lunes, 13 de abril de 2020

El poniente






Enrique Estrázulas


Habíamos mirado la muerte de un violento crepúsculo punzó. Estaba anocheciendo. Palpitaba la bóveda en lo alto, silenciando su rojizo caer.
Anochecía.
Junto a los ranchos de los pescadores titilaba un boliche amarillo. El viento del noroeste envilecía los gritos de los lobos, el ruidaje del celo en la isla. Y la farola en la rompiente tiraba chorros de luz sobre imaginarios navíos. Los médanos cantaban, retrocedían con las sombras, parecían arrastrar restos de taperas.
Íbamos tristes y admirados, extrañando quién sabe qué, con la deseada noche sobre el pensamiento. Llevábamos apetito de alcohol, de tabaco, queríamos agarrar los vasos gordos y verdosos, beber la caña fuerte que traían del Chuy. Entramos embarrados y mudos.
Tenía un mostrador alto junto a la puerta de arpillera, un patrón desdentado, sin palabras, hierático.
Los dos bebíamos sin prisa, tratando de acomodar el corazón, el ánimo. Yo miraba la arpillera con la esperanza de descolgar alguna estrella, abstraído en la ilusión inútil de aquel cielo tapado.
Capagorry estaba callado, sabiéndome así, también.
A él se le cayó la vista en el horizonte invisible de la Punta del Diablo. Yo seguí absorto en el colgajo aquel, la arpillera que apenas movía el viento.
Así era: tomar caña en un raro boliche del poniente.
El silencio duró; hizo su voluntad.
-Dónde andará el flaco... -dije por cariño, sin esperar respuesta.
Supe que él también pensaba en lo mismo.
-Dónde andará... -dijo y agregó-: ¡cómo le gustaría estar con nosotros!...
-Pucha... si le gustaría.
-Si habrá tiempo -dijo él-... si habrá tiempo para ser amigos. Eso me dijo la última vez que lo vi.
-Ese flaco...
-Nunca vino al Polonio.
-No, nunca.
-Ya vendrá.
-Sí que vendrá...
-Lo vamos a traer un día.
-Sí, hermano -le dije-, estate tranquilo que vendrá.
-Qué amigo...

El viento se empeñaba en crecer. Allí. Pasando por encima de ranchos despeinados, castigando el único gesto de la desolación. Sólo el viento se oía.
El patrón estaba allí, más alto que nosotros, como sin existir, obedeciendo.
-¿Tomamos otra? -propuso Capagorry-, digo... pa' despuntar la tristeza.
-Sí, otra.
Me acordé entonces de una mujer. Así, en ese lugar, es imposible no pensar en ellas. Se lo dije. Me escuchó usando la tabaquera y armó cigarros para los dos. Al rato, con la tercera vuelta, poblamos el boliche con palabras y toses. Muy pronto, aspirando tabaco seco, hubo más tos que palabras. Y otra vez el silencio.
-Si habrá tiempo para ser amigos... eso me dijo -repitió Capagorry-, si habrá tiempo...

Se oyó muy claro el paso de un caballo, trote que también tragó el viento.
-Dónde andará... -dije otra vez.
-Vaya a saber...
-¡Qué lindo!
-Sí... si viniera.
-Vendrá, un día va a venir.
El farol a mantilla amagó apagarse en el techo. El patrón arrimó un cajón para alcanzarlo. Le dio bomba y el suspiro volvió. Pedimos otra.
-Lugar raro esta punta...
-Y alucinante.
-Sí.
-Casi ni creo... ni creo que haya otro.
-No, no hay.
La puerta de arpillera chicoteó, se hizo un ovillo. En el boliche entró todo el celaje. Y así quedó la puerta, balanceando hilachas. Nos acercamos a mirar estrellas, con los vasos llenos. Una media luna rosada como un gajo de melón había remontado las dunas.
Sentí, como una puñalada, un recuerdo.
-Tranquilo.., hermano.

-Mirá... mirá el paisaje -me dijo-. ¿No te parece que le gustaría'?
-El paisaje, la caña, la luz de este boliche.
-Todo... es cierto.
-Dónde andará...
Extasiados en los astros, en el lejano vuelo de la arena, agotamos la vista. Volvimos al mostrador. Nos echamos adentro otras dos cañas.

-En fin... ¿vamos saliendo?
-Vamos.
La luz del farol cedía.
-Está pago -dijo el patrón.
Era lo primero que le oía decir fuera de "noches", "día" o "tardes": sus lacónicos saludos. Insistimos, tratamos de preguntar por qué.
-Está pago -repitió, malhumorado, seco. Había que irse.
-Vamos.
-Noches.
Me sorprendió un vaso desbordado de caña, quieto en el ángulo donde no habíamos estado. Salimos al viento.
-¿Qué pasó?...
-¿Eh?
El viento nos volaba la voz.
-¿Qué habrá pasado? -grité, casi.
-No quiso cobrar... o yo qué sé.
-¿Quién pagó todo, entonces?
-El otro... el de la punta.
-¿La caña esa? A mí me pareció...
-¡Dejate de joder!
-¿Vos la viste, también?
-Sí, la vi. Hablá de otra cosa.
Capagorry perdió el equilibrio. Por poco caemos en el mismo pozo. El susto nos borró la obsesión. No quise volver a preguntar cuando seguimos a pie, sin linterna, más callados que antes. Me distrajo un olor a lobo muerto y aproveché para olvidar.
Íbamos caminando por un trillo de oveja. Un destello del faro nos mostró la rompiente, las grandes piedras olfateando el cielo. Le saqué un rugido al océano, algo que quise que dijera y lo dijo. Capagorry aflojó el paso al ver la casa.
Estábamos de vuelta.
-Yo te dije...
-¿Qué? -pregunté molesto.
-Yo te dije que a él le gustaría...

