi no había diferencia entre la mugre del water y la de la pileta.

“Asqueroso”, pensé mirándolo.

El tipo me señaló la tapa de la cisterna.

― Aquí está el dinero —tartamudeó.

Yo pensé que también podía haber un arma y le metí el caño en la oreja.

― Cuidado, viejo.

Aunque las manos le temblaban, de alguna forma pudo sacar la tapa de la cisterna, pero al hacerlo ésta resbaló de sus manos, cayó al piso y explotó en pedazos que se mezclaron con la mugre. Yo me sobresalté y casi disparo dentro de sus sesos, pero en ese instante el tipo sacó un paquete del tanque y me lo tendió balbuceando estupideces sobre sus hijos. Estaba envuelto en plástico negro, pero igual se notaba que allí había muchos billetes. Abrí un poco el plástico y los vi. Muchísimos.

Metí el paquete con el dinero en el bolso rojo que me había regalado Tommy en mi cumpleaños. Tenía que encerrar al tipo de la caja y el baño era un sitio igual que cualquier otro. Miré toda aquella suciedad y pensé que el tipo iba a probar de su propia medicina. Un par de culatazos en la cabeza y enseguida optó por colaborar.

— Quedate quieto quince minutos.

Cerré la puerta y volví al bar. Tommy seguía bebiendo sentado en un banco alto y apoyado en la barra, en la misma posición en que lo había dejado, pero el contenido de la botella ya casi había desaparecido.

― Vamos Tommy —le susurré.

Él pareció no escuchar y siguió mirando a la nada. Lo empujé con suavidad y lo hice bajar del banco, sosteniéndolo de la cintura.

― Vamos —repetí señalando la salida.

Dejó el vaso sobre el mostrador y comenzó a caminar hacia la puerta, justo delante de mí. Entonces vio al gordo de cabeza grasienta –que no se había despertado y ya nunca lo haría- y se detuvo.

Tommy se volvió, me miró y yo vi algo en su mirada. Quise detener la acción como en los dibujos animados, pero mi mano, que debía agarrar la suya e inmovilizarla, quedó a mitad de camino, floja, fofa, suplicante, mientras él sacaba su pistola y disparaba una y otra vez a la cabeza del gordo que dormía sentado, que caía hacia delante y rebotaba golpeando su cabeza contra la mesa.

Desde el fondo llegaron los gritos del tipo de la caja, salí del letargo y tomé a Tommy del brazo arrastrándolo a la salida. Una llovizna de blues seguía cayendo sobre el local. Antes de salir me volví y no sé porqué, le miré la nariz al gordo, que ahora babeaba sangre.

Parada al costado de la cama apolillada miré hacia la puerta, sin esperar otro final que el de siempre.

Me incliné a tocar el hueco frío en la cama –estoy segura que pensé en los buenos momentos- cuando el reloj marcaba las seis y diez. Mis rodillas temblaron más fuerte y tuve que aferrarme a la cabecera.

Otra vez me pareció escuchar pasos y sabía que venían por mí.

El desenlace sería como una película vista muchas veces. Tres o cuatro policías en primer plano y tras ellos, la cara llena de angustia de mi madre. Pero esta vez, pensé, será aún peor. Habrá más policías, más armas, más amenazas, pensé. El Juez tendrá un rictus más severo. Sólo la cara de mi madre permanecerá igual, igual, y yo lamenté no tener papel y lápiz para dibujarla y luego romperla en pedacitos.

Malditos hijos de puta, pensé.

Allí, colgado en el respaldo de la silla, estaba mi bolso rojo, el que Tommy me había regalado para mi cumpleaños. Arrojando el miedo a un costado, casi le salté arriba, pero antes de abrirlo supe que el dinero ya no estaba. Saqué la pistola del bolso y apunté a la puerta.

― Malditos hijos de puta —grité.

El papel con los restos de sandwich salió volando al piso llevado por el viento frío que entró al abrirse la puerta, y yo quedé cegada por el resplandor de la luz el amanecer. Una mano me quitó el arma y me empujó con fuerza hacia fuera. No me resistí.

― Estuve revisando el lugar y está abandonado y no creo que nadie nos haya visto llegar. En la tarde llegaremos a la frontera.

Tommy me tomó de la mano y corrimos hacia la esquina donde esperaba Morgan con el motor encendido.





3) Ídolos caídos






La mujer que está sentada detrás del escritorio de cristal y acero observa el efecto de sus palabras, me observa como a una planta, como a una publicidad de jabón en polvo Después continúa hablando.

— Sí. El material con los cien días de filmación entra hoy en la etapa de producción. Con ese crudo deben cubrirse otros cien días de emisión...

Por primera vez la miro sin esquivar su mirada. Ella tiene un aire de no tener nada que ver con las palabras que salen de su boca, como si los sonidos que emite fueran ajenos a su voluntad, a su persona. Yo percibo esa disociación y me siento confundida., quedo pensando en los muñecos que sostienen los ventrílocuos sobre sus rodillas, que mueven la boca diciendo las palabras de otro. Esas criaturas me trasmiten una cierta tristeza, la de quien quiere decir algo y no puede.

No, no debe haber sido fácil para esta mujer sentada detrás del escritorio de vidrio decirme la verdad, explicarme una y otra vez hasta hacerme comprender que el romance que creí tener con Paolo fue la parte visible de una enorme y costosa superproducción, de un reality shows. Y que todo lo que nos sucedió en esos cien días fue minuciosamente registrado por casi sesenta cámaras y varios cientos de micrófonos aéreos, subterráneos, subrepticios, que les permitirá exhibir, abrir y desenrollar nuestra relación frente a los millones de telespectadores potenciales en la exhibición de este show de amor mediático.

Después de su explicación se hace un silencio. No puedo sentir, no puedo pensar en nada, tengo la mente en blanco y presiento que así debe ser. Miro a la mujer de aire ausente, de ojos como ventanas que dan a un pozo ciego, esperando algo más. Entretanto, como dije, no siento nada. Por fin ella habla —¿habla ella?— y me dice que los cien días transcurridos entre el momento en que conocí a Paolo y éste preciso instante en que estoy aquí sentada —“mire, mire la cámara detrás de usted”, dice dirigiéndome una sonrisa banal— serán transformados en cien programas destinados a ser emitidos en el invierno boreal, en todos los países del mundo de habla hispana.

