viernes, 10 de abril de 2020

Sosa


Hugo Bervejillo


El bar estaba por cerrar. Era una de las peores noches del invierno.

La lluvia, en ráfagas, barría la calle y hacía temblar la puerta de madera y vidrios, vieja y desvencijada.

Sosa, el propietario, estaba acodado sobre el mostrador.

A veces la puerta se abría, sola, de golpe, por obra del viento, y los pocos parroquianos suspendían el viaje del vino hacia la boca y bajaban la voz hasta que alguien se levantaba y la cerraba y todo volvía a aquello en lo que estaban: los hombres, a convencer a las mujeres, y éstas, a estirar el momento.

Entonces la puerta se abrió una vez más y entró aquel hombrecito de los ojos febriles, y los bigotes y la barba desprolijos.

Estaba vestido de negro, y despeinado.

-Soy la Muerte- dijo-, y todos aquí van a morir.

Pero solamente le llegó el silencio y la mirada de los parroquianos, serena, e indiferente. Sosa lo miró de costado, sin dejar de fregar el vaso recién lavado.

Alguno tal vez pitó y dejó ir el humo por boca y nariz, un humo perezoso, como de incensario.

-Nadie puede conmigo. Soy un Invicto. Cuando yo paso, todos tiemblan: las mujeres se abren de piernas y los hombres se van a baraja- y paseó la mirada por la sala, midiendo el efecto de las palabras-. Cuando tomo, rompo el vaso, y atrás mío queda el luto y nada más.

Es posible que alguno de los parroquianos volviera a mirarlo de soslayo, pero era cierto que las mujeres bajaron la vista a la mesa porque temían mirar a la Muerte, y los hombres quedaron mudos y pensativos, y era casi como si lo estuvieran escuchando.

-Quién de ustedes- dijo- puede saber si no vengo de su casa, porque no hay mujer que no quiera conmigo si yo quiero con ella. Y no hay macho, alerta o borracho, que no me haya entregado su secreto si yo se lo pedí. No hay mujer que no sea puta si yo se lo exijo.

Y entonces terminó de hablar y encendió un pucho que tenía en la mano, con aire triunfal, más pálido, todavía, que cuando entró al bar, calibrando por entre las volutas la admiración que creía advertir.

Atrás de las palabras, otra vez el silencio, y esta vez, la quietud total de los vasos y las copas.

Entonces Sosa, el bolichero- que era la Muerte-, lo hirió de lejos sin ningún ademán.

El hombrecito cayó al suelo, descubierto en su vanidad, y miró a todos pidiendo auxilio, pero los demás vacilaron, porque nunca habían visto a la Muerte herida y, menos, pidiendo auxilio.

Encogido y débil, el hombrecito trataba de levantarse y no podía.

Daba lástima.

-Me muero- dijo-: ayúdenme.

Entonces, con voz recia, y mientras acomodaba de un golpe el repasador contra la máquina de café, Sosa levantó la voz, amenazador:

-¡Vamos, macho: a morir afuera!

Mientras el hombrecito se arrastraba penosamente hacia la puerta, los parroquianos continuaron sus conversaciones, gratificados por el calor tibio y el galope de la sangre en las venas, porque la Muerte ya no estaba en evidencia y todo volvía a ser como antes.

Anónimo y moribundo, el hombrecito desapareció detrás de la puerta.

Algunas parejas se decidieron por buscar un hotel, y otras demoraron un poco más, haciendo planes; pero antes de que pasara mucho rato, el boliche quedó solitario y silencioso, mientras afuera soplaba el viento frío.

Sosa, atrás del mostrador, hacía números en un papel, y cada tanto, tachaba un nombre.



Puchos







Sobre una pequeña franela violeta se puede leer:“Severino Villamide. Campeón Sudamericano de Foot-ball. Año 1926.”
Y la tarjeta de cartulina, blanca, abajo, que dice: u$s 200.oo.
La mesa está contra la ventana. Tiene un mantel gris oscuro, apropiado para lucir todo esto que figura prolijamente encima, casi en orden geométrico.
en un susurro, alguien le pregunta al de su costado ¿será de oro, nomás?.
Un poco más atrás de esta medalla está ubicada una foto de Severino Villamide, que es una ampliación de un recorte de diario.
Nadie de los que caminan por la casa lo conoció ni tiene idea de qué rasgos son los dos su cara, pero  es posible saber que se trata de Villamide porque está su nombre al pie de la foto, dominando una pelota con el pecho entre dos jugadores de otro equipo, en una cancha ignota, con pocos espectadores.
Algo más arriba, en la pared, está, también ampliada, otra foto de diario, donde Villamide integra un grupo de jugadores, al sol, contra una pared encalada: todos sonrientes, todos vestidos como para salir a la cancha, pero luciendo una peinada como para llegar a un baile, tal vez estrenando equipo nuevo, alegres como chiquilines.
Quizá Villamide supiera de qué año era esa foto, y pudiera identificar a todos los integrantes- claro: allí estaban el Ruso, Melgarejo, el Cochemba, el Mono-, pero Villamide no estaba ni estaría, porque había fallecido el año anterior, -aunque su memoria había estado dormida los últimos cinco o seis años- y entonces no era posible saber quiénes eran ni qué edad tenían, ni en qué puesto se desempeñaban ni qué historias tenían consigo.
A un costado, del lado de la chimenea de piedra, figura la camiseta  del Universal, y al costado, la del Reformers, dos rarezas, que apenas duraron sobre la mesa poco más de cuarenta minutos, porque dos finlandeses de apariencia exótica las compraron sin chistar.

“¿Quinientos Dólarres” preguntaron como queriendo verificar o eludir errores. ¿quinientos dólarres?. Y ya no pudieron moverse, apretados por los demás que habían entrado detrás, en ese malón sorpresivo e incomprensible de gente- la mayoría europea- que, avisada por la prensa, concurrió a comprar los recuerdos de Villamide, pertenecientes a una época en que ellos mismos no habían nacido.

Al día siguiente, el comentarista radial que se refirió a aquella feria, dijo enfáticamente que los europeos compraban aquello porque estaban sedientos de gloria, de esa gloria que solamente el fútbol uruguayo había sido capaz de conquistar, y por eso querían rozarla comprando reliquias.

También se exhibieron los zapatos de Villamide.
Eran dos mazacotes de cuero, cosido como si el tano zapatero hubiera querido inmovilizarlos para llevárselos presos. El agua y el barro- y el uso prolongado- los habían deformado, transformándolos en algo grotesco, oscuro, de aspecto fatigado.
Hasta ese día, solamente Villamide los había mirado con afecto, porque fue el que los tuvo en los pies tantos años: él sabía qué origen tenía cada muesca en el cuero, o cuántas veces había tenido que cambiar los cordones- y alguien notó, entonces, que eran de colores diferentes-, o antes de qué partido dejó de pasarles grasa cruda de vaca.

Pero los nietos de Villamide habían puesto elegantemente aquellas cosas ruinosas de cuero sobre un mantelito de terciopelo con una tarjeta que decía que con aquellos zapatos toscos, Villamide había disputado la final del Campeonato Mundial en 1930- era fama que con el zapato izquierdo estuvo a punto de abrir el marcador con un tiro furibundo, apenas a diez minutos de comenzado el partido-, y, finalmente, abajo, en caracteres que no dejaban ninguna duda, se había dibujado la cifra de  seiscientos cincuenta dólares.

Mentira  dijo Zaldombide, que estaría viejo, pero tenía una memoria fantástica; y además estuvo en aquella final: se había vestido al lado de Villamide  : ya en la final del Veintiséis, él empezó a usar unos tarros nuevos que le trajo Barlocco de Italia  y dejó de hablarle a su hijo y miró rencorosamente a los nietos de Villamide  : éstos, son unos tránsfugas.

Pero antes de media hora, un inglés de lentes sin montura se los llevó, alucinado, como si llevara la Corona de la Reina.