Entramos, por fin.
El portazo que di fue involuntario, como para borrar de un golpe la intemperie. Adentro estaban todos alegres, esperándonos con el fuego encendido.
El viento aún soplaba. Pero allí no se oía. Por suerte ya no se oía más.



EnriqueEstrázulas. Escritor, periodista, poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático uruguayo, es conocido principalmente por su obra de 1974 Pepe Corvina, de gran éxito en su país y que ha sido traducida a más de cinco idiomas. Publicó cinco libros de poesía, siete novelas, cinco libros de relatos, cuatro ensayos y una obra de teatro. Sus obras han sido traducidas al francés, inglés, griego, alemán y portugués.(9 de enero de 1942, Montevideo - 7 de marzo de 2016, Montevideo.)


Teatro vacío




Enrique Estrázulas


Cuando me fui de casa, Naranjo me dejó su cargo de sereno en el Teatro Circular. En realidad no era un cargo de sereno. Se necesitaba alguien que apagara las luces, trancara la puerta y durmiera en el teatro. Los actores temían que robaran el vestuario. Eso había sucedido otras veces.
Naranjo me llevó esa noche, a través del escenario, hacia los fondos de los camarines. En el último de ellos había una cama oculta por un montón de disfraces. Mi amigo los quitó de allí y barrió un poco la estrecha piecita sin puerta. Cuando terminó me hizo una señal para que entrara la valija (Naranjo habla muy poco) y me dio las llaves de la puerta de calle. Luego me enseñó todas las disposiciones de los juegos de luz que yo debía apagar cada noche. Finalmente, en la puerta, nos dimos la mano y le agradecí que me hubiera conseguido techo.
-Una vez que cierres no le abras a nadie- me recomendó y se fue trepando la acera de Rondeau, rumbo a la plaza.
Le di dos vueltas seguras a la llave y después empecé a apagar las luces del teatro. Estaba muy triste por haber dejado a mi esposa y mis hijos hacía pocas horas. Pero me sentía resuelto a seguir solo.
En la oscuridad atravesé el escenario, valiéndome de la débil llama de un fósforo. Tuve que encender varios fósforos para llegar al último camarín donde estaba mi cama. Los camarines (los otros) se veían llenos de galeras, de fracs, bastones, miriñaques y tules. Seguramente se usarían en la obra que estaba en cartel. Prendí la luz del camarín. Como no había ropero dejé todo en la valija. Mc saqué la ropa y la fui poniendo en una silla, cuidadosamente. Después me introduje en la cama, así, como con miedo, sin quitarme las medias. Hacía frío. Leí un diario que había encontrado en la boletería, sufrí recordando algunas cosas y poco a poco vino el sueño.
La canción venia del escenario. Eran las tres de la madrugada cuando encendí un fósforo y miré el reloj. Esperé un rato. Ya dormitaba cuando volví a oír el canto de una mujer. La voz tenía algo de viento, un no sé qué de copa vibrando. No podía entender el idioma en que cantaba. Me pareció raro que alguien se pusiera a ensayar a esa hora. Además, los actores no tenían llave individual.
Eso me había dicho Naranjo.
La música me rememoró de golpe el lejano dedo de mi abuela girando en los bordes del bacará. Eso me hizo agradable la interrupción del sueño. Pero yo debía levantarme, ir a ver si efectivamente había alguien en el escenario. Por algo era sereno.
Lo hice en puntas de pie, sin siquiera encender un fósforo, lo hice despacio y a tientas. Creo que llegué al borde del círculo. La mujer seguía cantando en el aire íes, oes, úes. Comprendí que no cantaba en ningún idioma. Como yo no veía nada, fui gateando entre las sillas hasta dar con la escalerita que conducía al tablero de luces. Por allí subí, siempre sin hacer ruido, disfrutando de los sonidos, del canto.
Las llaves las ubiqué al tanteo. Encendí de golpe.
No había nadie en escena y la mujer dejó de cantar. Entonces apagué otra vez y aguardé con la esperanza de que la voz volviera. No escuché nada, ni un solo rumor.
Al fin, cansado de esperar, me fui a dormir.