Yo la escucho hablar y sigo sin decir nada, sin pensar en nada, sólo me miro las manos que ahora se mueven por sí mismas, se disparan, van hasta el borde de mi falda y lo toman, lo aprietan, lo estrujan. Intento fijar la atención en sus palabras, pero sólo logro mirar su cara de emociones planas, que no expresa ni alegría ni tristeza. O mirarme las manos en el borde de la falda. Mi mente se va, se me escapa y vuelve al día anterior, a la tarde que pasamos a orillas del Santa Lucía, a nuestras confidencias, las mías y las que creí suyas, al momento en que terminé de vaciar mi alma en Paolo para empezar nueva y sin historia. Fue entonces que tomó mi mano y me dijo que el día siguiente sería tiempo de revelaciones. Y así fue.

La mujer sigue hablando y yo temo haberme perdido de algo importante porque su voz suena interrogante y en sus ojos hay, por primera vez, algo de curiosidad.

— Perdón. ¿Qué me decía? ¾le pregunto, todavía pérdida en el pasado remoto del día de ayer.

— Le preguntaba qué le parece la propuesta.

No tengo idea de a qué propuesta se refiere, sólo puedo ver mi falda que se volvió ridículamente corta, y mis manos que se aferran al borde intentando estirarlo y cubrirme los muslos, que en esta oficina aséptica y blanca, resaltan y resultan casi procaces. La compré ayer de mañana, para estrenarla en mi cita con Paolo. Sabía que iríamos al río y elegí esta falda color turquesa, corta, de verano. Ahora y aquí parece tan extemporánea como un impermeable en un día de sol. Mis muslos se ven demasiado largos y el ombligo al aire ofende la seriedad de este recinto de vidrio y acero.

La mujer ya no habla y parece esperar que yo diga algo, pero no sé qué debo hacer o decir. Su cara expectante me dice que el silencio se estiró algún minuto más de lo conveniente.

— Disculpe, no la estaba escuchando.

Vuelve a explicarme cómo será emitido el programa, tres emisiones diarias durante tres meses, y en ese período Paolo y yo volveremos a conocernos en el Mercado del Puerto, una y otra vez, tantas como se decida televisarlo y volveremos a pasar por esta historia de amor de utilería. Qué estúpido suena todo en esta oficina y frente a esta mujer de mirada desierta.

No sé qué viento me impulsa a levantarme de la silla. A esta habitación no llega ningún viento, ni rayo de sol, ni gota de lluvia, porque todo está cercado por cuatro paredes blancas sin otra abertura que una ventana de vidrio espejado. Pero algo me impulsa y me levanto, dejo la silla cromada y camino hasta la ventana de vidrio. Me acerco, me acerco tanto que dejo la aureola del vapor de mi respiración en el vidrio. No veo nada, solo a mí misma. Golpeo con los nudillos, pero no hay respuesta. Vuelvo a golpear, esta vez más fuerte. Me vuelvo y veo a la mujer, que también me mira con ojos de espejo.

— Por favor, tome asiento —me dice.

Yo doy otra vuelta por la habitación impulsada por una rabia nueva, nada más que para no obedecer a sus palabras. Pero allí no hay nada que yo pueda ver, sólo el escritorio de vidrio y acero y las dos sillas, las cuatro paredes blancas y la ventana-espejo. Creo que ya lo he visto todo y no sé que otra cosa pueda hallar en esta celda. Ella continúa mirándome sin decir palabra, esperando como si tuviera toda la vida para hablar conmigo. Sin nada que hacer, vuelvo a la silla sintiéndome una escolar reprendida.

Ella hace de cuenta que no hubo interrupción y continúa. Habla con palabras que suenan entusiastas y dice que la empresa televisará para todo el mundo, el momento en que Paolo me confiesa la verdad. Un hermoso primer plano de la cama de su apartamento y su voz que me explica que todo fue una historia libretada en Holanda, armada y producida en España y filmada en Montevideo. Filmada en Montevideo por un tema de costos menores, me explica ella, bajando el tono de voz . Y yo ahora recuerdo lo sucedido hace apenas unos momentos en el apartamento de Paolo, y a él sonriéndome y señalando la ubicación de las cámaras, y yo descubriendo todo sin emoción, como si yo misma fuera una cámara que se limita a registrar las imágenes de un reality show animado por mis sentimientos y sus cualidades interpretativas. Ocurrió esta misma mañana, hace poco más de una hora, mientras desayunábamos en su cama. En el lugar que creí que era su apartamento. Él me lo explicó todo con la mayor delicadeza, lamentó haberme inducido a error y dijo estar seguro de que la señorita Phillips sería capaz de exponerme el proyecto y de proponerme un acuerdo ventajoso. Yo lo escuchaba sin sentir nada, como si mi sistema nervioso hubiera sido suspendido por mal tiempo. Él hablaba y hablaba, y cuando terminó quedó mirando algo detrás de mí, como colgado y borrado, como pidiendo ayuda. Fue después que sonrió a la nada —una sonrisa algo ancha de más, ahora que lo pienso— y me señaló una cámara disimulada en un artefacto de luz. Yo giré, la miré y volví a mirar a Paolo, que después de un silencio largo, se levantó y encendió un cigarrillo, dándome la espalda. Luego de un momento, se volvió y me dijo que la señorita Phillips, gerente de la empresa, tenía su despacho en el piso de arriba ¾ todo el edificio pertenecía a la producción¾ y me esperaba. Me pareció que estaba nervioso y apurado por algo. “En cuanto estés en condiciones de subir”, agregó insinuando que debía vestirme de inmediato.