Tal vez Villamide hubiera podido explicar – era el único que podía saberlo- que aquellos tamangos lo habían acompañado desde Intermedia hasta Primera, desde las canchas de Jacinto Vera y Capurro hasta Buenos Aires, Río de Janeiro  y Valparaíso, pasado por el Estadio Centenario.

Con esos únicos zapatos corrió por la cancha del Solferino, del Charley, del Albion, del Güánder; con ellos había hecho calistenia en El Fortín, en el Parque Central, bajo techos de chapa; y se había embarrado en la cancha del Dublín y en el Campo Chivero de Parque Batlle.

Pero eso sólo lo hubiera podido contar él mismo, y ya estaba bajo tierra desde el año anterior.

Otra rareza era la medalla que consagraba a Villamide como Campeón de 200 metros llanos en el Sudamericano de 1919, noticia que conmocionó a los europeos, que se apelotonaban delante de esa mesa, con ademanes de asombro. Uno de ellos, después de varios minutos de discusión enconada con otro, se la llevó por 300 dólares, envuelta en una servilleta de papel, porque no tenía estuche.

Al lado, otra medalla algo más grande lo consagraba como integrante del equipo que ganó el vicecampeonato sudamericano de fútbol en 1918, en Santiago de Chile, y delante, la foto encuadrada del equipo celeste ganador de la Copa Cusenier en 1913.
El cronista deportivo que hablaba por radio comentó al día siguiente que a Uruguay le sobraban gloria y trofeos y que Uruguay continuaría ganando Copas, porque la historia manda y tiene sus favoritos.
Además  resopló Zaldombide  Villamide estuvo en la final del Treinta, pero como invitado especial,  para cantar con la guitarra en la concentración y cebar mate en el vestuario, porque las tabas, a esa altura, ya no le daban más. Pero sabía aconsejar a los muchachos. Mentira, eso de que jugó.
Los nietos de Villamide sonreían detrás de la mesa donde se apiñaban los compradores, que no los veían por atender todo aquel muestrario del viejo gladiador, reliquias de una época pasada y gloriosa.
En aquellos tiempos sí que se jugaba al fóbal, comentaba en la esquina, un vecino enterado.
En aquella época, las medallas de oro eran de oro, y no pintadas, como ahora le deslizó el comerciante a su esposa, dos casas por medio.
Cuando, unas dos horas después, ya quedaba la mitad de los artículos que se habían expuesto al principio, fue que trajeron la pelota con la que se jugó la final del Treinta, y un zapato de fútbol- único- que los nietos definieron como perteneciente a Héctor Scarone.
Pero el propio Villamide se hubiera escandalizado por el error: cómo no se daban cuenta que ese tamango era dos puntos más grandes que los que calzaba El Héctor.
Nabos.
aquella era su posesión más valiosa y más secreta.
Cuando la Selección uruguaya volvió de Colombes con el título Olímpico- que entonces era un título Mundial-, Argentina, enconado rival desde treinta años antes, los desafió para un partido amistoso que se jugó en cancha de Barracas, donde ganó con un gol de corner que tiró Onzari.
Después del partido se dieron de trompadas un buen rato hasta que la policía disolvió la fiesta, pero a Villamide le había quedado de recuerdo ese zapato, que era de Onzari, el que hizo el gol. Hubiera podido revivir el momento y hasta el color del sol de la tarde que se iba, cuando levantó el trofeo mostrándolo a los argentinos, que ya estaban sobre el portón con rumbo a los ventuarios, todavía cruzándose gritos y provocaciones.
¡Vení a buscarlo que te lo devuelvo en Montevideo!
Y también de la tristeza que lo empapó cuando se enteró de la muerte de Onzari, muchos años después. ¡Cómo hubiera querido poder devolverle aquel trofeo, y charlar   con él y hasta compartir  un asado y darle un abrazo, para poder olvidarse, los dos, de lo chiquilines que habían sido!.
Pero eso sólo lo hubiera podido contar él mismo, y ya no podía.

Afuera, sobre la puerta de entrada, Zaldombide escuchaba los comentarios de otros acerca del pase de un argentino a un club europeo por una cifra que superaba los veinte millones de dólares.

¿Y quién es ése?¿Qué títulos tiene?, masticaba, rencoroso.

Un canadiense, periodista en su país, preguntó a los nietos de Villamide qué era lo que guardaban para ellos, valioso, de todo aquel tesoro de recuerdos que estaban vendiendo. Los tres sonrieron y el mayor de los tres contestó que en realidad, lo estaban donando al mundo porque no podían costearse un Museo de su abuelo, como hubieran querido.

Mentira  volvió al ataque Zaldombide  éstos  venden todo para cobrar la guita. No valoran lo que hizo El Chueco porque éstos nunca supieron  parar una pelota: lo más lejos que salieron de la casa fue para ir a la despensa a comprar leche.
El  cronista deportivo dijo al día siguiente que Villamide pertenecía a una generación que había vivido en la pura gloria, para envidia del resto del mundo.
El remate de las cosas de Villamide terminó a la siete de la tarde y las ganancias netas fueron de unos muchos miles de dólares.
Los tres nietos, rato más tarde, se repartieron el dinero y solamente el menor comentó, midiendo su parte: pensar que con esto, papá, hace años,  hubiera podido comprar una casa para todos, y hasta le hubiera sobrado. Pero solamente el hermano del medio le dio una palmadita suave en la nuca, a manera de contestación.
Son unos cuervos, rezongó, malhumorado, Zaldombide, más tarde, cuando se estaba acostando.
Antes de que llegara la noche, la casa de Villamide quedó desierta y oscura. Sin muebles, el último portazo retumbó en todas las paredes.
En el piso quedaron varios puchos de cigarrillo, los cartones con los precios y en la boca del quemador de leña una pocas fotos, ya inservibles y un viejo reloj pulsera, roto.
Al día siguiente, también esto desapareció, barrido, y la casa quedó a la venta sin recuerdos, impersonal, anónima.












Regreso




                                   Hugo Bervejillo

Todavía con rastros de sueño en los ojos y en la cara fue que Mirta abrió, apurada, la puerta de la casa, y entonces.

Enrique, el marido, que estaba calentando café para desayunar, escuchó, en el silencio de la casa- y mientras se preguntaba quién carajo podía ser el que tocaba timbre a esa hora de la mañana-, la voz como ahogada de su esposa diciendo algo parecido a la locura. Pero: el tono, la voz quebrada: algo en la exclamación hizo que dejara la cocina y acudiera a sostener a Mirta.

Tampoco él pudo entender. Mirta estaba como congelada y a él no le fue mejor. Por la puerta abierta estaban entrando sus suegros, los padres de Mirta.

El viejo Daguerre, cabrero como siempre, entró protestando, mientras miraba a todos lados como tratando de conocer.

-¡Pero Mirta!: ¡qué hiciste! ¿qué hace esta mesa acá, y así? ¿Y estos muebles? ¡¿qué pasó acá!?

Ahí fue que se dio vuelta para hacerse acompañar, en la queja, por su esposa:

-¡Vos!: ¡mirá lo que hizo tu hija con la casa! ¿Eh?, ¿qué me decís? ¡Una joyita, tu hija!

La mujer paseaba los ojos por la sala y se le notaba el escándalo y una pena contenida. Mirta desistió de establecer comunicación con su padre dado el estado de exaltación que tenía, el mismo que tuvo siempre.

-¡Mamá!- casi susurró en forma desgarrada-: ¡¿qué pasó!? ¡decime!

Enrique se apartó un paso para dejar pasar al viejo Daguerre, con la sensación de que el mundo ya no era lo que siempre había sido, ni lo sería jamás de allí en adelante. Allí estaban los padres de Mirta, y tanto Mirta como él eran conscientes que estos viejos que tenían delante habían fallecido diez años atrás.

-¡Mamá, por favor!

El viejo Daguerre se fue para la cocina y desde la sala se oían las exclamaciones indignadas a medida que iba encontrando cosas que no conocía. Estaba demostrando tanta bronca que Enrique pensó ojalá siga así: capaz que se le dispara la presión y se muere de nuevo.