Al otro día le comenté el suceso a Naranjo. Dijo que nadie pudo entrar a esa hora, que era una simple fantasía.
En el café de la esquina yo siempre esperaba que terminaran los espectáculos. Me gustan los teatros, pero no el mundo particular de los actores. Cuando el teatro se vaciaba, yo volvía. Esperaba que sé fuera el último y entonces cerraba. Nunca nadie golpeó luego del cierre. De manera que yo me llevaba el diario de la boletería al camarín y esperaba acostado que viniera el sueño.
El sueño tardaba, pero al final venía.
No habían pasado tres noches cuando el canto volvió. Yo lo sabía. Tal vez había vuelto la noche anterior aunque mucho más bajo para no despertarme. Otra vez el alma de una fina copa tocaba el aire. Me pareció más prudente vestirme esa vez, sin encender la veladora para no perturbar.
Salí del camarín a oscuras, memorizando el rumbo.
Mi temor era tropezar, advertir con algún ruido a la cantante. Por fin llegué al escenario con los zapatos en la mano. Lo fui bordeando sin pestañear. Un párpado mío podía interferir aquel vibrar celeste. Cuando acaricié la primera silla me senté sin que crujiera ella ni mis huesos.
Las cinco vocales giraban en el espacio silencioso. Subían y bajaban. Al bajar parecían tocar el polvo dormido en el teatro. Si se elevaban llegaban tan alto que abandonaban el lugar. La que cantaba era (debía ser) una mujer divina. Esas notas no podían salir de ningún ser que no fuera idéntico a la voz.
En la silla tuve el impulso natural de toser. La tos, en el teatro, es irremediable. Soporté la picazón en la garganta y la superé tragando saliva. Muy quieto, seguí inmerso en el bálsamo. Era el único auditor de un recital trasnoche.
En eso sonó el teléfono de la boletería.
La mujer dejó de cantar y yo encendí un fósforo. No había nadie en escena. Maldije la llamada y crucé el escenario para atender. Era Naranjo para decirme que había resuelto sus problemas con el teatro, que se reintegraba al cargo, que al otro día yo tenía que irme.
Esa noche, la última, nadie volvió a cantar.


EnriqueEstrázulas. Escritor, periodista, poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático uruguayo, es conocido principalmente por su obra de 1974 Pepe Corvina, de gran éxito en su país y que ha sido traducida a más de cinco idiomas. Publicó cinco libros de poesía, siete novelas, cinco libros de relatos, cuatro ensayos y una obra de teatro. Sus obras han sido traducidas al francés, inglés, griego, alemán y portugués.(9 de enero de 1942, Montevideo - 7 de marzo de 2016, Montevideo.)


El veranillo de San Juan







Enrique Estrázulas


Nunca me fijé en el tipo que leía en el muro. Bueno fuera que cuando había trabajo una se pusiera a mirar esas cosas. Era el hazmerreír de las otras muchachas, pero a mí no me daba ni risa ni pena. Yo elegía la esquina del bulevar donde la noche era más sucia y, aunque estaba cerca de él, jamás cambiábamos una sola palabra. Él buscaba la luz del farol y yo el costado de la penumbra. Pero nunca pensábamos en nosotros ni nos importaba un comino qué hacíamos a esa hora.
El traje que él usaba tenía un no sé qué de diario viejo. Yo me lo imaginaba oxidado, al traje, a él, al libro que leía. El libro me hacía acordar al fondo de una licorera que era de mi tía. El licor se había ido quedando del color del libro desde el día en que mi tía murió. Y yo nunca miraba la licorera porque me daba un poco de asco, igual que él y que el libro.
Él o el muro, para mí daban lo mismo.
A veces yo salía antes del crepúsculo y el tipo ya estaba instalado. No sé por qué un día se me ocurrió que, a pesar de todo, el desgraciado me traía suerte. Era una buena esquina y el barrio era de quintas.
Algunas veces lo oía reír. Él se reía del libro (una risa como un aplauso), de las cosas que diría el libro y una no iba a andar preguntándole. No me molestaba que se riera ni que llorara, como le pasaba otras veces. Por mí... que hiciera lo que se le antojara. Nunca nos habíamos mirado la cara y yo   hacía meses que estaba en el oficio. Me levantaban muchos autos. El, ni sacaba la vista del libro o de los libros que eran todos del mismo color no sé si a causa del farol o de qué, aunque sospecho que era siempre el mismo libro color licor de huevo. Los autos me levantaban o me dejaban de vuelta en el mismo sitio. En verano había más trabajo, más gente en la calle.
Alguna vez, de día, yo lo había visto sentado en otros muros. Pero de noche buscaba el farol. Ese bichicome era del barrio; de eso estaba segura. De lo que no estaba tan segura era de que fuera un bichicome porque los bichicomes no leen. De repente, si no fuera porque leía, yo lo hubiera sacado a pedradas de abajo del farol en alguna noche de bronca. Y la otra cosa era que nunca se metía, nunca decía nada.
Era, como quien dice, una estatua.
Cuando se iba a dormir era fácil darse cuenta. Los dos ruidos venían casi juntos: el del libro que se cerraba y el del salto en la vereda. Caminando parecía un bicho, con aquel sombrero y aquellos pantalones por encima de los tobillos sin medias, los talones torcidos y el temblor en la mano izquierda.
No era viejo, pero parecía un viejo.
En las noches de lluvia no estaba. Yo me quedaba sola en el refugio de la parada, un refugio de chapas donde el agua rebotaba como un tamboril. Las lluvias empezaron en otoño. Entonces el trabajo era menos. Los días corrieron parejos con el agua. Estuvo lloviendo casi todo el mes y, por suerte, esa lluvia caliente no espantó demasiado a los hombres. Durante esos días no lo vi. Después empezó el frío y no tuve más remedio que alargarme las polleras o ponerme pantalones. Yo siempre dejaba afuera la mitad de las nalgas y un pedazo de bombacha metiéndose entre ellas. Cualquier brisa, cualquier ademán para agacharme dejaba ver todo aquello. Fue lo que hice mientras duró el verano en que pude vivir sin apremios.
Al final del otoño fui a los bares del puerto. Pero a ese puerto apenas llegan barcos y el único negocio es estafar extranjeros. Los bares estaban llenos de changadores.
Por eso volví a la esquina.
En mayo tiritaba de frío. Alguien había roto el farol de una pedrada y el tipo del libro no estaba más.
La verdad es que en ese momento, tal vez por el frío, supongo que nos hubiéramos contado algunas cosas. Eso se me ocurrió cuando el tipo ya no estaba más y entonces volví a creer en aquello del principio: él me traía suerte. Porque ahora no estaba y yo me moría de frío, sentía hambre y no había un solo auto que parara por mí.
Había noches en que yo ni siquiera salía de la pensión porque me daba cuenta que era inútil, que no tenía sentido pasarme la noche en una esquina. En eso pasé el invierno, yendo de la esquina al puerto y del puerto a la esquina. No tuve más remedio que volver al puerto porque en El Ancla estaba más abrigada. Me dejé explotar por un estibador haciendo las mesas y dándole la mitad de lo que ganaba. Pero de vez en cuando volvía a la esquina, por las dudas, cuando la noche era más tibia, aprovechando el tiempo.