Cuando estuve pronta, dos hombres elegantes y fornidos aparecieron como salidos de la nada. Fue justo en el momento en que Paolo me tendía la mano, estrechaba la mía con toda la simpatía del caso y me aseguraba que había sido un gusto conocerme. Yo miraba su mano tendida al aire y en ese mismo momento dejaba mi condición de mujer para pasar a formar parte del reino mineral. Transformada en piedra, me dejé conducir por los dos hombres elegantes, que me hicieron subir un piso más arriba y entrar en el despacho de vidrio y acero en que me encuentro ahora, donde la mujer de ojos desconectados habla de mis secretos más íntimos con un entusiasmo que su mirada desmiente.

Mis ojos vuelven a la falda color turquesa, a los muslos que se alargan, hasta que decido borrarlos de mi vida, no mirarlos más para que dejen de existir y así poder concentrarme en escuchar lo que la simpática miss Phillips tiene para decirme.

Claro que antes de la emisión deben ajustarse los detalles del contrato. Usted debe dar su autorización para permitir la televisación de todo el material filmado y grabado, y conceder a la empresa Cartuja Inc la exclusividad de su imagen por el término de ciento cincuenta años.

Todo a cambio de una suma en dólares ¾que ella menciona en un tono algo más solemne del que empleó para el resto de la exposición¾ que a mí me hace erizar la piel de la espalda.

Después habla de presentaciones en vivo en programas de televisión, por los que he de percibir un porcentaje del cachet abonado a la empresa productora; de las notas en los medios gráficos, que me han de reportar una suma fija por nota emitida; de la participación especial en capítulos de seriales y telenovelas, que será negociada directamente entre Cartuja Inc y mi representante.

— ¿Qué representante? — pregunta mi boca, sin que yo hubiera pensado nunca en esa pregunta.

Intento concentrarme en escuchar su respuesta y en todas aquellas cifras seguidas de muchos ceros, pero su voz y la mía parecen venir desde un lugar donde el sonido se distorsiona y reverbera, hasta convertirse en un eco tembloroso que al llegar a los oídos, hace que las palabras pierdan todo significado.

Miss Phillps me mira desde su inalterable vacío y me habla con esa voz cálida y amistosa desvinculada de su rostro.

—— Oh, no habrá problema en sugerirle algunos nombres de representantes artísticos para que usted misma elija. Seguro que alguno será de su agrado, querida.

Después me explica que si yo acepto firmar el contrato —como ellos esperan que haga, teniendo en cuenta mi inteligencia y sensatez, que fueron razones de peso para seleccionarme entre miles de candidatas propuestas por la empresa productora— quedaré desde este mismo momento a disposición de Cartuja Inc, en un apartamento de este mismo edificio acondicionado a los efectos, aislada del mundo.

Me explica que se me permitirá hacer algunas llamadas (“tiene derecho a hacer una llamada a su abogado”, decían en las películas) a familiares cercanos, eso sí, bajo la estricta vigilancia de un representante de la producción, a los efectos de que no se filtre información confidencial (“información calificada”, precisan los de la CIA en las películas) y desde ese momento seré trasladada a un sitio guardado bajo riguroso secreto (“se le dará una nueva identidad y comenzará en otro lugar”, le ofrecía Elliot Ness a los buchones) y mantenida allí, en la más estricta reserva, durante cien días, hasta que finalice la emisión del reality show.

Yo vuelvo a pensar en la tarde anterior en el río Santa Lucía, pero ya no en la paz del agua que se deslizaba morosa, ni en los tamarises mecidos por la brisa, ni siquiera en el atardecer rojo con los barcos recortados en el horizonte. Pienso en los cientos de micrófonos sembrados en la arena, colgados de las ramas, en las decenas de cámaras dispuestas en los alrededores, que registraron nuestras caricias y cada palabra que nos dijimos. Pienso en la anticipación con que deben haberlos instalado —¿cuánto antes, dos horas, un día?— y en los técnicos de luces, sonido y audio, en todas aquellas personas diseminadas o amontonadas alrededor de nosotros, mientras él y yo mirábamos pasar la tarde y nuestro tiempo.

Ahora recuerdo que fue Paolo quien propuso el lugar un día antes, me dijo que sería “adecuado” y no mintió. Y allí se trasladó Cartuja Inc. y armó el tinglado, llegaron los equipos en camiones y en omnibuses y los operarios los instalaron trabajando como hormigas, en los alrededores del sitio exacto donde nosotros nos sentaríamos sobre la hierba, a dejar pasar nuestro tiempo, mientras el mundo giraba enloquecido en torno a nosotros.

Y eso mismo debe haber hecho el equipo de Cartuja Inc en todos y cada uno de nuestros encuentros donde, ahora lo sé, no hubo nada improvisado, nada espontáneo, nada librado a la casualidad, sino que todo fue analizado, proyectado, diseñado y evaluado por quién sabe qué grupo de jodidas personas encargadas de la logística de este maldito programa, escondidas tras el absurdo nombre de Cartuja Inc.

— Oh —dijo miss Phillps— no se preocupe si su estado de ánimo no es bueno. Desde el momento de la firma del contrato, usted contará con apoyo psicológico las veinticuatro horas del día, con los mejores profesionales especializados en ésta área.

Me pregunto cuál será esa área en que se han especializado esos profesionales. ¿Los estudiantes de psicología tenían un semestre de “reality show: conductas, patología y terapia”?

— Le prometo que enseguida se va a sentir mucho mejor —dice mientras me alcanza el contrato sobre el escritorio de vidrio y acero, un dedo lo empuja con delicadeza hacia mí y yo lo firmo sin mirar, sin importar qué vendrá después del ahora, porque nada podría ser peor.

Entonces los dos ursos bien vestidos vuelven a aparecer, a salir de la nada, y me toma cada uno de un brazo, me conducen por un corredor blanco y largo, salpicado de vidrios oscuros, pero no tan oscuros como para que yo no pueda ver a través de ellos a mis padres, a mis hermanos y a mis dos mejores amigas, que me miran pasar, me sonríen, me hacen señas y me hablan, aunque todos saben que yo ya no puedo escuchar lo que me dicen. Sigo caminando, los dejo atrás y los veo saludar con los brazos en alto.