Mamá miró a la hija por encima de los lentes, con bastante de reproche:

-Tu padre tiene razón, Mirta, ¡mirá lo que hiciste con la sala! ¿Dónde pusiste el cuadro del abuelo que te regalamos? ¿Y el centro de mesa aquél, el verde, divino, que siempre estuvo aquí? ¿Y estos muebles, que son una porquería? ¡Y no quiero ver el resto de la casa!

Mirta estaba a punto de llorar. Todavía no se había soltado: desde que abrió la puerta un rato antes, se abrazaba a sí misma y al salto de cama, que entrecerraba, seguramente buscando mitigar el frío interior.

-Mamá, ¿qué pasó?

El viejo Daguerre, en la cocina, daba vuelta los cajones, tiraba cubiertos al suelo, abría y cerraba puertas de armarios, sacaba ollas y las ponía en el suelo, carajeaba.

Mamá miró a Mirta, y de repente, al acordarse, le cambió algo el humor.

-¡Ah, sí, te cuento! Es algo así como una franquicia. Hay tantas guerras por ahí, y de repente entró tanta y tanta gente allá, que alguien decidió hacer una franquicia, no sé. De sorpresa. De repente alguien, así, ¿viste?, fue y dijo ¿quién quiere volver? Y justo estábamos con tu padre por ahí, y dijimos ah, sí: bueno: nosotros. ¿No es de locos?

Justamente pensó Enrique, que ya tenía una puntada en el estómago.

En eso volvió el viejo Daguerre.

-Ah, no, m´hijita: no te podemos dejar sola. Andá- le dijo a su mujer-:fijate: tu hija tiró la casa por la ventana, y en cambio la llenó de mamarrachos. ¡Decime! –se dirigió a su hija-: dónde está la cama de matrimonio? ¿dónde está el ropero de casamiento que teníamos con tu madre? ¿Eh? Y la loza y la platería, ¿dónde están?     -¡Papá!- trató de contener Mirta- el ropero se lo quedó Cristina, la cama se la quedó Adhemar, el juego de cama…¡yo que sé quién se lo quedó! ¡Cómo querés que me acuerde!     Y ahí fue que se hizo un silencio grave, pesante, aniquilador.

La vieja Daguerre se puso al lado del marido y miró por primera vez a Enrique, casi como para darle a entender que, a pesar de que en vida jamás lo había aceptado, sí se había dado cuenta de que estaba presente en ese momento.

-Miren- los agrupó por primera vez el viejo-: la casa es mía porque la heredé de mis padres, así que vayan buscando dónde vivir. Todo lo que era nuestro se lo repartieron entre los tres hijos, de manera que saquen lo de ustedes y dejen la casa. Nosotros vamos a ir ahora a lo de Cristina y a lo de Adhemar a que nos devuelvan lo que tengan. Queremos todo lo que teníamos.

-Queremos todo lo que teníamos- repitió Mamá-.

Por esta noche- siguió el viejo-, pueden quedarse en la piecita del fondo, pero van a tener que dormir los dos en la cama chica- y ya iba a terminar pero se lo ocurrió algo más y lo dijo-. Ah, tu madre y yo queremos cenar solos.

Y se fueron.

Mirta corrió al baño y Enrique la escuchó llorar. El llanto de a ratos se parecía a las notas largas de un violín. Enrique fue a vestirse y a avisar a la oficina.

Mucho rato después Mirta salió del baño, todavía con los párpados inflamados, y fue a encontrar a Enrique, que fumaba sentado en una silla, la única que él recordaba haber comprado. Y por primera vez desde que vivía en esa casa, estaba tirando la ceniza al suelo.

Él se levantó y la abrazó silenciosamente.

-Tranquila, nena- le dijo después-. Tranquila.


Al día siguiente, Enrique se despertó tarde: había dormido poco y mal y solamente cuando estaba por salir el sol consiguió un sueño profundo.

Mirta estaba haciendo los bolsos: doblaba ropa y canturreaba con la boca cerrada, y a Enrique se hizo recordar a Madame Butterfly.

-¿Estás mejor?- le preguntó-.

-Sí- dijo ella, con una sonrisa-.¿Querés que te haga un café?

-¿Todo está bien?- preguntó Enrique, desconfiado de aquella paz- ¿Se solucionó algo?

-No- dijo ella, terminando de doblar una funda de almohada. Lejos, en la cocina, se oían gritos y voces airadas-: todo está casi igual, pero ya no me importa.

Enrique la miró, suavemente intrigado. Ella dobló otra funda.

-Llegaron los abuelos.


HUGO BERVEJILLO (Montevideo, 1948) En 1992 su novela Una cinta ancha de bayeta colorada (Proyección, 1992) integró la terna finalista del premio Bartolomé Hidalgo. En 1995 publica Basilio está en la frontera (Ed. Proyección).Como periodista y/o dibujante colaboró en el semanario Asamblea (1984/85 ), en La República (1989), en la edición dominical de La Hora Popular (1991). Fue responsable de la página cultural de La Juventud 1992/93).En febrero de 2000 obtiene una segunda mención en el Concurso organizado por la Intendencia Municipal de Montevideo con la novela El Ángel Negro. En noviembre de 2003 publica Cenizas y un gallo muerto (las siete latas ), Ed. Carlos Marchesi. En Octubre de 2005, publica la 5ª. Edición de Una cinta ancha de bayeta colorada (Rumbo Editorial).

martes, 14 de enero de 2020

Ignacio Suarez

 



    




   
De niño


Yo de niño viajaba por los ojos.
Me escapaba por el cine o la palabra
con puertas con porteros o con libros
que escondía debajo de las sábanas.
La felicidad / si existía /estaba lejos
al final de los rieles azulados
en noches cenicientas como heridas
por el cuchillo amarillo que pasaba
metálico y fugaz cual tren fantasma
o en la cruz ondulante de algún barco
en la honda y salada patria de agua.
Yo me iba de allá / del pueblo o casa /
por el sueño del circo o los gitanos
cabalgando hipocampos o pegasos.
También por el asombro permanente
de la poesía o en el prohibido amor
de una muchacha. Pájaro y canto.
La belleza en el aire de sus alas y en el
el renacimiento de la piel, ese milagro.



Aroma de tango


Un aroma de ti vuelve
en la tarde de sol cansado
de aire de otro tiempo.
Y sobrevuelan la memoria
herida las palabras no dichas
las copas compartidas,
los silencios…
Hay un color de tango
entre las piedras de la
calle Petrarca.
Si. Hay aroma de ti
y no hay regreso…


Lluvia del Salvo


Una vez más Enrique
el viento de la noche
golpea los postigos
araña las ventanas
y gira y gira grisazul
ante el Palacio Salvo
en su viejo ritual de
sudestada de memoria
de lluvia montevideana
de plaza independencia
viento de 18 y Andes
como en una película
de Gardel o de barrio
de vida blanquinegra
que erosiona desgasta
como el oscuro vaivén
del agua oscura como
de puerto o tango triste
agua del Río de la plata
en esta madrugada de
muertos y de barcos
de sueños naufragados
y una copa amarilla
bebida a tu salud como
un pequeño sol/ solcito /
me entibia el alma
y la garganta… (A Enrique Estrázulas)



La noche gira


La noche gira
La noche gira y gira
en mi habitación
del Palacio Salvo
como caballo de calesita
o casa de la infancia.
La noche gira y gira
fruta amarilla
/ amarga y afiebrada /
de luna ventanera
gatuna o agatada
y me susurra pianos
remedios o poemas
de azules y palabras.
Y un silencio tibio
como de viejo patio
gira y me dice
que lo que estaba está
insistidor y leal.
Y vuelve/ y vuelve /
infinito y sonoro
caracol de la mar
lento giro de noria
espejo del ayer girando
la lenta y montevideana
memoria trasnochada.