Fue durante el "veranillo de San Juan" cuando pasó aquello. No me olvido porque el calor arrancó justo en la fecha y todas estábamos contentas. En esta ciudad nunca reparan nada y las calles se confunden de rotas. Pero al farol lo habían arreglado, brillaba como el oro viejo, y el pobre tipo estaba otra vez sentado en el muro, leyendo lo de siempre. Se había olvidado de sacarse el sobretodo negro, con hilachas colgando, se había olvidado que, de repente, en pleno invierno, aparecía el verano. Así lo quería un santo.
Yo volví a lucir las nalgas, la gordura provocadora de mis piernas. Y el trabajo volvió con todo, igual que antes.
"Ojalá que nunca se baje del muro" -pensaba.
Sentía ganas de embalsamarlo ahí.
Fue largo el veranillo. Cayó un chaparrón fuerte y otro más, seguido de lentos aguaceros. La noche en que granizó me imaginé que se iba el calor junto con el pobre tipo aquel.
Nosotras siempre usamos amuletos: la rubia Gladys usa una pata de conejo, Mabel un crucifijo y Liz una herradura en el llavero. Cuando empezó la granizada él corrió conmigo hacia el refugio de las chapas. Tenía el sombrero lleno de piedras heladas y unos ojos de bambi que nunca le había visto. Bastó que me mirara con esos ojos para que yo me diera cuenta que el amuleto mío tenía que ser él. Pero como yo no tenía plata para comprarlo lo único que podía pedirle era que siguiera en el muro, que yo le iba a pagar por estar sentado ahí.
Éramos los únicos en el refugio de las chapas.
-Oiga... -le dije-. Después de este granizo viene el frío. ¿No es cierto?
-Contésteme... -insistí-. ¿Cuánto dura el verano de este invierno?
El tipo se rió. Como yo no sé hablar, pensé que había dicho una pavada. Eso creí.
-¿Por qué me lo pregunta? -dijo, por fin, sin contestarme nada.
-Porque usté lee, por eso le pregunto.
El tipo se volvió a reír y yo empecé a enojarme. Me hizo sentir como una idiota. Lo peor que me pueden hacer es no contestarme.
-Dígame... -le dije-. ¿De qué se ríe?
-De mí... -dijo, triste.
-¿Por qué?
-Todos se ríen de mí. ¿Por qué no me puedo reír yo también?
-Yo nunca me reí de usté. Usté me trajo suerte...