Los corredores se suceden como en un laberinto y cada uno es tan blanco y aséptico como los demás, sólo interrumpidos por estas ventanas de vidrios oscuros que me devuelven mi propia imagen. Casi no puedo moverme entre los dos tipos grandes y fornidos, que me toman de los codos con toda amabilidad y firmeza disuasiva.

De pronto descubro que esto ya ha ido demasiado lejos. Ellos podrán ser los propietarios de una parte de mi pasado, pero yo continúo siendo la dueña de mi futuro. Con un movimiento brusco, suelto los codos de las manos que los atenazan y me coloco frente a ellos, que me miran azorados. Aprovechando su sorpresa, doy un salto en el aire y largo una patada voladora que va a estrellarse directo a la mandíbula de unos de los dos ursos, que cae violentamente contra una ventana de cristal oscuro, la golpea y la atraviesa con todo el cuerpo. El vidrio se desmorona en cámara lenta, como un desprendimiento de hielo en un glaciar. Mientras escucho el sonido de los vidrios que caen hecho trizas, vuelvo a saltar, lanzo otra patada, larga y paralela al piso, esta vez directo a los testículos del segundo tipo, que cae y queda en el suelo inmovilizado, hecho un ovillo tembloroso. Yo quedo parada entre los dos, sobre una montaña de vidrios, conteniendo los gritos de la adrenalina que fluye por mis venas. Mis dedos se abren y se cierran sobre las palmas de las manos como animales enjaulados a punto de escapar. Los dos tipos siguen tirados en el piso, uno de ellos se toca la herida que acaba de aparecer en su cráneo rapado y el otro se sostiene los huevos como si fueran un gorrión herido.

Siento que mi respiración se normaliza y sé que el momento es ahora. Paso con cuidado por la ventana que hasta hace unos instantes fue una frontera infranqueable, paso a través de los vidrios rotos, y saludo con la mano a los camarógrafos y sonidistas, a los asistentes, a los productores, a mis padres, a mis hermanos y a mis amigas, y en apenas un instante veo todos esos rostros sorprendidos, justo antes de encontrar la puerta de salida.

La abro y el mundo me baña con su poderosa luz solar. Afuera el tiempo está más cálido de lo que yo puedo recordar y me alegra tener puesta esta falda tan corta y tan fresca, que la brisa hace mover entre mis piernas. Siento que se me eriza la piel de los muslos y una alegría salvaje que me impulsa a echar a correr por la calle, entre la gente que se vuelve a mirar a la loca de la falda turquesa, que los mira a los ojos y les sonríe y corre y corre hacia cualquier lugar donde la realidad no sea un show.






Mundos paralelos


























La periodista escuchaba las respuestas del maestro con la expresión extática de los devotos.


— La creación es una huida –dijo él.


Jugaba con los silencios y los dejaba flotar.


— Hoy como tantas veces –confesó en un susurro- la rutina pudo conmigo. Frente a un día lento y exacto, me arrancó de la cama con los ojos pegados de sueño y me lanzó al ruedo de la vida con una sonrisa de plástico enganchada a la boca.


Ella sorbió cada una de las palabras, registrando cada gesto con exactitud de adoradora. Al comenzar la nota había prendido el grabador en un acto tan mecánico como inútil, porque estaba segura de poder recordar cada palabra, cada inflexión de su voz, cada movimiento de sus manos.


— Pero todavía queda la magia —agregó el maestro, algo más quedo.
Hablaba en el mismo tono grave y cadencioso de las conferencias, con una media sonrisa y la mirada un poco perdida.


— Y atravesaré otro día estúpido y cómodamente igual a tantos –siguió- sabiendo que al margen de todo lo previsible, esta noche emprenderé un viaje por fuera del tiempo y del espacio. Por fuera de mí mismo dijo, esta vez mirándola a los ojos. Me sentaré ante a un teclado, frente al horror delicioso de una pantalla vacía, e iniciaré el lento proceso de dejar atrás mi propia piel para resbalar fuera.


Él dejó flotar sus últimas palabras en el silencio. La periodista recordó la hoja con preguntas que yacía en el fondo de su bolso y decidió que no las necesitaría.


— Esta noche, al sentarme a escribir —murmuró él—, empezará el juego solitario e infinito de ser los otros. El juego de entrar en otra vida. Miserable. Maravillosa. Sórdida o brillante.


La luminosidad dorado rojiza del atardecer lo envolvía con una especie de halo incandescente, y a ella pensó que así deberían recordarlo las futuras generaciones de adoradores. Lamentó no haber traído su máquina de fotos, pero era bien sabido que el maestro no permitía ser fotografiado, aunque no se conocía la razón.


— ¿Porqué no se deja fotografiar, maestro? —preguntó ella con voz apenas audible.


Él no se dio por aludido y continuó con sus reflexiones.


— Porque ya no habrá de importarme, es que atrás quedarán las horas repetidas hasta el infinito y, como en un juego, resbalaré, me dejaré ir hacia el otro.


Ella sintió un nudo en la garganta cuando el maestro, las manos aferradas a los brazos del sillón y la mirada en algún punto de la lontananza, le confesó que era un hombre triste.


— El proceso creativo –dijo— es un dolor teñido de placer.


Al decirlo, deslizó su mirada desde el mismísimo infinito hasta los ojos de ella. Mirándola fijo desde las profundidades de su ser, encendió un cigarrillo largo y fino, con un aroma peculiar que a ella le trajo reminiscencias de campo.


Fue entonces que empezó todo. Primero fue el sacudimiento violento, el estertor que lo sacó de su compostura, luego la tos profunda y grave que lo hizo doblar en dos, y por último una convulsión que lo dejó tendido sobre la alfombra, boqueando y agarrándose el pecho con las dos manos.