Ellas llegan de noche




Ellas llegan de noche y yo las siento
silentes en lo oscuro de la casa.
Sus levísimos pasos. A veces con
risitas o palabras apenas susurradas.
Unas miran mis manos / de principito /
dicen. Otras - yo ya sé cuáles son -
me levantan la sábana y mi sexo
otra vez es mirado con ojos picarescos.
Unas miran mis pies lo que anduvieron
la vida tras sus pasos. Miran sus mapas
de puntos invisibles y me acarician las
penas y cansancios por el arte de andar
sobreviviendo a toda vela y desvelado.
O ese otro oficio empecinado y loco:
El de estar aún -y todavía- parado ente
la vida intentando cambiarla, que no es
poco. Unas llegan de elegantes salones
tan bellas y tan finas y a la moda. O de
calles cubiertas de panfletos de gritos
de consignas y de banderas rojas.
Unas con letras de niños en cuadernos
y otras de manos de arcoíris y pinturas.
Unas con caras de libros y vigilias.
Otras de fronteras imprecisas o planos
superpuestos… Pero todas desnudas.
Buscando como hasta ayer buscamos
por la piel el alma sin adioses. La paz
y la alegría. Y en las luces ocultas
de memorias profundas como océanos,
en las alas abiertas de orgasmos cual
jazmines / o en los besos no dados /
el pan tibio de Dios y las ternuras
que rompan para siempre con las duras
soledades el silencio y los naufragios.
Son los duendes alados de mis amores
pasados. Mis amantes, mis muchachas
compañeras. Las oficiantes de la dulce
magia, íntima de secretos y misterios.

Ellas llegan de noche y yo las siento.



                                          Aparicio y la niña


 Alguien me contó que su abuela le contaba:

Tenía trece años. Había que evacuar
Melo por un ejército profesional
salvaje y colorado. Llovía.
Yo iba con mi familia sentada
en el pescante de un charré o landó
de vestido y zapatitos blancos.
Un hombre comandaba la estampida
/ a los gritos / de barba y poncho mojados.
Yo vi en los estribos de plata sus pies
descalzos. Al verme, asombrada de mirarlo,
tan dulcemente sonrió cuando pasó a mi lado.
Todavía lo recuerdo . Aparicio cabalgando
vuelve / desde la infancia / en una mezcla
de aromas conmovedor y extraño:
Huelo a tierra mojada y a lavanda,
a hombre y a caballo…


Hotel Cervantes


Yo dejé mi reloj
para pagar la cuenta
una mañana…

El crujiente ascensor.
Los largos corredores.

Nos esperaba la habitación
que desveló a Cortázar.
/la puerta condenada/

Los aromas añejos
de la infancia de Borges
/que estaban, también
en el Aleph/ estaban.

Y allí, entre las frías sábanas
los pisos de madera
y el oscuro ropero
con una luna opaca,

mi voz / oliendo al alcohol/
buscaba /entre las sombras/
tus labios en esa madrugada.

Y el niño que lloraba
llora /todavía/
en la pieza vacía de al lado…

           (del libro Tango por dos, 2010)


Ignacio “Nacho” Suárez (Rocha, 1944) es poeta, docente, periodista y productor. Ha vivido en Buenos Aires, Madrid, México D.F. y Londres. En la actualidad reside en Montevideo. En poesía ha publicado los libros Casi tango (2007), Pájaros azules y otros tangos (2009) y Tango por dos (Botella al mar, Buenos Aires, 2010, en coautoría con Alicia Bederián, con prólogo de Horacio Arturo Ferrer),

Entre sus letras debe destacarse “Los boliches”, “María de las esquinas” y “Poeta al Sur”, que integraran el repertorio de Alfredo Zitarrosa.  Es miembro correspondiente de la Academia Argentina del Tango, por lo que ha impartido numerosas charlas y conferencias sobre el tema

 



domingo, 18 de agosto de 2019

Aniversario


María del Carmen Borda


Hoy se cumplían mis veinticinco años de casada, este año no me había hecho ninguna ropa especial para estrenarme, y al abrir el placar elegí un traje sport y una blusa blanca para debajo de la chaqueta.

Como siempre, vendría la familia más allegada, algunos amigos íntimos, y como tantas veces esa pareja que siempre estuvo en las buenas y en las malas, riendo y llorando en los momentos lindos y feos, padrinos de mi hijo mayor. Y como años anteriores deberíamos escuchar las anécdotas tan repetidas, de cómo nos conocimos, los recuerdos de los viajes más significativos, de fiestas, de sueños compartidos; recordar los hijos que estaban en el exterior y esperar sus llamadas.

Otra vez sacar el álbum de fotos con mi vestido de novia, esa desconocida muchachita inocente había sido yo, escuchar nuestra música, aquélla que nos unió en el primer beso, el poner el mantel de un blanco inmaculado, el ramo de rosas con las mismas palabras de amor como siempre.

Hoy me pesaban las piernas, tenía todo el peso del mundo sobre mi cuerpo, sabía que debía enfrentar el espejo, ése que no mentía, que sabía todo de mí; debía confrontar con él y con esa imagen igual a mí, me desnudaba con su mirada, me hacía confesar todo.

Entré a la ducha sin mirarlo, no sé cuánto tiempo estuve así, tratando de que el agua me lavara, me aliviara, me bautizara. Me envolví la cabeza con la toalla, me puse mi salida de baño blanca y lo enfrenté.

Percibí esa mirada directo a mi alma, directa a los misterios indescifrables, dejé que leyera en mis ojos, bajé la mirada, y sentí un miedo terrible de que fuera capaz de adivinar mis pensamientos descalzos, nuevitos, llenos de asombro y de esa especie de sorpresa que nos depara la vida. Sentí una especie de vergüenza de la vulnerabilidad del ser humano, y advertí en lo más recóndito de mí ser, un miedo profundo de saber que nunca nos conocimos. Y que aunque él me miraba sin esa careta que me ponía todos los días, a través de mi maquillaje y mi sonrisa de mujer feliz, ni él ni yo jamás habíamos pensado que éramos una caja de sorpresa.

- Mírame, ¿por qué intentas evitarme?, por qué no me dejas gozar contigo las chispas mágicas que se disparan solas de la mirada de una mujer enamorada, por qué te niegas a compartir conmigo esa dicha después de tanta rutina, de tanto llanto, o crees que yo también no estoy harto de compartir tu tristeza de tantos años.

Tú la impecable señora, tan respetable, hoy se atreve a romper las reglas de la apariencia de vivir por los demás, hoy sencillamente te has vuelto a enamorar. Mírame, recuerda aquélla noche que intentaste asesinarme, que me bañaste en lágrimas cuando descubriste la infidelidad de tu marido con tu fiel e inseparable amiga, madrina de tu hijo mayor. ¿Cuántos años han pasado?

Recuerda, cuando ella, la fiel y única amiga calmaba los nervios de tu marido cuando esperaban en los pasillos, juntos, cuando tus hijos nacían.

- Basta, basta, no te soporto.

- De a poco comenzaste a rechazarlo, no soportabas que te tocara, venías a mí con tu cara desfigurada después que él te hacía el amor, y yo compartía esos momentos, por eso tengo derecho a que me mires porque necesito gozar de tu misterio. O crees que no lo sé, hace tres meses de este milagro, fue en la fiesta de fin de año, parecías ebria, en tus ojos brillaban mil estrellas, y tus lágrimas, mansas y suaves, no eran de dolor exactamente, eran simplemente de una mujer que renacía y se levantaba como el ave fénix a la luz, a la valentía de atreverte a decir: basta.

No soportaba más ese espejo que diariamente me desafiaba.

Lentamente como una autómata comenzó a ordenar una ropa, sacó una valija pequeña que siempre estaba abajo a un costado del placar, esperando.

Volvió al espejo, y escandalosamente este reía con desfachatadas carcajadas, se tapó la boca reprimiéndose y todo quedó en silencio.

Me cepillé los dientes evitando su mirada.

-¿Por qué no me miras?, ¿serás capaz de hacerlo? Tú la fiel, la que llegaste pura al matrimonio, la que cumplió exactamente con los sacramentos sagrados de la santa unión matrimonial. La que criticabas acciones similares, la que juzgaba, la impecable mujer que lucía su marido cuando te presentaba a gente extraña. Tú la que te sacas la careta ante mí, ese maquillaje con el cual enfrentas tu vida cotidiana, y ya no es un día son años, y lo esperas, lo besas, lo atiendes, y has terminado siendo un robot manejado a control remoto.

