sábado, 25 de junio de 2016

Agua Mansa.


                                     Serafín J García


El estero acentuaba por momentos su acre color a juncos en descomposición y a cieno fermentado. Y como para reforzar aquel inequívoco signo de tormenta, comenzó a hendir el aire denso, sofocante, una nube de raudos "alguaciles". Por otra parte arreteaban el lanceteo y el zumbido infernal de los mosquitos. Mate va, mate viene, los dos hombres aguardaban en silencio, ensimismados, la hora de la faena.
Pronto se escondería entre el juncal inmenso la roja bola del sol. Y en la melancólica calma del crepúsculo retornarían de prisa a sus refugios las bandadas de garzas salvajes. Y con las primeras sombras llegaría el instante propicio para la caza y el desplume.
A fin de defenderse mejor de los voraces mosquitos, e incluso de la secreta inquietud que le había puesto los nervios tensos como alambres, Andrés fumaba cigarro tras cigarro. Sus ojos no perdían uno solo de los movimientos de Tomás, que ahora, en medio de la hosca pesadez de esa atmósfera de plomo, le parecía mas hostil, mas cargado que nunca de malas intenciones, de siniestros propósitos.
Sin embargo, la actitud del compañero no justificaba en modo alguno aquel receloso atisbo. Abstraído, indiferente, como insensible a cuanto le rodeaba, Tomás solo se movía para recoger el mate y devolverlo. No había en él ningún asomo de hostilidad, ni el menor gesto capaz de infundir sospechas. Si algo dejaba traslucir su rostro era un abúlico tedio, una especie de tristeza fatalista y cansada.
Pero Andrés interpretaba de muy distinta manera su ensimismamiento. Y creía tener razones poderosas para ello. Desde muchas noches atrás veníale socavando el cerebro una idea persistente, que había concluido por volverse obsesión. Tomás quería matarlo porque estaba celoso. Esa era la verdad. Desde que supo que Carmen iba a casarse con él, tornóse huraño, enigmático. Dejó de ser el amigo de corazón abierto que había sido hasta entonces. Y el despecho fue incubando sin duda, poco a poco, la siniestra intención que él estaba seguro de haber leído en sus ojos.
Recordó las únicas palabras cambiadas entre ambos acerca de la muchacha. Fue una madrugada que volvían del pueblo, soñolientos aún, con los inseparables caballos trotando en una misma línea
. - Anoche te vi con Carmen. La querés en serio?
- La quiero. Nos casamos pal año. Por?
- Por nada. Preguntaba nomás . . .
Hubo un silencio molesto, embarazoso, y luego él indagó:
- Es cierto que vos tuviste relaciones con ella?
- Hace ya mucho tiempo. No te priocupes. Lo pasao, pisao.
Desde entonces, ya no volvieron a nombrarla. Pero Carmen seguía interpuesta entre ellos, alejándolos cada vez más uno del otro. Si de algo estaba convencido Andrés era de eso. De eso y de las aviesas intenciones que abrigaba Tomás a su respecto.
La convivencia se les fue haciendo difícil: pasaban días enteros sin cambiar más de dos o tres monosílabos. Los estrictamente indispensables para entenderse en el trabajo. Y por las noches, Andrés trasladaba su recado al otro extremo de aquella especie de islote seco en que habían establecido el campamento, y allí tendía los cojinillos y jergones que le servían de cama. Pero ni aún así podía dormir tranquilo. Cualquier susurro mínimo, el roce de la brisa o de alguna alimaña nocturna entre los juncos, hacíale incorporar sobresaltado, manoteando la escopeta, o empuñando el facón que siempre tenía al alcance de la diestra.
- Ya está lavao que da asco.
- Lo ensillamos?
- Por mi, no.
Andrés lió un nuevo cigarro y prosiguió tomando mate solo. Acababa de ocultarse el sol, velado por una bruma rojiza, como de sangre. Hacia el Oriente, empezaban a acumularse pesados nubarrones. Y el metífico hedor del estero, cada vez mas denso, tornaba irrespirable aquel aire caliente y estancado.
No soplaba una brisa. Los juncos verticales, inmóviles, alargaban hasta el horizonte la uniforme monotonía del paisaje. Croaron algunas ranas distantes. Y como si hubieran estado esperando esa señal, otras, más próximas, respondieron de inmediato al invisible conjuro. A los pocos minutos todo el estero se llenó de un clamoreo compacto, ronco e infatigable.