Y después el silencio, apenas interrumpido por el sonido de la cinta corriendo en el grabador. La chica -hundida en el sillón de cuero blanco— quiso incorporarse, pero sólo lo logró al segundo intento. Miró a ambos lados, titubeó y se acercó despacio al hombre caído. Se arrodilló a su lado, intentando recordar alguna noción de primeros auxilios, pero no se le ocurrió nada. Sin desanimarse, colocó dos dedos al costado del cuello del maestro, donde debía estar la yugular.


No la encontró.


Pensó que había otra vena fácil de localizar en la ingle, pero temió bajarle los pantalones y que justo alguien entrara al apartamento. Se levantó y volvió a mirar a su alrededor buscando inspiración en las paredes. Vio el cigarrillo consumiéndose sobre la alfombra y, distraída, lo apagó con la suela del zapato.


Un inesperado ronquido asmático la sobresaltó, la hizo retroceder y tropezar con una imagen de Shiva, que cayó de su base y quedó tendida con un par de brazos menos.


La joven volvió a acercarse, se arrodilló, levantó la cabeza del maestro con sumo cuidado y colocó debajo un almohadón del sofá. Pensó que debía llamar a una ambulancia o a la policía. Buscó el teléfono con la mirada, pero el maestro no parecía ser de los que trivializa un ambiente austeramente minimalista blanco sobre blanco, apenas interrumpido por obras de arte casualmente dispuestas con un aparato tan vulgar y utilitario.


Los ronquidos empezaron a hacerse más fuertes, el pecho subía y bajaba con visible esfuerzo y ella decidió atreverse y buscar en sus bolsillos. Primero sacó una billetera que dejó sobre la mesa, después sacó algunas facturas arrugadas de restoranes baratos de la zona, finalmente salió el teléfono celular y ella comenzó a marcar los números.


Entonces que los ronquidos cesaron y ella vio que el pecho del hombre había quedado inmóvil. Súbitamente consciente de la situación, dejó el teléfono a un lado. Sintió que las manos le temblaban y algunas lágrimas humedecieron su cara al recordar las palabras del maestro. “...Emprenderé un viaje por fuera del tiempo y del espacio, por fuera de mí mismo” había dicho, y ella tuvo la certeza de que aquellas frases habían contenido la irrevocable profecía de su propia muerte.


Lo miró allí tendido y no pudo evitar pensar en la responsabilidad de haber recogido el legado de sus últimos pensamientos. En un impulso, extendió la mano y tocó apenas la cara inmóvil con la punta de los dedos, casi como temiendo el contacto. La sintió pegajosa y retiró la mano en un gesto rápido.


Respiró hondo, caminó hasta la ventana y pensó en su alergia nerviosa. Casi de inmediato le empezó a picar el muslo y luego los antebrazos. Recordó que esa tarde, después de la entrevista, tenía un montón de trabajo por hacer, y recogió el celular abandonado en el piso. Marcó el número de la policía, habló brevemente y le prometieron –cuando no, pensó- llegar a la brevedad. Volvió a marcar un número y pospuso una cita de negocios. Al sentarse en el sillón blanco, recordó al maestro confesándole que era un hombre triste y sintió un nudo en la garganta.


Suspiró y puso los pies en la mesa hindú. Revolvió en su bolso buscando los cigarrillos, pero no los encontró.


Recordó que habían quedado en el auto. Dejó el bolso a un lado y echó una mirada a las paredes inmaculadas, intentando no mirar el sitio donde él estaba tendido. Contra un rincón, descubrió una pequeña mesa de madera con incrustaciones de nácar donde había una botella de vodka y algunos vasos. Se acercó casi corriendo, sirvió un vaso hasta la mitad y lo tomó sin respirar. Inmediatamente se sintió mejor, pero cada vez tenía más ganas de fumar. Miró al maestro –nada en él había cambiado- y se acercó despacio. Se arrodilló a su lado, buscó en el bolsillo de la camisa, sacó el paquete de cigarrillos y el encendedor.


— Qué asco -dijo en voz alta mirando la caja de cigarrillos mentolados.


Igualmente sacó uno de la cajilla y lo prendió, exhalando olor a yuyos por la boca. Luego tiró el paquete y el encendedor en un sillón. Volvió a la mesita, se sirvió otro medio vaso de vodka y miró la hora.
Mierda, casi las cinco. La policía tiene que estar por llegar.


Reparó en el grabador que aún giraba sobre la mesa, lo detuvo y se quedó mirándolo. El viejo había hablado como una hora, con aquello debía bastar para una buena nota, sin contar con que fuera la última.


Trató de recordar lo que habían hablado, pero no pudo. Algo respecto a ser otro. Con la emoción, todo se le había borrado. Tomó el grabador, retrocedió la cinta y escuchó un rato. Adelantó y escuchó otro poco. La verdad, aquello era un monólogo hecho de pura nada. Miró el cuerpo tendido en el piso y un poco más allá, la imagen de Shiva con los brazos desparramados.


La última nota del maestro, pensó. Le iban a pagar una fortuna por aquella mierda. Se hundió más en el sillón y lanzó hacia arriba el humo con olor a campo. Una sonrisa le distendió el rostro.











Y porque el verano recién empieza.

Mi madre es una egoísta a la que siempre le importó poco de sus hijos, pero por alguna razón, cuando nosotros crecimos y nos independizamos, hicimos de cuenta que lo habíamos olvidado. Un pacto de silencio nos ha protegido del dolor que significa hurgar en el pasado y nos permite, una vez al año durante cada verano, reunir el coraje necesario para enfrentar el reencuentro y pasar unos días en familia.

La cabaña se encuentra sobre los barrancos de la playa. Cuando mis padres la construyeron, aquí no había más que arena, piedras y viento. Los demás veraneantes se habían ido instalando más allá del recodo que hace el acantilado, en un más sitio resguardado, pero Mamá eligió éste lugar porque aquí, dice, los elementos de la naturaleza se desencadenan con toda su potencia y nos hacen sentir la fragilidad humana, nuestra temporalidad ante lo eterno. Yo creo sencillamente que este terreno era más barato.

Durante el año, recuerdo, en la casa de la ciudad, Mamá solía ser un fantasma que vagaba por la casa siempre en ropa de dormir, siempre con la resaca de algún somnífero asomando en su voz ronca, con el cigarrillo a punto de caer de sus labios. Pasaba la noche despierta y dormía durante el día.