Me di cuenta que hablar no servía para nada. Entonces le mostré un poco las piernas, el pedazo de bombacha, medio culo, levanté los pechos y me acomodé los pezones. El miraba todo. Estuve segura de que lo empezaba a calentar, que esa era la mejor manera de atraerlo.
-Yo no le voy a cobrar a usté -le dije y me le acerqué un poquito más.
De repente abrió el sobretodo y yo me metí adentro. Le pregunté sí quería tomar un taxi y con un gesto me dijo que no, que no necesitaba. La granizada había parado pero llovía mucho todavía. El sobretodo tenía mal olor, algunas estampas pinchadas con alfileres. No sé hacia qué lugar me llevaba encerrada en el mismo abrigo. Yo no veía nada. Caminamos muchas cuadras sin decir palabra. Yo sólo oía la lluvia.
Me metió en una de las quintas del barrio. La casa estaba llena del mismo olor del sobretodo, se venía abajo por la vejez y la humedad.
Nos acostamos en una cama de bronce, bastante hundida y muy ruidosa. Me amó hasta más no poder, sin gritos ni jadeos, con los ojos cerrados, hasta que se durmió encima mío. Cuando abrió los ojos de bambi (esos ojos eran lo único   lindo que tenía, todo lo demás era sucio y deforme) ya estaba amaneciendo y yo le pedí que esa noche volviera al muro. Le dije que lo amaba, que por favor volviera, que me cuidara desde allí, leyendo el libro, le dije otras mentiras y me seguía mirando.
Como asombrado me miró una hora.
Ahora me sigue por las calles, me espera a la salida de los bares del puerto, oculto en las recovas, hecho un ovillo. Lo tuve que mandar a la mierda porque mi desgracia siguió apenas llegó el frío. Él no tenía nada que ver con mi suerte, él no era más que el desgraciado del muro. Pero me manda estampas (de aquellas estampas que vi en el forro de su sobretodo) y sigue jodiendo, agazapado en todas partes.
Me sigue como una araña, espiándome el culo que nunca volvió a tocar, haciendo de cornudo detrás de cada puerta. El otro día lo saqué a pedradas del muro porque ya no lee más. Se sienta a mirarme como una lechuza. Y me dio un poco de lástima porque en el apuro por disparar se dejó el libro.
El libro amarillo, dedeado, se llama La Santa Biblia y por la dedicatoria me enteré que es el sacristán de una iglesia del lugar. Mañana se lo pienso devolver aunque, pensándolo bien, sería mejor dejárselo en el muro. No creo que nadie se lo lleve de ahí pero si se lo roban me voy a sentir peor y si voy a la casa va a empezar otra vez a seguirme por las calles. De manera que no sé qué hacer con este libro aquí, ahora que empiezan otra vez los truenos y el viento revuelve los tarros de basura y el temporal se viene y yo no sé.


 EnriqueEstrázulas. Escritor,  periodista. poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático uruguayo, es conocido principalmente por su obra de 1974, Pepe Corvina, de gran éxito en su país y que ha sido traducida a más de cinco idiomas. Publicó cinco libros de poesía, siete novelas, cinco libros de relatos, cuatro ensayos y una obra de teatro. Sus obras han sido traducidas al francés, inglés, griego, alemán y portugués. En 1968 creó el semanario Brecha con un grupo de amigos.  Trabajó en el diario montevideano El Día y colaboró con otras publicaciones rioplatenses como El País, La Opinión y Somos. A estas actividades se sumó su experiencia como agregado cultural en distintas embajadas uruguayas (Roma,  París, Buenos Aires). Estrázulas contó que la anécdota en la que se inspiró para escribir "Pepe Corvina" ocurrió cuando él tenía seis o siete años. 

"Nunca podía pensar, cuando escribí 'Pepe Corvina', que con ese libro iba a recorrer el mundo. Cómo podía imaginar toda la historia que vino a partir de un pescador que vi una sola vez en mi vida, en la puerta de mi casa, en Tabaré 2116, con una lata herrumbrada en la mano, diciéndoles a mi padre y a mi tío: Este es el mapa del Paraíso Terrenal". Escribió la novela a los 31 años.

( 9 de enero de 1942, Montevideo - 7 de marzo de 2016, Montevideo.)

viernes, 10 de abril de 2020

Sosa


Hugo Bervejillo


El bar estaba por cerrar. Era una de las peores noches del invierno.

La lluvia, en ráfagas, barría la calle y hacía temblar la puerta de madera y vidrios, vieja y desvencijada.

Sosa, el propietario, estaba acodado sobre el mostrador.

A veces la puerta se abría, sola, de golpe, por obra del viento, y los pocos parroquianos suspendían el viaje del vino hacia la boca y bajaban la voz hasta que alguien se levantaba y la cerraba y todo volvía a aquello en lo que estaban: los hombres, a convencer a las mujeres, y éstas, a estirar el momento.

Entonces la puerta se abrió una vez más y entró aquel hombrecito de los ojos febriles, y los bigotes y la barba desprolijos.

Estaba vestido de negro, y despeinado.

-Soy la Muerte- dijo-, y todos aquí van a morir.

Pero solamente le llegó el silencio y la mirada de los parroquianos, serena, e indiferente. Sosa lo miró de costado, sin dejar de fregar el vaso recién lavado.

Alguno tal vez pitó y dejó ir el humo por boca y nariz, un humo perezoso, como de incensario.

-Nadie puede conmigo. Soy un Invicto. Cuando yo paso, todos tiemblan: las mujeres se abren de piernas y los hombres se van a baraja- y paseó la mirada por la sala, midiendo el efecto de las palabras-. Cuando tomo, rompo el vaso, y atrás mío queda el luto y nada más.

Es posible que alguno de los parroquianos volviera a mirarlo de soslayo, pero era cierto que las mujeres bajaron la vista a la mesa porque temían mirar a la Muerte, y los hombres quedaron mudos y pensativos, y era casi como si lo estuvieran escuchando.

-Quién de ustedes- dijo- puede saber si no vengo de su casa, porque no hay mujer que no quiera conmigo si yo quiero con ella. Y no hay macho, alerta o borracho, que no me haya entregado su secreto si yo se lo pedí. No hay mujer que no sea puta si yo se lo exijo.

Y entonces terminó de hablar y encendió un pucho que tenía en la mano, con aire triunfal, más pálido, todavía, que cuando entró al bar, calibrando por entre las volutas la admiración que creía advertir.