Andrés se levantó y arrojó un terrón al agua para restablecer momentáneamente el silencio.
- Bichos jodones! - rezongó.
Sus nervios parecían a punto de estallar. Tomás, siempre abstraído, siempre inmóvil, contemplaba con ojos ausentes aquel lodo chirle y fétido, removido por el azoro de veloces fugas.
- Parece que va a llover.
- Parece.
Las palabras estaban de más. No cabía duda. Solamente tenían importancia los gestos, las actitudes.
Volvieron a enmudecer los dos hombres, atento cada uno al intransferible y secreto bullir de sus propios pensamientos. El recuerdo de la mujer lejana continuaba aislándolos , suprimiento inexorablemente entre ambos toda posibilidad de comunicación.
De pronto empezaron a aparecer en el horizonte las primeras bandadas de garzas en regreso. Venían desde los pantanos costeros de la Laguna Merin, en vuelo presuroso; giraban sobre el juncal, apretujándose entre graznidos inquietos, trazando cículos cada vez mas estrechos y más bajos; y luego descendían hasta desaparecer en el corazón del gigantesco estero, ya ubicado el sitio exacto donde acostumbraban a pernoctar.
Era un maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellas legiones de aves blancas y rosadas, cada vez mas numerosas y urgidas, revoloteando sobre la sombría inmensidad del juncal.
Andrés, que había vuelto a agazaparse al verlas, olvidó por un instante sus preocupaciones y se puso a hacer cálculos. Sería proficua la faena de esa tardecita. Podrían cazar muchas docenas de garzas y obtener sendas bolsas de plumas de primera calidad. Y quizás las ganancias les permitieran abandonar aquel penoso oficio, adquirir una chacrita en las inmediaciones del pueblo y vivir en paz con Carmen, trabajando la tierra. Eso sería lo mejor. La vida del garcero no servía para él. Ese silencio forzoso, esa monotonía agobiante del juncal, ese malsano olor de los esteros plagados de mosquitos, de sanguijuelas viscosas, de taimadas víboras, resultábanle cada día más intolerables. Que Tomás se buscase otro socio, si quería. Al fin de cuentas, ya no quedaba entre ellos nada en común.
Antes, cuando se entendían, cuando eran verdaderos amigos, cualquier sacrificio hacíase llevadero. Pero ahora Tomás lo odiaba y hasta sería capaz de matarlo si se le presentaba una ocasión favorable. No podía conformarse con que Carmen fuera suya. Era uno de esos hombres sin nobleza, que no saben perder . . .
Bruscamente cortó sus reflexiones para observar de reojo al compañero, pues había creído advertir en él un movimiento sospechoso. Tomás acababa de incorporarse, en efecto, y avanzaba paso a paso hacia allí, con las venas del cuello tensas y una dura fijeza en la mirada. Parecía un animal montaraz acercándose a su presa. Querría aprovechar su momentáneo descuido para ultimarlo a traición? Sería capaz de tal villanía?
No había concluido de hacerse estas preguntas cuando lo vio llevarse la mano a la cintura y desenvainar con cautela el afilado machete. Entonces dió un ágil brinco, blandiendo a su vez el suyo y hendióle el cráneo de un certero golpe mientras le gritaba:
- Tomá, por ventajero!
Desde el suelo, pudo aún el compañero extender el brazo y advertirle con un hilo de voz:
- Cuidado!
Andrés volvió los ojos hacia el sitio que el otro el indicaba, y recién entonces vió la yarará en acecho, pronta para saltar sobre él.
En ese mismo instante, un fuerte trueno anunció el comienzo de la lluvia. 
                                        FIN  

Serafin J. García, poeta y narrador uruguayo nacido en 1910, en Cañada Grande, Depto. de Treinta y Tres. Completó el ciclo de Enseñanza Primaria, y no tuvo otros estudios, habiendo realizado su formación cultural en forma enteramente autodidáctica.  Es autor, entre otros,  de los siguientes libros:

"Tacuruses", "Encarne viva", "Tierra Amarga",   "Las Aventuras de Juan el Zorro" .(5 de junio de 1905Treinta y Tres - 29 de abril de 1985Montevideo)

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