— Hola amor, —decía si se encontraba con alguno de nosotros en el pasillo de las habitaciones— me duele la cabeza, voy a quedarme en la cama. ¿Podrías decirle a Dolores que me traiga un té?

Algunas veces parecía recordar que tenía hijos, y se apeaba del sopor uniéndose a la cena que nuestra empleada servía en la cocina. Se sentaba en la cabecera de la mesa, inquieta, nerviosa como un conejo, y yo no sabía si su desazón se debía a una incapacidad para comunicarse o a que no había podido encontrar sus lentes. Entonces nos preguntaba —con poco interés, creo recordar— cómo marchábamos en el colegio, si Pedro había aprendido a nadar, si Anita seguía con aquella tos tan ruidosa, o si yo me sentía más a gusto con ese profesor de matemáticas tan estricto y antipático. Nosotros reímos y yo le contestaba que aquel profesor lo había tenido en segundo, y que de eso hacía ya más de un año, y que Pedro jamás aprendería a nadar porque sentía terror del agua, y que Anita tenía tos casi desde que había nacido y no había ninguna razón para que dejase de tenerla.

— Y Pedro todavía se hace pipí en la cama —gritaba Anita para alejar la atención de sí.

— No es cierto, sólo algunas veces… —balbuceaba Pedro.

Pedro, el tímido Pedro, siempre se empeñó en ocultar a Mamá su enuresis, sin darse cuenta de que ella no lo hubiese notado aunque él apareciera mojado con los orines de un mes entero.

Mamá escuchaba nuestras historias un poco triste y un poco ausente, y hacía gestos de asombro con sus hermosas manos, luego sonreía como dando por terminada aquella fatigosa puesta al día y mandaba a Dolores a comprar helado. Era entonces que empezaba la fiesta, la fiesta con que ella nos regalaba cada tanto, por la única razón de existir en su entorno, por el hecho tan trivial como casual de que fuésemos sus hijos, y que en aquel momento constituyésemos su único auditorio. Era un don especial, así lo sentíamos todos, especialmente ella. Nos hablaba de sus tiempos en el teatro, de su época de brillo en las carteleras, nos contaba una y otra vez cómo un famoso director español la había seleccionado para hacer una película —aunque nunca se llegó a filmar— y nos relataba el final de “Bodas de sangre”, donde la gente la aplaudía de pie, durante diez minutos enteros.

Deberían haberme visto —nos contaba con la mirada perdida en sus recuerdos— saludando una y otra vez, llegando a mi camarín repleto de flores, o escapando por la puerta trasera del teatro para no morir aplastada por el fervor de mis admiradores.

Llegado aquel punto, apagaba las luces de la cocina, abría la cortina para que la iluminase sólo la luz de la luna, y subida en una silla de pino, nos recitaba monólogos tristes y poemas de amor que nos conmovían y hacían llorar a Anita. Yo también me conmovía, pero no podía dejar de pensar en lo que diría los vecinos que pasaban por la calle y veían a mi madre trepada en una silla de cocina, a oscuras, gesticulando frente a unos niños.

Terminada la actuación —sabíamos que había terminado porque cruzaba los brazos y cerraba los ojos, y así quedaba hasta que comenzábamos a aplaudir— comíamos el helado en un ambiente silencioso que entonces creíamos parecido al recogimiento que su actuación merecía. Pero ella ya no volvía a interesarse en nosotros, tomaba un vaso de agua, prendía el cigarrillo que había quedado fuera de la caja y comenzaba a irse de a poco aunque permaneciese sentada. Y por mucho tiempo volvía a ser el fantasma que deambulaba de noche por la casa y por el que nosotros, sus hijos, sentíamos una vaga familiaridad.

Pero en el verano todo cambiaba. Aparecidos los primeros síntomas de la primavera, ella comenzaba su propio cambio y los preparativos. Dejaba de lado la crisálida de su ropa de dormir y nos llenaba de alegría la vida vistiendo ropa de calle en colores claros. Nacía en ella otra mujer, una mujer activa y dinámica y nosotros vivíamos la ilusión de que nuestra madre nos visitaba.

Mandaba a limpiar la cabaña de la playa, preparaba la mudanza, confeccionaba la lista de invitados, elegía las flores que plantaría en el jardín.

— Debo comprar una malla de baño nueva para Anita, —decía anotando en una libreta— recordar los abrigos para las noches frescas, encargar los geranios al vivero. Sí, son plantas muy rústicas y resistirán bien el viento y el salitre —hablaba como para sí.

— ¿Podremos dormir en la carpa?, ¿podremos armarla en la playa? preguntaba Pedro cada año, sabiendo de antemano la respuesta, pero esperándola como un acontecimiento.

— Claro que sí - otorgaba ella, condescendiente.

También preparaba la casa de la ciudad para cerrarla durante el verano y enloquecía a nuestra empleada dando instrucciones imposibles de cumplir, lo que provocaba que, al final de la primavera, Dolores presentase su renuncia. Pero pasados unos pocos días, Mamá ya la había convencido de que se quedase, explotando el amor que la pobre mujer sentía por nosotros.

Finalmente partíamos a instalarnos en la playa, donde mis hermanos y yo éramos felices. Pero entonces sucedía algo inexplicable para nosotros. Al poco tiempo de llegados, el entusiasmo de Mamá comenzaba a decaer y lentamente, se iba apagando ante nuestros ojos. Todo en ella declinaba, se marchitaba, hasta que Papá, sobre el final de la temporada, venía a rescatarnos del mismo fantasma insomne que deambulaba en las noches por la casa de la ciudad.