Llega la noche, todo el día hubo preparación de comidas, un ir y venir, prácticamente ningún detalle quedó al azar.

Su marido al verla se sorprendió, que en esa ocasión especial, ella luciera un atuendo de calle y no un vestido como siempre lo había hecho.

Así fue que Melissa se saca la chaqueta y la hermosa blusa logró la aprobación de Oscar, impactado por una belleza especial que lucía su mujer esa noche, hacía mucho tiempo que no reparaba en su hermosura, quedó perplejo. Él intentó abrazarla y le chocó ese rechazo innato con cierto desprecio imposible de disimular.

Oscar miró a su mujer como si hiciera tiempo no lo hacía, y la vio distante, como si recién la viera por primera vez, como un sexto sentido sintió temor, un miedo difícil de describir.

El timbre comenzó a sonar una y otra vez, las visitas comenzaron a llegar, eran saludos, risas y reencuentros.

Cuando llega “ella” sola, la esposa del amigo predilecto, todos se asombraron, y ella muy naturalmente explicó que su esposo, llegaría un poquito más tarde porque le surgió un pequeño imprevisto.

Oscar quedó sorprendido, sus ojos no pudieron disimular una mirada descarada que Melissa supo ignorar.

Todo se desarrollaba aparentemente normal, se comenzó a ojear y comentar el álbum de casamiento, y gruesos lagrimones comenzaron a caer por el rostro de Melissa, no pudo evitar un pequeño temblor. Todos emocionados por esa reacción hizo que alguien comentara: ojalá mi mujer se emocione así cuando cumpla los veinticinco años de casada.

El marido la palmeó por la espalda diciendo: “parece que fue ayer”.

Era imposible seguir esperando, así que todos se dirigieron al comedor, todo relucía como nunca, y como siempre, Melissa comenzó a encender las velas como un ritual, para comenzar a servir la comida.

Se dirigió para adentro y todos esperaban ansiosos el menú haciendo chistes, porque no dejaban de reír.

Hasta que las voces se fueron apagando, la espera era demasiado, su marido muy cariñoso preguntó: ¿me estás esperando?, y se dirigió arriba. En la cama lucía bellísimo el salto de cama de seda, su regalo. No la halló, el placar estaba semiabierto, lo fue a cerrar y ahí se sorprendió, las perchas vacías colgaban soledades, miedos, verdades y mentiras.

Y la valija había desaparecido.

Bajó casi corriendo frente al espectáculo del público ante la escena, se dirigió a la cocina y el viento frío de la puerta abierta al fondo, le estremeció hasta los huesos, el perro ladraba en el patio.

Volvió al comedor ante el público expectante que esperaba el final de la película, comenzó a temblar como una hoja, pero al mirar las dos sillas vacías de la mesa, lo entendió todo.

Un estallido irrumpió el silencio, provenía de arriba, Oscar ya aterrorizado subió las escaleras, la luz del baño estaba encendida, al penetrar miles de pedacitos brillosos estaban esparcidos por todos lados, el espejo se había roto, y el rostro desfigurado del hombre se reflejaba en todos lados.




El suicidio





María del Carmen Borda

Llegaba la tarde, yo era el único ser que caminaba en la orilla del mar al borde del abismo de mis sueños. Sufría la encrucijada más trágica de mi vida, ya no había objetivos para mi existencia.

Había quedado absolutamente sola, estaba en mi hora cero, hay un silencio en esa hora disgregada, instantes patéticos, él había dejado de existir y lo debía buscar en algún lugar.

La muerte, diagnóstico que no es susceptible a errores, me saqué los zapatos y las medias, pensé en el paraíso, en un encuentro paradisíaco entre ángeles, jardines y música de violines. Me saqué el vestido y completamente desnuda comencé a introducirme lentamente, traté de ver el fondo del mar como Alfonsina y encontrar el rostro de ese hombre que tanto había amado. Pero el agua estaba muy fría, helada, mi piel se erizó, el agua llegó a mi cintura, el oleaje estaba lento.

Comencé a revolver mi tierra y a recordar mis días felices, ya faltaba poco para no pensar, para ahogar recuerdos, debería matar conmigo esos inútiles parásitos adheridos hace siglos en la tierra de mi memoria. Cuando lentamente comenzaba a introducir mi cabeza, siento en el abrazo sanguíneo del pánico cierta celebración volátil de serenidad.

Y de pronto aquel grito: ¡mamá, mamá! y ladridos de perro, si el dolor más grande que tuve en esta vida era ese: no poder haberle dado un hijo, la palabra “mamá” prohibida para mi. Giré mi cabeza y allí en la orilla un niño gritaba desesperadamente, me detuve.

El niño lloraba y se introducía en el mar, el perro nadaba al lado de él, no tenía derecho a ser la causa de su muerte y comencé a retroceder.
Al encontrarme frente a él se aferró a mi abrazándome fuertemente. Me alcanzó la ropa y caminamos juntos a la vida, el perro ladrando, corría alrededor.
El niño era huérfano de padre y madre, sus padres pescadores se habían ahogado en una tormenta en el mar; fue criado por varias familias de pescadores sin tener un hogar fijo.

Seguramente la vida me estaba ofreciendo una revancha, qué sorpresa, qué misterio la vida y la muerte. Por eso nadie puede predestinar los sucesos futuros, en el momento que buscaba mi muerte encuentro la vida; un regalo inesperado. Eran tiempos de evaluaciones de la terminación de un año más, se oían villancicos de navidad por doquier y una luz en mis campos se iluminó de pronto.
Hoy aquel pequeñito que me salvó de la oscuridad , era el rey del hogar, un hijo no buscado ni esperado ya, hoy se graduaba como ingeniero en ciencias oceanográfícas. Siempre interesándose por el mar.

El mar, ese monstruo que no quiso tragarme devolviéndome a la vida, a la lucha incesante en este interminable viaje rumbo a Itaca.
               

                                                                


                                                      


                                     La casona




María del Carmen Borda



No sé si los recuerdos felices se adhieren al tuétano, a las vísceras o en la inconsciencia humana y afloran en los momentos de nostalgias. Pueden aparecer de pronto, inesperadamente, en una música, en un color, en un paisaje, en una palabra. No sé si fue un sueño, no sé si cargamos una mochila a cuestas toda la vida, los momentos de oscuridad y dolor también están. Están presos en lo más profundo y negro en algún lugar de nuestro territorio. Y la lucha está en no dejarlos aflorar porque duelen y sin embargo a los otros, aquéllos que calman, que dibujan una leve sonrisa, los que nos hicieron vivir momentos irrepetibles son como agua pura que corre por nuestros campos, para enseñarnos siempre lo que fue y es la felicidad.

Eran campos muy verdes de todos los matices, perfumes que embriagaban, era un camino de tierra colorada y nosotros llegábamos de un largo viaje. De lejos se veía la casona, toda blanca donde volaban palomas en bandadas y los teru teru gritaban mostrando sus púas. Las ovejas corrían con sus crías y blanqueaban el paisaje, todo era perfecto, paramos en el camino a sacar fotos, estaba muy fresca la mañana, pero allá aquél humo que inundaba el aire, era la calidez, era el fin del camino. No más el zumbido del avión que nos traía de tierras lejanas y paisajes de nieve, estábamos en nuestro lugar en el mundo, como no había otro, entonces me encontré con mi “yo”.´

Era yo en el silencio infinito, donde solo era interrumpido por los trinos de pájaros, del canto triste de la paloma, del balar de ovejas, de…

Ya no me buscaría entre la gente extraña de inmensos shoppings , the Tim’s Hortons, The Rigth Houses, The Jackson Square, the King or Main’s streets. Ya la calma se hacía sentir en el flujo de mi sangre, en el palpitar más lento de mi pulso, en la calma infinita de oír y de beber de un sorbo la naturaleza toda.