Atrás de las palabras, otra vez el silencio, y esta vez, la quietud total de los vasos y las copas.

Entonces Sosa, el bolichero- que era la Muerte-, lo hirió de lejos sin ningún ademán.

El hombrecito cayó al suelo, descubierto en su vanidad, y miró a todos pidiendo auxilio, pero los demás vacilaron, porque nunca habían visto a la Muerte herida y, menos, pidiendo auxilio.

Encogido y débil, el hombrecito trataba de levantarse y no podía.

Daba lástima.

-Me muero- dijo-: ayúdenme.

Entonces, con voz recia, y mientras acomodaba de un golpe el repasador contra la máquina de café, Sosa levantó la voz, amenazador:

-¡Vamos, macho: a morir afuera!

Mientras el hombrecito se arrastraba penosamente hacia la puerta, los parroquianos continuaron sus conversaciones, gratificados por el calor tibio y el galope de la sangre en las venas, porque la Muerte ya no estaba en evidencia y todo volvía a ser como antes.

Anónimo y moribundo, el hombrecito desapareció detrás de la puerta.

Algunas parejas se decidieron por buscar un hotel, y otras demoraron un poco más, haciendo planes; pero antes de que pasara mucho rato, el boliche quedó solitario y silencioso, mientras afuera soplaba el viento frío.

Sosa, atrás del mostrador, hacía números en un papel, y cada tanto, tachaba un nombre.



Puchos







Sobre una pequeña franela violeta se puede leer:“Severino Villamide. Campeón Sudamericano de Foot-ball. Año 1926.”
Y la tarjeta de cartulina, blanca, abajo, que dice: u$s 200.oo.
La mesa está contra la ventana. Tiene un mantel gris oscuro, apropiado para lucir todo esto que figura prolijamente encima, casi en orden geométrico.
en un susurro, alguien le pregunta al de su costado ¿será de oro, nomás?.
Un poco más atrás de esta medalla está ubicada una foto de Severino Villamide, que es una ampliación de un recorte de diario.
Nadie de los que caminan por la casa lo conoció ni tiene idea de qué rasgos son los dos su cara, pero  es posible saber que se trata de Villamide porque está su nombre al pie de la foto, dominando una pelota con el pecho entre dos jugadores de otro equipo, en una cancha ignota, con pocos espectadores.
Algo más arriba, en la pared, está, también ampliada, otra foto de diario, donde Villamide integra un grupo de jugadores, al sol, contra una pared encalada: todos sonrientes, todos vestidos como para salir a la cancha, pero luciendo una peinada como para llegar a un baile, tal vez estrenando equipo nuevo, alegres como chiquilines.
Quizá Villamide supiera de qué año era esa foto, y pudiera identificar a todos los integrantes- claro: allí estaban el Ruso, Melgarejo, el Cochemba, el Mono-, pero Villamide no estaba ni estaría, porque había fallecido el año anterior, -aunque su memoria había estado dormida los últimos cinco o seis años- y entonces no era posible saber quiénes eran ni qué edad tenían, ni en qué puesto se desempeñaban ni qué historias tenían consigo.
A un costado, del lado de la chimenea de piedra, figura la camiseta  del Universal, y al costado, la del Reformers, dos rarezas, que apenas duraron sobre la mesa poco más de cuarenta minutos, porque dos finlandeses de apariencia exótica las compraron sin chistar.

“¿Quinientos Dólarres” preguntaron como queriendo verificar o eludir errores. ¿quinientos dólarres?. Y ya no pudieron moverse, apretados por los demás que habían entrado detrás, en ese malón sorpresivo e incomprensible de gente- la mayoría europea- que, avisada por la prensa, concurrió a comprar los recuerdos de Villamide, pertenecientes a una época en que ellos mismos no habían nacido.

Al día siguiente, el comentarista radial que se refirió a aquella feria, dijo enfáticamente que los europeos compraban aquello porque estaban sedientos de gloria, de esa gloria que solamente el fútbol uruguayo había sido capaz de conquistar, y por eso querían rozarla comprando reliquias.

También se exhibieron los zapatos de Villamide.
Eran dos mazacotes de cuero, cosido como si el tano zapatero hubiera querido inmovilizarlos para llevárselos presos. El agua y el barro- y el uso prolongado- los habían deformado, transformándolos en algo grotesco, oscuro, de aspecto fatigado.
Hasta ese día, solamente Villamide los había mirado con afecto, porque fue el que los tuvo en los pies tantos años: él sabía qué origen tenía cada muesca en el cuero, o cuántas veces había tenido que cambiar los cordones- y alguien notó, entonces, que eran de colores diferentes-, o antes de qué partido dejó de pasarles grasa cruda de vaca.

Pero los nietos de Villamide habían puesto elegantemente aquellas cosas ruinosas de cuero sobre un mantelito de terciopelo con una tarjeta que decía que con aquellos zapatos toscos, Villamide había disputado la final del Campeonato Mundial en 1930- era fama que con el zapato izquierdo estuvo a punto de abrir el marcador con un tiro furibundo, apenas a diez minutos de comenzado el partido-, y, finalmente, abajo, en caracteres que no dejaban ninguna duda, se había dibujado la cifra de  seiscientos cincuenta dólares.