En aquel tiempo de nuestra infancia, Papá ya simpatizaba con el alcohol, aunque todavía no se había vuelto una simpatía militante, como lo sería después. Se ocupaba de nosotros —asistido de Dolores, que era nuestro ángel de la guarda— y llenaba las ausencias de Mamá lo mejor que podía. Pero en verano solíamos verlo poco. Todos decíamos que aprovechaba esa época del año para hacer sus viajes de negocios, aunque yo creo que simplemente huía de la presencia de Mamá. Con ella tenía una relación de indiferente vecindad desde el nacimiento de Anita, según supe años después por boca de mi hermana mayor Emilia, a quién se lo dijo Dolores, a quien se lo confesó Mamá. Pero Papá, que envejeció intentando ocupar los lugares que ella dejaba, intentando protegernos de nuestra destino —como hoy lo hacemos nosotros mismos— nunca tuvo la fuerza suficiente para enfrentar los veraneos.

Emilia y Santiago son hijos de Mamá, pero de un matrimonio anterior del que nunca nos contó demasiado ni nosotros quisimos averiguar. Vivían con su padre, un conocido director de teatro, y se reunían con nosotros a pasar las vacaciones, lo que los convertía en unos desconocidos a los que nos unían lazos de sangre, extraña relación que en nuestra familia parece ser un sello identificatorio. Su vida transcurrió en todos los teatros del mundo y en ningún sitio en particular. Un día de diciembre simplemente llegaban a la cabaña de la playa, convocados por el verano, con sus valijas cargadas de polvo y timidez que conjurábamos con el primer baño y los primeros abrazos.

A medida que crecimos fuimos comprendiendo lo importante que éramos los unos para los otros y hoy los cinco hermanos formamos una familia. El hecho de que nuestros afectos maternales hayan sido tan mezquinos, nos ha llevado a valorar los días en la playa como únicos referentes de normalidad, o quizás hayamos tenido aquí momentos realmente felices. En todo caso, cuando crecimos pusimos especial cuidado en cultivar el recuerdo de lo bueno y cálido, de lo mejor del pasado. Y en cierta forma, esta casa, estas vacaciones representan mucho más que una casa y unas vacaciones.

Este verano, como sucede cada año, se ha producido el milagro de que éste lugar un poco mítico y un poco mágico, nos vuelve a reunir. Cada vez pensamos que será la última, que ya hemos tenido suficiente, que ya nadie puede querer volver, pero algo muy fuerte impulsa ésta unión. Tal vez necesitemos reelaborar nuestra historia, o tal vez estemos decididos a demostrar el amor por el absurdo.

Es casi gracioso ver a nuestra madre tratando de recordar cómo eran aquellos niños que nunca conoció, y a nosotros tratando de olvidar lo que nunca tuvimos.

Mamá ha estado en la casa una semana, preparando los detalles del reencuentro. Papá prometió que llegaría hoy de noche de la ciudad. Pedro llegó de Suecia y Santiago llegó de Francia, sin sus respectivas mujeres locales – creo que no desean mezclar aquellas sus nuevas familias con ésta - y con ese tono de piel verdoso típico del invierno boreal. Anita vino acompañada de sus perros y de su depresión, todo inseparable de ella misma. Hoy la mañana nos trajo a Emilia, y yo desperté alegre, escuchando su voz un poco grave y un poco ronca, tan parecida a la de Mamá.

Desayunamos los cinco juntos, contándonos pequeñas historias triviales de cada uno, de esas que provocan intimidad aunque no sean importantes. Hasta Anita se veía distendida, con el cabello al viento y un aire despreocupado. Santiago nos mostró fotos de sus edificios en Francia, y nos llenó de orgullo.

Cuando Mamá bajó, ya todos habíamos terminado. Creo que lo hizo a propósito, para crear la tensión de su entrada en escena. Hablaba con nosotros mientras bebía su té, con esa actitud deliberada que fluctúa entre jugar a las visitas y váyanse todos al carajo. Yo sentí el aire tensarse como una cuerda de violín. Nadie estaba cómodo, a pesar de que los problemas aún no habían comenzado y que entonces no podíamos saber lo que pasaría ese mismo día. La conversación era forzada, pero Mamá no parecía notarlo.

— ¿Cómo llegaste a estar tan gorda, Anita? —preguntó ella— eras tan delgada como yo y mira cómo has quedado.

Hasta un comentario tan banal puede desencadenar una tormenta, sobre todo si se tiene en cuenta que Anita no es delgada desde los diez años. Ví a mi hermana revolverse en la silla, incómoda en su cuerpo, retorciéndose los dedos como cuando era una niña. Mamá, indiferente frente a un tornado, cortaba una tostada y la untaba con miel.

— Deberías haberte casado con aquel novio que tuviste una vez. Pero ahora...- el movimiento de los músculos faciales con que mostró resignación fue una maravilla de expresividad y economía gestual.

— No me casé porque detesto la comida caliente, las casas hermosas y el sexo estable - susurró Anita, mirando empecinadamente las nubes, que iban ennegreciendo de a poco- Y tú, ¿ porqué te casaste, Mamá?

Ella no pareció molesta con la pregunta, sólo hizo un gesto con el cigarrillo que acababa de prender y movió las manos con aquel ademán suyo, que tanto podía expresar desconcierto como asombro.

— No peleemos, querida. Estamos aquí todos juntos, somos una familia a la que ni el tiempo ni la distancia han podido separar –a ésta altura del discurso Mamá ponía cara de ternura y miraba el infinito. De pronto se iluminó su rostro — ¿Y si recitamos?

Nadie era capaz de recitar más que ella, y nosotros recibimos la propuesta con sonrisas irónicas, aunque sólo Anita giró la silla y se puso a mirar la playa, de espaldas.

Mamá empezó en un tono muy quedo, que casi no escuchábamos, para ir elevando la voz de a poco, como hace en estas dunas el viento que viene del mar. Eran unos versos hermosos de amor, pero dolían demasiado. La voz de Pedro no me pareció soplada por la brisa.

— ¿Porqué nos dejaste solos, Mamá?

Ella pareció no escuchar, aunque interrumpió el recitado despacio, como si las palabras fuesen muriendo de a poco, como si se hubiese ido extinguiendo el propósito de la poesía. Pedro no la miraba, ni miraba a nadie, pero tampoco soltaba su hueso.

