miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi tapera


                    Elías Regules

                                                   
Mi tapera

Entre los pastos tirada
como una prenda perdida,
en el silencio escondida
como caricia robada,
completamente rodeada
por el cardo y la flechilla
que como larga golilla
van bajando a la ladera,
está una triste tapera
descansando en la cuchilla.

Allí, en ese suelo fue,
donde mi rancho se alzaba,
donde contento jugaba,
donde a vivir empecé,
donde cantando ensillé
mil veces el pingo mío,
en esas horas de frío
en que la mañana llora
cuando se moja la aurora
con el vapor del rocío.

Donde mi vida pasaba
entre goces verdaderos,
donde en los años primeros
satisfecho retozaba,
donde el ombú conversaba
con la calandria cantora,
donde noche seductora
cuidó el sueño de mi cuna
con un beso de la luna
sobre el techo de totora.

Donde resurgen valientes,
mezcladas con los terrones
las rosadas ilusiones
de mis horas inocentes;
donde delirios sonrientes
brotar a millares vi,
donde palpitar sentí,
llenas de afecto profundo,
cosas chicas para el mundo
pero grandes para mí.

Donde el aire perfumado
está de risas escrito
y donde en cada pastito
hay un recuerdo clavado;
tapera que mi pasado,
con colores de amapola
entusiasmada enarbola
y que siempre que la miro

dejo sobre ella un suspiro
para que no esté tan sola.



Despedida

Yo también puedo tener
de afectos el alma llena,
que donde vive una pena
puede brotar un placer.
Pero en todo hay, a mi ver,
dulzura con esplendor;
el tigre tiene su amor,
su cariño la paloma,
la rosa brinda su aroma,
y hasta el cardo tiene flor.
Tu voz, al decir cantando
lo que tu pecho cultiva,
es una voz que cautiva
y deja el alma penando.
Pero yo, que voy sembrando
el dolor que recogí
no quiero pagarte a tí
con lo que puedo ofrecerte,
no quiero enlutar tu suerte
con las penas que hay en mí.

Tú eres el cariño tierno,
yo, la queja lastimera;
tú, la alegre primavera,
yo represento el invierno.
Tú eres el delirio eterno
de las dichas encontradas;
yo, las congojas lloradas
con lágrimas inocentes,
y dos cosas diferentes
deben estar separadas.
Tú eres el lucero hermoso
que en la mañanita asoma,
enamorando la loma
con su rayo cariñoso.
Eres el ángel dichoso
que me viene a seducir;
pero le debo decir
a tu canto enamorado:
Ya he sufrido demasiado,
quiero tranquilo morir.



Por Ella 1912


Rozando el pecho en la arena
Sobre un bajo dilatado
Corre un arroyo asustado
Como huyendo de un pena.
Una silvestre azucena
Sonriendo en el borde está,
Canta en el monte un sabiá
Y los ceibos al dar flores
Bañan sus lindos colores
En suspiros de arazá.

Junto a la loma que baja
Por la pendiente cercana
Hay una vivienda humana
Vestida de barro y paja.
La envuelve verdosa faja
De frescos saúcos en flor,
Y en un ombú protector
Que no conmueve el pampero
Cuentan los nidos de hornero
Dulces historias de amor.

Vive en aquella morada
Pedro Sosa, un campesino,
De chiripá de merino
Y de melena rizada.
En su estudiosa mirada
Y en su presencia imponente,
En su sonrisa elocuente
Y en su lenguaje chistoso
Se vé el tipo majestuoso
De una raza inteligente.

Piensa sin retroceder
Dejar cachorros y cueva
Porque imperioso lo lleva
Muy lejos otro deber.
Entre congoja y placer
Mira al pingo que lo espera
Toma el poncho, sale afuera,
Y sosteniendo un combate
Recibe el último mate
Que le da su compañera.

Se aproxima la partida
Y el tigre de la llanura
Sabe rodear de ternura
Su varonil despedida.
Monta con el alma herida,
Sigue su rumbo derecho;
Y en el bajo o el repecho,
Cuando su cara levanta,
Muestra un nudo en la garganta
Y una esperanza en el pecho.

Después... con leal frenesí
Y en un entusiasmo tremendo
Suena el clarín sacudiendo
Los campos de Sarandí.
Pedro Sosa forma allí,
Como un titán atropella
Contra el opresor se estrella
Y al levantarse su brazo
Parece que su sablazo
Dijese altivo: Por ella!

Miradle: No es el chacal
Que confiado en la sorpresa
Espera su fácil presa
Oculto en el pajonal
Es el paisano oriental
Que sentimientos encierra
Lleva su sangre a la guerra,
Lucha con ansia indomable
Y compra a golpes de sable
La libertad de su tierra.



Esquila en el pueblo

-Adiós amigo Machao, ¿dende cuando por el pago?


-Cómo le va Ño Agapito? ...hace una docena de días que ando relinchando en la querencia.


-¿Y qué tal le fue por el rodeo de las casas amontonadas?


-No me toque en ese lao, que me ha salido un nacido. Por mas que le meta talón, Ud no es capaz de endevinar los pantanos en que me he zambullido.


-Baje las trancas y déle puerta. Cuando se resuella en el poblao, siempre se encajan en las maletas algunas cosas raras con que noticiar a los amigos.


-Puede que haya embocao; pero, si se embretan apuros medios amargos, se pone la lengua reculadora y le cuesta caer al cuento.


-Déjese de mañerear y tírese al paso. Gomite lo que trae entre pecho y lomo, que descargando la carreta los güeyes tiran mejor.


-Pues no me ha de señalar como paisano rogao.


-Le voy a soltar sin hacer partidas.


-Largue de un viaje.