Ya mi olfato se adelantaba y el aroma al pan casero hacía que lo saboreara y degustara como hacía años no lo hacía.

Seguimos andando, allí en la portera estaría ella, doña María, mi suegra que me esperaba con su delantal de a cuadros y su mano en alto y más allá don Safrón con su jardinero azul, como siempre, como cuando era la novia que llegaba de la capital. Y sin embargo habían pasado “tantos años”. Quiso el destino que yo entrara en esa familia de emigrantes ucranianos con ese español entreverado. Esos viejitos que amé enseguida, que me enseñaron tanto sobre la lucha del emigrante, de la vida en ese lugar al pie de la sierra de la Ánimas.

Y la “casona” enorme, llena de cuartos vacíos ( de hijos que se fueron), la estufa ( nunca vi una tan enorme), las fotos de personajes antiguos con ropas extrañas, la adoración de santos con historias mágicas. Aquéllas escaleras hacia los cuartos de arriba, el entrar en ellos te llenaban de misterios, la foto del hijo que quedó en Ucrania, revistas viejas donde hablaban de la primera y segunda guerra mundial. El balcón que era el mirador hacia las Sierras de las Ánimas, esos cerros azules por las nieblas matinales, las cascadas de agua como tentáculos bajando de las alturas cuando los días de lluvia, daban la impresión de venas abiertas de agua pura hacia la pradera. Ver la ruta nueve desde la altura, donde los turistas van hacia Pirlápolis y Punta del Este, y que la pareja anfitriona jamás iban, y de noche el desfile de luces de los vehículos.

Las plantas de malvones en las ventanas, el corderito guacho que traían al lado de la estufa para darle la mamadera. La vieja Pancha, una oveja añosa que topeaba y hacía caer a los niños, y tenía corderitos mellizos todos los años. El caballo “Chico” que paseaba a todas las visitas hasta el arroyo y la represa, debían tener en cuenta de no pasar por las colmenas porque te hacían caer.

El viejo perro Bermúdez ( nombre en honor a un vendedor ambulante que lo trajo), terriblemente fiel, mimoso y pegajoso. El que te hocicaba por debajo de la mesa para que lo convides y que perezosamente, y a paso lento te acompañaba hasta la portera cuando te ibas.

El horno donde María hacía los panes caseros y las pizzas, un lechón o pollo asado, bizcochos…La cocina económica donde me encantaba ponerle charamuscas para avivar el fuego, las comidas parecían más sabrosas, y qué bueno estar allí cuando blanqueaban las heladas en los campos.

Mi novio en ese entonces se había ido lejos a la fría Canadá, y yo maestra trabajaba en Montevideo y también seguía estudiando, siempre, toda la vida estudiando. Los fines de semana me iba a la Casona y allí era mimada a lo grande porque todos los hijos estaban ausentes, tenía todo el caserón para mi, tomaba leche recién ordeñada, mucha miel, quesos. Nunca comí higos más ricos de la vieja e inolvidable higuera, allí debajo de ese árbol, me decía Don Safrón, eran las últimas despedidas de todos los hijos que se fueron por el mundo.

Pasaba horas escuchando anécdotas y recuerdos de su pueblo, les pedía que me cantaran en ucraniano y yo penetraba en un mundo mágico y pensaba que, seguramente Federico se meció con esos cantos antes de dormirse cuando pequeño. Y creo que mi amor se hizo más sólido, más comprensivo, más tolerante ante tanta lejanía.

Y después de tanto tiempo…veníamos llegando a la portera, nadie nos esperaba, veníamos con nuevos nietos, los hijos que yo les prometí tener.

Nadie nos esperaba, ya no estaban, no los vería nunca más. No quería mirar a mi esposo, yo estaba temblando, el portalón crujió, no habían ladridos de perros, balar de ovejas, cantos ni risas. Los canteros de agapantos que habían en todo el camino estaba lleno de pastos, el auto iba apenas andando, costaba llegar.

Allí estábamos frente a la soledad infinita, hasta los niños callaron. – Qué triste estaba la casona llorando su soledad. La higuera estaba aún de pié, más retirados los galpones, el lugar de la huerta, me emocionó ver los limoneros con sus frutos. Federico abrió la puerta. Los niños asombrados de lo que veían y de los ruidos de la naturaleza que escuchaban, una orquesta de trinos nos acompañaban como una sinfonía triste y melancólica que lloraba ausencias. El tiempo que pasó implacablemente acechaba como un ladrón que roba vidas, y me dio miedo del muro que espera en la línea divisoria de la vida y la muerte. Hay algo que no podían ni podrán quitarme, las vivencias maravillosas, la enseñanza irrepetible que viví en ese lugar. Enseñanzas que se transmitirán de generación en generación.

El descubrimiento de que la felicidad está en las cosas simples, sencillas de toda la existencia, en una conversación debajo de esa higuera que perdura, en el perfume de la naturaleza. Ellos a su manera, un tanto lejos de lo sofisticado y rebuscado fueron felices, a pesar de la añoranza contínua de su vieja Ucrania.

Estábamos frente a la puerta enorme de entrada, Federico puso la llave y abrió, la puerta crujió, parecía un quejido. Y allí la gran estufa, todo estaba tan tremendamente triste, las fotos de los abuelos arriba de la estufa.

En ese instante un ruido seco nos paralizó, venía de arriba. Federico se dirigió a las escaleras y nosotros detrás, - alguien está arriba, dijo mi hija más grande. -¿Serán los fantasmas? dijo el pequeño, y el del medio, que siempre fue un especie héroe de los libros corrió subiendo de a dos los escalones. El ventanal enorme del dormitorio de María y Safrón estaba abierto, una tormenta de verano comenzó a levantarse, y la lluvia no se dejó esperar. Todos estábamos estupefactos mirando un espectáculo impresionante. El viento, los teru teru en bandadas cruzaban el cielo, los relámpagos y las luces eléctricas dibujaban el cielo.

-¿Qué raro no?, ¿cómo cambió el tiempo tan de pronto?

Las nubarrones acechantes parecían que corría una carrera arriba de los cerros.- Miren, miren, dijo Pablito, dos palomas se posaron en el balcón.

La Lluvia se hizo tan intensa que nubló la visión. Y comenzó el espectáculo más bello que en mi juventud viví con mis suegros.

Comenzaron a circular hacia abajo las venas de agua pura desde Las Sierras de las Ánimas, la pareja de palomas se acercaron a los niños, ellos las acariciaron, y volaron perdiéndose en la lluvia. Quedamos en silencio, cada uno con sus reflexiones y pensamientos. Nadie hablaba, solo Kathy, la mayor, rompió el hielo y dijo: - todo tal cual nos contaste siempre mamá, era como que, todo era conocido.

Hoy la casona está para la venta, la sucesión, etc, etc, la casa que se volverá una tapera irrecuperable, y aunque así suceda, “ella vivirá para siempre, impecable en nuestros corazones” con sonidos de cantos de un idioma raro, cantos de cuna, y será un símbolo de lucha y de sacrificio.

En ese caserón donde nació mi marido, el único nacido en ese lugar, ya que los seis hermanos eran ucranianos, algunos fallecidos y otros muy lejos de esta tierra.

La Casona sigue de pie en “eso”que llaman “alma”en toda la familia, y mis hijos les contarán a sus hijos y será un cuento real y mágico que vuelve como una película en nuestros sueños, cosas que el tiempo no podrá borrar.

              

                                            Aquella roca frente al mar

                                                                           (Soledad)







María del Carmen Borda



Fue hace tantos años, o será que he vivido mucho tiempo que, siempre me recuerdo pequeñita, sentada en aquella roca, en aquel lugar donde me llevaban mis padres cuando íbamos a visitar a los abuelos.