— Yo diría que tenemos edad de conocer las razones por las que fuimos condenados a vivir como huérfanos – dijo mi hermano y el salitre de su voz raspaba el aire- aunque quizás creas que lo mejor sea explicarlo en tu testamento.

Cada palabra, cada sonido del entorno, sonaba amplificada como en el teatro, demasiado fuerte para una simple reunión familiar.

Mamá jugaba con el cigarrillo, y parecía tan desconectada como en sus mejores tiempos de abandono y ropa de cama. Me hubiese gustado saber si en ese momento sentía algo, si se dolía de algo, o si simplemente lustraba el acrílico de su alma.

El sonido del teléfono, necesario e inevitable como la luz roja de un semáforo, rompió la mañana en pedazos.

Emilia se levantó de la silla y entró a la casa con precipitación de fuga. Luego hubo una interrogante que nadie escuchó, palabras sin significado y el golpe final del tubo contra el aparato. Volvió diferente y con paso lento, asomó su cuerpo sin decidirse a entrar a la terraza y susurró al aire que papá había tenido un accidente.

Santiago, Pedro y yo nos levantamos de las sillas, en un impulso de actividad tan inútil como vacío. Anita lloró como siempre y Mamá apagó el cigarro que tenía en la mano. Expiró el humo, demudada.

— Ojalá se muera -dijo– ojalá no lo vea nunca más.

Había gritado esas palabras con más pasión de la que yo le había visto en toda la vida, tanto que casi me hizo dudar si había empezado una de sus actuaciones. Muchas situaciones dramáticas tienen su origen en un grito, hablé para mis adentros. Ella no actuaba, ni miraba el infinito, ni movía sus hermosas y finas manos. Ni siquiera fumaba. Inmóvil, tenía los ojos fijos en Pedro, que desviaba la mirada como queriendo forzar al destino a torcerse, a volver hacia atrás los segundos necesarios para que no se produjese la explosión que anunciaba el aire, el big bang producido por el nacimiento de Mamá a la realidad del mundo.

— Tu padre nunca quiso otra cosa de mí que tener a su hijo. Y desde entonces no puedo dejar de pensar que ese momento de debilidad arruinó mi vida, -hablaba con los ojos clavados en Pedro- no puedo dejar de pensar en ese momento en que tu padre me convenció de que tú debías nacer, en ese momento en el que me ató para siempre.

Se hizo el silencio. Pude notar que algo extraño se había producido en el universo, la inmovilidad de los personajes, las nubes que no pasaban, las agujas del reloj que no giraban. Nadie se movía ni respiraba, parecían vueltos de piedra. “El tiempo es sólo una ilusión, el tiempo es sólo una ilusión”, repetí como un mantra mil veces.

Y volvieron a moverse, Mamá se encargó de ello.

— Yo estaba casada con tu padre, Emilia, - Mamá había girado la cabeza y miraba a mi hermana - tenía un futuro con él, tenía proyectos, una vida por delante. Conocíamos éste lugar en la playa y acá habíamos imaginado nuestra casa. Pero quedé embarazada del padre de Pedro, y él me convenció de dejarlo todo, de irme con él y tener a su hijo. Perdí un futuro como actriz, perdí un marido importante que me hubiese llevado a la cúspide. Fue un error que pagué con el resto de mi vida.

Pensé que Mamá iría a cruzar los brazos sobre el pecho y a cerrar los ojos, y que nosotros deberíamos aplaudir como en aquella lejana cocina de nuestra infancia. Pero la función no había terminado.

— En esta casa debería haber vivido con tu padre, Emilia – mi madre hablaba con tristeza lorquiana - y a pesar de mi error, cada verano lo he estado esperando, gastando mis ojos mirando el camino, aferrada a la ilusión de que él llegaría en cualquier momento a devolverme el futuro que me robaron.

Había sido la escena final. Mamá hizo su mutis dignamente y salió por la puerta de la terraza, aunque esta vez sin aplausos.

Nosotros quedamos en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, sentados sobre los restos de nuestro pacto de silencio. Quizás alguno pensó en el significado del desamor, tal vez otro pensó en la trascendencia de la vida. Yo imaginé lo delicioso que sería darme un baño antes de ir a ver a Papá al hospital. Sin hablar, comencé a sacarme la ropa, caminé hasta la orilla y me zambullí. Entré en el mar lo más profundo que pude, para que él entrase en mí y así confundir nuestras lágrimas de sal. Cuando mis pulmones estaban por estallar salí a la superficie y allí estaban mis hermanos, alrededor, nadando y riendo como en los viejos tiempos, recuperando los años olvidados.

Hoy Mamá volvió a su casa de la ciudad, a su cama de la ciudad. Creo que para ella empezó el invierno, a pesar de que el verano recién empieza.

Pedro, Anita y yo fuimos al hospital a ver a Papá, que está fuera de peligro, y podrá salir en un par de días. Emilia y Santiago estuvieron a nuestro lado todo el tiempo, tal vez porque no tenían otra cosa que hacer, tal vez no.

Y aquí estamos los cinco hermanos, juntos en ésta casa. Las ventanas están abiertas porque es una noche calurosa y yo, desde la terraza, escucho al viento jugar con sus voces. El aire de mar me hace sentir una paz interior que anhelaba desde hace mucho tiempo y el sonido de las olas desgarrándose en la orilla anestesia las viejas heridas. Me siento bien, porque la casa aún está aquí, porque aún estamos aquí.

Y porque el verano recién empieza.


Mercedes Rosende Licenciada en Derecho, Magíster en Políticas de la Integración. Es experta en Procesos Electorales y su trabajo la ha hecho viajar alrededor del mundo. Colabora en diversos medios escritos, radiales y televisivos. Escribió Demasiados blues (2005) que fue premio en el concurso de la Intendencia Municipal de Montevideo; Historias de mujeres feas (2008); La muerte tendrá tus ojos (2008) y Mujer equivocada (2011).; La muerte tendrá tus ojos (2008), Mujer equivocada (2011) y El miserere de los cocodrilos (2016).

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