Mentira  dijo Zaldombide, que estaría viejo, pero tenía una memoria fantástica; y además estuvo en aquella final: se había vestido al lado de Villamide  : ya en la final del Veintiséis, él empezó a usar unos tarros nuevos que le trajo Barlocco de Italia  y dejó de hablarle a su hijo y miró rencorosamente a los nietos de Villamide  : éstos, son unos tránsfugas.

Pero antes de media hora, un inglés de lentes sin montura se los llevó, alucinado, como si llevara la Corona de la Reina.

Tal vez Villamide hubiera podido explicar – era el único que podía saberlo- que aquellos tamangos lo habían acompañado desde Intermedia hasta Primera, desde las canchas de Jacinto Vera y Capurro hasta Buenos Aires, Río de Janeiro  y Valparaíso, pasado por el Estadio Centenario.

Con esos únicos zapatos corrió por la cancha del Solferino, del Charley, del Albion, del Güánder; con ellos había hecho calistenia en El Fortín, en el Parque Central, bajo techos de chapa; y se había embarrado en la cancha del Dublín y en el Campo Chivero de Parque Batlle.

Pero eso sólo lo hubiera podido contar él mismo, y ya estaba bajo tierra desde el año anterior.

Otra rareza era la medalla que consagraba a Villamide como Campeón de 200 metros llanos en el Sudamericano de 1919, noticia que conmocionó a los europeos, que se apelotonaban delante de esa mesa, con ademanes de asombro. Uno de ellos, después de varios minutos de discusión enconada con otro, se la llevó por 300 dólares, envuelta en una servilleta de papel, porque no tenía estuche.

Al lado, otra medalla algo más grande lo consagraba como integrante del equipo que ganó el vicecampeonato sudamericano de fútbol en 1918, en Santiago de Chile, y delante, la foto encuadrada del equipo celeste ganador de la Copa Cusenier en 1913.
El cronista deportivo que hablaba por radio comentó al día siguiente que a Uruguay le sobraban gloria y trofeos y que Uruguay continuaría ganando Copas, porque la historia manda y tiene sus favoritos.
Además  resopló Zaldombide  Villamide estuvo en la final del Treinta, pero como invitado especial,  para cantar con la guitarra en la concentración y cebar mate en el vestuario, porque las tabas, a esa altura, ya no le daban más. Pero sabía aconsejar a los muchachos. Mentira, eso de que jugó.
Los nietos de Villamide sonreían detrás de la mesa donde se apiñaban los compradores, que no los veían por atender todo aquel muestrario del viejo gladiador, reliquias de una época pasada y gloriosa.
En aquellos tiempos sí que se jugaba al fóbal, comentaba en la esquina, un vecino enterado.
En aquella época, las medallas de oro eran de oro, y no pintadas, como ahora le deslizó el comerciante a su esposa, dos casas por medio.
Cuando, unas dos horas después, ya quedaba la mitad de los artículos que se habían expuesto al principio, fue que trajeron la pelota con la que se jugó la final del Treinta, y un zapato de fútbol- único- que los nietos definieron como perteneciente a Héctor Scarone.
Pero el propio Villamide se hubiera escandalizado por el error: cómo no se daban cuenta que ese tamango era dos puntos más grandes que los que calzaba El Héctor.
Nabos.
aquella era su posesión más valiosa y más secreta.
Cuando la Selección uruguaya volvió de Colombes con el título Olímpico- que entonces era un título Mundial-, Argentina, enconado rival desde treinta años antes, los desafió para un partido amistoso que se jugó en cancha de Barracas, donde ganó con un gol de corner que tiró Onzari.
Después del partido se dieron de trompadas un buen rato hasta que la policía disolvió la fiesta, pero a Villamide le había quedado de recuerdo ese zapato, que era de Onzari, el que hizo el gol. Hubiera podido revivir el momento y hasta el color del sol de la tarde que se iba, cuando levantó el trofeo mostrándolo a los argentinos, que ya estaban sobre el portón con rumbo a los ventuarios, todavía cruzándose gritos y provocaciones.
¡Vení a buscarlo que te lo devuelvo en Montevideo!
Y también de la tristeza que lo empapó cuando se enteró de la muerte de Onzari, muchos años después. ¡Cómo hubiera querido poder devolverle aquel trofeo, y charlar   con él y hasta compartir  un asado y darle un abrazo, para poder olvidarse, los dos, de lo chiquilines que habían sido!.
Pero eso sólo lo hubiera podido contar él mismo, y ya no podía.

Afuera, sobre la puerta de entrada, Zaldombide escuchaba los comentarios de otros acerca del pase de un argentino a un club europeo por una cifra que superaba los veinte millones de dólares.

¿Y quién es ése?¿Qué títulos tiene?, masticaba, rencoroso.

Un canadiense, periodista en su país, preguntó a los nietos de Villamide qué era lo que guardaban para ellos, valioso, de todo aquel tesoro de recuerdos que estaban vendiendo. Los tres sonrieron y el mayor de los tres contestó que en realidad, lo estaban donando al mundo porque no podían costearse un Museo de su abuelo, como hubieran querido.