Muchas veces me sueño allí como en un altar frente al mar enorme, inmenso, despiadado, infinito, solitario, oscuro, misterioso, inexpugnable…

Recuerdo un otoño, cuando se comenzaba a sentir el aire frío que venía del mar y su espuma salada inundaba mis pies helándolos. Lo miré con odio y desafiante y él me empapó de tiempos eternos, muy suavemente acariciaba la piel del agua. Me dio miedo su monstruosidad, fue una experiencia que quedó grabada para siempre en mi. Cuando regresábamos al interior siempre me despedía de él sentada en esa roca que, por tantos años fue como un altar, como un icono.

Era bellísimo embriagarse de sus atardeceres, observarlo cuando acariciaba el viejo muelle y era terrible palpar su soberbia en noches de tormenta. Cuántas cosas le contaba, me confesaba frente a él. Primero mis cosas de niña, de mis temores, mis miedos, mis proyectos “cuando yo sea grande”.

Cuando en mi escuela lejos de él, la maestra preguntaba sobre el mar, yo me lucía, ya que la mayoría de los niños no lo conocían.

Para mi era una fiesta, llevaba cucharitas que recogía en sus orillas e imitaba el chillidito triste de las gaviotas. Siempre tenía una botella con su agua salada, y les mostraba de qué forma le hacía cartas y las ponía adentro de una botella.

Imaginaba cuando alguien, de un barco enorme la levantaba y leían mi mensaje.

Me daba vergüenza que alguien descubriera mis secretos.

Fui creciendo y comencé a escribirle poesías, fue el mar que me convirtió en poeta y mis lecturas me llevaron a descifrar y a comparar, llené cuadernos y cuadernos de poemas.

Descubrí las palabras de ellos en mil cosas; frente al mar nacieron mis interrogantes como Fausto frente a tantos misterios, bajo un cielo estrellado.

Supe encontrar en el barco hundido en sus entrañas a los heraldos negros de Vallejo pero también a los ángeles de Marosa en su horizonte infinito y rosado que me llenaban de calma y de paz.

En el verano me daba miedo cuando me invitaba a penetrarlo. Me sentía tan débil ante él, tan sola en la inmensidad, recordaba a Alfonsina y su residencia de cristal debajo de sus aguas.

Veía los barcos hundidos, los miles de cuerpos que nunca fueron encontrados y porque no también, cuántos aviones tragados en su profundidad

El tiempo fue pasando, el mar seguía intacto en mi. Él escuchó mi primer poema de amor con esa inocencia, con eso tan terriblemente puro que se siente solamente una vez.

También ese papel con la poesía marchó en una botella, flotando.

Junto al mar he visto nacer el sol en el horizonte, llorado despedidas interminables, junto a él he sentido rondar los ángeles y los demonios. He llorado por amor, él me ha contado mil

historias y esa interacción ha sido toda la vida, aún hoy en mi madurez.

Es en el crepúsculo cuando llegan los cantos lejanos del mar, en ese instante mágico cuando llegan las voces lejanas con sonidos de violines y de citar, voces saladas y verdes, palabras de agua con ruidos de olas; es allí donde nos convocamos, es esa interacción finita, íntima, que solo yo oí, sentí y viví en aquella roca lejana.

Pasaba horas mirando, observando los pescadores con sus barcas precarias perderse entre las olas y fui testigo de aquella tragedia. En el cielo se veían unos nubarrones negros desafiantes.

Vi acercarse aquella niñita (que vive intacta en mi memoria), me miró con aquellos ojazos verdosos como interrogándome, comenzamos a conversar.

- ¿Por qué estás tan asustada?

- Es mi papá ¿sabes?, está en el mar.

-¿Cómo te llamas?

- Milena, dijo entre dientes.

- No te preocupes, allá llega una barca.

- No esa no es, yo la conozco de lejos.

- Mira la tormenta tremenda que viene del sur, no es una tormenta común.

- No quiero que a mi papá le pase algo, es lo único que tengo.

- En ese momento mucha gente se amontonaba en la orilla. El viento ya era insoportable y la

arena se metía en los ojos. -¿Qué sucede, qué sucede?

- Corrí con ella al barco, -¿Juan dónde está mi papá?

Y entre los nervios y sin comprender que era una niña, el hombre grita: - nuestra barca se hundió, y otro, sin medir consecuencias, dijo:-a tu papá no lo encontramos.

Unas mujeres tomaron a la niña que gritaba, lloraba desconsoladamente. De repente quedé sola en aquel vendaval, nunca lo vi tan enfurecido, las olas eran de una altura espantosa.

Comencé a correr, mi cara llena de lágrimas y lluvia. Esa noche no dormí, miraba al mar desde mi ventana y supe que era un monstruo despiadado.

Al otro día amaneció calmo, inmensamente hermoso como que nada había pasado.

Caminé hasta las casitas precarias de los pescadores, a la primera persona que encontré le pregunté qué había pasado.

-Nada sabemos de él, no se ha encontrado su cuerpo, la prefectura está trabajando.

-¿Y la niña?

La madre la dejó cuando nació, su padre se responsabilizó de ella. Seguramente el Consejo del Niño se hará cargo.

En ese entonces yo tenía cuarenta años, era soltera, había soñado siempre con ser madre, el mensaje venía del mar. El hombre se alejó y yo sentada en aquella roca miraba la lejanía, el horizonte.

-Desafiante le hablé a las olas que morían en la playa. -Vos sabías todos mis secretos, vos sabías que amé a un hombre que jamás sería mío.

Vos sabías que lo que más quería en el mundo era tener un hijo.

-¡Vos sabías! eres despiadado.

Hoy pasaron diez años, Milena es mi hija, tenía apenas cinco años en ese entonces.

Hoy Milena cumplía quince años y nos íbamos de viaje en barco, ella lo eligió.

Éramos muy felices, el “mar” había marcado nuestro destino; el cuerpo de su padre jamás fue encontrado.

Antes de viajar Milena me propone algo muy hermoso, fue una bellísima propuesta; había conseguido un excelente pintor y quería que me hiciera un cuadro sentada en la roca frente a la inmensidad. Ese sería su regalo para mi cumpleaños después del viaje.

La pintura debería realizarse en un atardecer.

No olvidaré esa experiencia, fueron varias tardecitas que debía estar en pose para el pintor. Milena corregía algún detalle, pedí que se pusiera énfasis en la roca y que se tenga en cuenta el viejo muelle detrás, la inmensidad el mar y el atardecer multicolor, los naranjos, rosados, violetas,…las bandadas de gaviotas volando y una barca de los pescadores volviendo.

El viaje fue de maravillas recorriendo las costas de Brasil y haciendo dos escalas, mi hija era toda una sorpresa, todo le maravillaba, tan expresiva, tan agradecida, me colmaba de una felicidad infinita, indescriptible. Ya el año próximo entraba en el bachillerato y se perfilaba para la carrera de ciencias de la comunicación

Al regreso comenzaríamos con nuestras actividades, toda mi vida me dediqué al comercio que me habían dejado mis padres, una librería donde también se hacían veladas literarias, charlas de autores de libros, presentaciones y demás.

Un fin de semana antes de mi cumpleaños decidimos ir al mar, llegamos tempranito, llovía mansamente. Llegamos a la casita blanca, la que fue de mis abuelos, dejamos los bolsos sin abrir y corrimos al mar, liberadas, emocionadas a ese lugar que nos unió.

Caminamos sin decir palabras, mojadas por la llovizna persistente, ansiando llegar al punto clave.

No podíamos creer, no había nada, la roca, ¿dónde está la roca? Creíamos que era la lluvia fina que no permitía ver, pero sabíamos que era allí exactamente. Las gaviotas con su chillidito triste se espantaban al vernos. Si alguien nos veía desde la inmensidad era como si habíamos perdido la razón.

Caí de rodillas en la arena helada, golpeaba el piso y el agua, Milena me abrazó y lloramos juntas.

¡Mamá vamos al muelle, vamos al muelle!

Al llegar, solo unos palos flotaban en el agua y algunos postes aún se mantenían de pie. De repente alguien se acercaba a nosotros, mirándonos de lejos, acudió por si necesitábamos ayuda. Entonces, nos contó sobre una tormenta tremenda que había sucedido en el lugar y aunque esas rocas supervivían de hace mucho tiempo las desgastó el mar y las inclemencias del tiempo. Como así también aparecieron otras en otros lugares… y el muelle había supervivido demasiado…

Él, los había tragado para siempre.