-Llegué con la tropa, dentré a la Tablada, vendí con bagualas ventajas, encerré en el potrero del cinto las doradillas y me largué a la fonda, donde churrasquié a lo cajetilla y me acosté pa refrescar la osamenta.


-Hasta ese pedazo no veo tiento ramaliao.


-Aura comienza lo desparejo. Cuando disperté tenía los caracuces como retobaos en puñaladas, por titos costaos salían dolores, la cabeza estaba cargada de barreniadores que le metían maniobra con empuje y por el cuero me corría un dolor machazo, como si el sol se me hubiese arrimao a pegarme un soplido.


-Dejuro, alguna peste le había entrao sin pedir permiso.


-Verá. Vino el fondero, me vido, quedó de asustao pa arriba, dijo que tenía que avisarle a un Comisario de no sé que pueblo, y que iba a trair un médico. Yo le retruqué que eso no le importaba al Comisario, pero el hombre no me hizo caso y se mandó mudar, naquianao hasta las liendres.


-¿Es decir que allá no puede uno enfermarse sin dir al cepo?


-Asigún el de la fonda , parece que sí. Yo me envolví como cigarro en el poncho y aguardé. Al rato cayó el fondero con un galerudo muy serio, con vidrieras ensartadas en la naríz pá mirar mas lejos y un palo negro en la mano del lao de enlazar.


-Carrero de á pié.


-Sujete que hay cerco...era el dotor que traiba el fondero de tiro pá que me desanimase.


-¡Hágame montar de salto! ...¿y pá que era el palo?


-No me animé a preguntarle. El dotor se arrimó despacio, pidió una silla, acomodó en ella la sombrera y el garrote, se golpió la zurda con la de escribir y me miró por detrás de las vidrieras , amacando los ojos.


-De siguro que le estaba tomando reclaraciones a la enfermedá.


-Dispués tosió lerdo y me preguntó si mi padre me había comido pasteles en Viernes Santo o en la fiesta de alguna trilla. Se acercó receloso a la cama y me manotió por la muñeca. Carculé que ya estaba preso y esperé el aviso. Peló el reló y miró un güen rato. Me afiguré que aquello era pa apuntar el momento en que me había prendido.


-Quien sabe si era reló; talvez juese maquinaria de descubrir pestes.


-Por juera era como reló. ¡quién va a saber lo que tenía adentro! Me acomodó un tubo de vidrio en el sobaco, me pegó unas trompadas en la barriga y se me acostó en el lomo a escuchar lo que yo podía conversar solo. ¡Viera mi apuro, pensando que el hombre iba a descubrir mis secretos! Pero me dio coraje, porque dispués de sestiar sobre mis costillas, me hizo que le sacase la lengua.


-Eso era pa darle confianza.


-Quién sabe. Escrebió en un papel , me dijo que lo tomase, se acomodó la de criar piojos, cazó el tramojo y sin decir: hasta luego, se hizo perdiz on vidrieras y maquinaria.


-¿Y usté se tragó el papel escrebido?


-¡Diaonde!...el fondero se lo llevó y volvió al rato con 18 frascos y 4 jarros con unguentos.

Yo me lo puse rienda arriba y le hice saber que había errao el tirón, que no estaba dispuesto a tragarme aquellas porquerías, que mi panza no era gasurero pa encajarle las sobras de su boliche y que se guardase los ungüentos pa refregrarse el umbligo cuando lo atropellase la sarna.


-Poco pero feo. Es claro que el fondero no le habrá entendido.


-Me parece que comprendió, porque se dio güelta y abollo la puerta con la punta de una herradura.


-¿Y el frasquerío?

-Quedó allé en espera de un zonzo que lo vaciase.

Yo me levanté y escondí aquella carga de aguas sucias debajo de la cama, pa que no golviese el de la fondo a empezarse en hacermelas tomar.


-Y su pidemia, ¿cómo andaba?


-Con la faina de arreglar el frasquerío , se me empezaron a retorcer las tripas , se me subió al tragadero tuita la carga de los chinchulines y comenzó a salir inmundicia por la boca! ¡Qué cosa de llamar gente pa que viese! ...¡como pipa y media! ...


-Si hubiese sido en el campo crecía el arroyo.


-Y se augaba el ganso. Al otro día, vino el dotor, vido que estaba mejor y me vomitó este consejo: siga con lo mesmo.


-Dispués de agarrar rumbo, cualquiera se hace baquiano.


-Ansina estuvo mirándome quince días y al último yo me remangué a decirle que me iba pa ajuera, que ya estaba güeno y que me pasaba de hambre. El dotor se puso mas serio y me alargó un papel apadrinao con estas palabras: -Esta es la cuenta. No son más que cien pesos.


-Se lo levantó en la jerga como cascarón de mata.


-Y en ancas al fondero con otro papel y el apunte de la frasquería.


-Lo habían maniao en la cancha y se lo iban a esquilar.


-Pero, el carnero se desmanió y enderezó campo ajuera... Salté de la cama, hice culebriar el cinto, les tiré unas monedas, como soquete a los perros , y les dije que se conformasen, que entuabia les daba de más, que la oveja les había salido criolla y de barriga pelada y que si querían otras explicaciones que aguardasen al invierno, si eran muy guapos....pa el frío.


-Y como acabó la penca?


-De este modo. Yo levanté el campamento y ellos se quedaron haciendo la repartija.


-¡Ánima de Dios!... ¿y usté se curó con los humos del frasquerío?


-No sea mula que lo enfrenan. Yo me curé con la lanzada...



Elías Regules Uriarte , Médico destacado, profesor, escritor, dramaturgo y político. Dentro de su producción literaria destaca su actuación como poeta nativista. y como dramaturgo.   ( Montevideo 21 de marzo de 1861 - 4 de noviembre de 1929)

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