Volvimos en silencio, nada para preguntar, nada para decir.

El día de mi cumpleaños amaneció hermoso, estaba en la librería cuando Milena me llama por teléfono para invitarme a comer afuera, yo la pasaría a buscar por el liceo.

Sentadas frente a frente, me toma de las manos y me pide que no trabaje de tarde y accedí, avisando a mi empleado de confianza que se haga cargo.

En el camino a casa Milena hablaba y hablaba, no sé que contaba, de pronto me pregunta si me sucede algo. - No sé le contesté, pero tengo una tristeza que viene del mar, -las dos tenemos tristezas que vienen del mar, dijo Milena.

Entramos abrazadas a la casa y ella me dijo que me tape los ojos, y a la orden de abrirlos, no podía creer lo que veía. Era la roca, bellísima rodeada de olas, era el atardecer en el mar y yo en mi altar, impecable.

Un cuadro enorme en la pared principal de la sala. Comencé a temblar y lloré, lloré mucho, mucho, mucho. Indudablemente Milena era un ángel que alguien me la había mandado, y que solo yo sabía quién era.

Todos los que venían a mi casa tenían que ponderarlo, y yo contaba la historia como si fuera una novela.

El tiempo fue pasando, un día mi hija me encuentra llena de papeles y cuadernos viejos, toma una hoja y dice- son poesías, poesías referidas al mar, ¡qué belleza, me encantan! Y se puso a leer una y otra.

Y como mi hija era la gestora de ideas, al otro día amaneció con una que, me estremeció. Hay que publicar todas tus poesías y pensar en el nombre del libro.

Todo fue muy rápido, inesperado, la tapa del libro era tal cual el cuadro. Y todo me parecía un sueño, algo mágico, maravilloso.

Está lloviendo, ha pasado tanto tiempo, Milena ya es una profesional, casada, y pronto me dará un nieto.

Me senté frente al cuadro y penetré en él. Me ví sentada en la roca frente al mar, oí su sonido, el chillidito triste de las gaviotas y me embriagué de sus olores.

Las palabras erectas se alinearon y la poesía más hermosa, jamás escrita, estaba a punto de nacer.

Junto al mar he visto, oído y sentido tanto, pude también palpitar el dolor del mundo así también la alegría y la felicidad.

El mar me mostró sus ángeles y sus demonios.

El día declina, y semidormida acaricio la piel del agua, penetro a la hora cero de la humanidad y me embriago de eternidad.
               

María del Carmen Borda de Kondraski, Paysandú, Uruguay- (1945). Jubilada por maestra de Educación Especial y profesora (ANEP Y CODICÉN), maestra de educación de adultos, trabajó en la empresa UTE diez años (convenio ANEP- UTE), por concurso. Trabajó como profesora – Instructora de Educación de la Empresa, se jubila también con ese cargo. Actualmente profesora de los talleres literarios de la Intendencia de Paysandú de niños y mayores; vivió siete años en Canadá y sus tres hijos viven en ese país del norte.Escritora y poeta, tiene ediciones en narrativa, de cuentos, poesías, ensayo, teatro, novela.














miércoles, 20 de marzo de 2019

Dulce milagro.






                                                              Juana de Ibarbourou



El dulce milagro


¿Que es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
Mi amante besóme las manos, y en ellas,
¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el encanto
y de dicha alterno sonrisa con llanto
y bajo el milagro de mi encantamiento
se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:
"¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
¡Dice que en las manos le han nacido rosas
y las va agitando como mariposas!"

¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
un milagro de éstos y que sólo entiende
Que no nacen rosas más que en los rosales
y que no hay más trigo que el de los trigales!

Que requiere líneas y color y forma,
y que sólo admite realidad por norma.
Que cuando uno dice: "Voy con la dulzura",
de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me encierren
que con siete llaves la puerta me cierren,
que junto a la puerta pongan un lebrel,
carcelero rudo carcelero fiel.

Cantaré lo mismo: "Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen".
¡Y toda mi celda tendrá la fragancia
de un inmenso ramo de rosas de Francia!



Raíz salvaje



Me ha quedado clavada en los ojos
la visión de ese carro de trigo
que cruzó rechinante y pesado
sembrando de espigas el recto camino.

¡No pretendas ahora que ría!
¡Tu no sabes en qué hondos recuerdos
estoy abstraída!

Desde el fondo del alma me sube
un sabor de pitanga a los labios.
Tiene aún mi epidermis morena
no sé que fragancias de trigo emparvado.

¡Ay, quisiera llevarte conmigo
a dormir una noche en el campo
y en tus brazos pasar hasta el día
bajo el techo alocado de un árbol!

Soy la misma muchacha salvaje

Que hace años trajiste a tu lado.


Como la primavera

Como una ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor aspiraste,
diciéndome luego:
-¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿ Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras
porque acaso en ella exprimiste un zumo
retinto y espeso de moras silvestres?
¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
¿Que perfume usas? Y riendo te dije:
-¡Nintuno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera.
Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!


Despecho


¡Ah, qué estoy cansada! Me he reido tanto,
tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es un rastro extraño de mi risa loca.


Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos de viejo abolengo)
es por la fatiga de la loca risa
que en todo mi cuerpo su sopor desliza.

¡Ah, qué estoy cansada! Déjame que duerma;
pues, como la angustia, la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
Ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos,
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto...


Te doy mi alma desnuda


Te doy mi alma desnuda,
como estatua a la cual ningún cendal escuda.

Desnuda con el puro impudor
de un fruto, de una estrella o una flor;
de todas esas cosas que tienen la infinita
serenidad de Eva antes de ser maldita.

De todas esas cosas,
frutos, astros y rosas,
que no sienten vergüenza del sexo sin celajes
y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.

Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena
¡que tuviera una intensa blancura de azucena!

Desnuda, y toda abierta de par en par
¡por el ansia del amar!



La hora


Tómame ahora que aun es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aun es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora que calza mi planta ligra
la sandalia viva de la primavera.

Ahora que mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después..., ¡ah, yo sé
que ya nada de eso mas tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo,
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aun es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no mas tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?



Vid
a garfio


Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
Alboroto divino de alguna pajarera
O junto a la encantada charla de alguna fuente.

A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
Donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
Alargados en tallos, suban a ver de nuevo
La lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
Más breve. Yo presiento
La lucha de mi carne por volver hacia arriba,
Por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
Podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
En medio de las sombras estrujadas y prietas.

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
En la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
Yo subiré a mirarte en los lirios morados!


Como una sola flor desesperada


 Lo quiero con la sangre, con el hueso,
Con el ojo que mira y el aliento,
Con la frente que inclina el pensamiento,
Con este corazón caliente y preso,

Con el sueño fatalmente obseso
De este amor que me copa el sentimiento,
Desde la breve risa hasta el lamento,
Desde la herida bruja hasta su beso.

Mi vida es de tu vida tributaria,
Ya te parezca tumulto, o solitaria,
Como una sola flor desesperada.

Depende de él como del leño duro
La orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
Que sólo en él respira levantada.


La higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...

Por eso,
cada verz que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
-Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
-Hoy a mi me dijeron hermosa.




Juana de Ibarbouroupoetisa uruguaya considerada una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX. A los veinte años se casó con el capitán Lucas Ibarbourou, del cual adoptó el apellido con el que firmaría su obra. Comenzó su larga travesía lírica con los poemarios Las lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922), todos ellos muy marcados por el modernismo.
Su temática tendía a la exaltación sentimental de la entrega amorosa, de la maternidad, de la belleza física y de la naturaleza. Por otra parte, imprimió a sus poemas un erotismo que constituye una de las vertientes capitales de su producción, en 1929 fue proclamada "Juana de América" en el Palacio Legislativo del Uruguay.


(Juana Fernández Morales; Melo, Uruguay, 8 de marzo de 1892 - Montevideo, 15 de julio de 1979)