Mentira  volvió al ataque Zaldombide  éstos  venden todo para cobrar la guita. No valoran lo que hizo El Chueco porque éstos nunca supieron  parar una pelota: lo más lejos que salieron de la casa fue para ir a la despensa a comprar leche.
El  cronista deportivo dijo al día siguiente que Villamide pertenecía a una generación que había vivido en la pura gloria, para envidia del resto del mundo.
El remate de las cosas de Villamide terminó a la siete de la tarde y las ganancias netas fueron de unos muchos miles de dólares.
Los tres nietos, rato más tarde, se repartieron el dinero y solamente el menor comentó, midiendo su parte: pensar que con esto, papá, hace años,  hubiera podido comprar una casa para todos, y hasta le hubiera sobrado. Pero solamente el hermano del medio le dio una palmadita suave en la nuca, a manera de contestación.
Son unos cuervos, rezongó, malhumorado, Zaldombide, más tarde, cuando se estaba acostando.
Antes de que llegara la noche, la casa de Villamide quedó desierta y oscura. Sin muebles, el último portazo retumbó en todas las paredes.
En el piso quedaron varios puchos de cigarrillo, los cartones con los precios y en la boca del quemador de leña una pocas fotos, ya inservibles y un viejo reloj pulsera, roto.
Al día siguiente, también esto desapareció, barrido, y la casa quedó a la venta sin recuerdos, impersonal, anónima.












Regreso




                                   Hugo Bervejillo

Todavía con rastros de sueño en los ojos y en la cara fue que Mirta abrió, apurada, la puerta de la casa, y entonces.

Enrique, el marido, que estaba calentando café para desayunar, escuchó, en el silencio de la casa- y mientras se preguntaba quién carajo podía ser el que tocaba timbre a esa hora de la mañana-, la voz como ahogada de su esposa diciendo algo parecido a la locura. Pero: el tono, la voz quebrada: algo en la exclamación hizo que dejara la cocina y acudiera a sostener a Mirta.

Tampoco él pudo entender. Mirta estaba como congelada y a él no le fue mejor. Por la puerta abierta estaban entrando sus suegros, los padres de Mirta.

El viejo Daguerre, cabrero como siempre, entró protestando, mientras miraba a todos lados como tratando de conocer.

-¡Pero Mirta!: ¡qué hiciste! ¿qué hace esta mesa acá, y así? ¿Y estos muebles? ¡¿qué pasó acá!?

Ahí fue que se dio vuelta para hacerse acompañar, en la queja, por su esposa:

-¡Vos!: ¡mirá lo que hizo tu hija con la casa! ¿Eh?, ¿qué me decís? ¡Una joyita, tu hija!

La mujer paseaba los ojos por la sala y se le notaba el escándalo y una pena contenida. Mirta desistió de establecer comunicación con su padre dado el estado de exaltación que tenía, el mismo que tuvo siempre.

-¡Mamá!- casi susurró en forma desgarrada-: ¡¿qué pasó!? ¡decime!

Enrique se apartó un paso para dejar pasar al viejo Daguerre, con la sensación de que el mundo ya no era lo que siempre había sido, ni lo sería jamás de allí en adelante. Allí estaban los padres de Mirta, y tanto Mirta como él eran conscientes que estos viejos que tenían delante habían fallecido diez años atrás.

-¡Mamá, por favor!

El viejo Daguerre se fue para la cocina y desde la sala se oían las exclamaciones indignadas a medida que iba encontrando cosas que no conocía. Estaba demostrando tanta bronca que Enrique pensó ojalá siga así: capaz que se le dispara la presión y se muere de nuevo.

Mamá miró a la hija por encima de los lentes, con bastante de reproche:

-Tu padre tiene razón, Mirta, ¡mirá lo que hiciste con la sala! ¿Dónde pusiste el cuadro del abuelo que te regalamos? ¿Y el centro de mesa aquél, el verde, divino, que siempre estuvo aquí? ¿Y estos muebles, que son una porquería? ¡Y no quiero ver el resto de la casa!

Mirta estaba a punto de llorar. Todavía no se había soltado: desde que abrió la puerta un rato antes, se abrazaba a sí misma y al salto de cama, que entrecerraba, seguramente buscando mitigar el frío interior.

-Mamá, ¿qué pasó?

El viejo Daguerre, en la cocina, daba vuelta los cajones, tiraba cubiertos al suelo, abría y cerraba puertas de armarios, sacaba ollas y las ponía en el suelo, carajeaba.

Mamá miró a Mirta, y de repente, al acordarse, le cambió algo el humor.

-¡Ah, sí, te cuento! Es algo así como una franquicia. Hay tantas guerras por ahí, y de repente entró tanta y tanta gente allá, que alguien decidió hacer una franquicia, no sé. De sorpresa. De repente alguien, así, ¿viste?, fue y dijo ¿quién quiere volver? Y justo estábamos con tu padre por ahí, y dijimos ah, sí: bueno: nosotros. ¿No es de locos?

Justamente pensó Enrique, que ya tenía una puntada en el estómago.

En eso volvió el viejo Daguerre.

-Ah, no, m´hijita: no te podemos dejar sola. Andá- le dijo a su mujer-:fijate: tu hija tiró la casa por la ventana, y en cambio la llenó de mamarrachos. ¡Decime! –se dirigió a su hija-: dónde está la cama de matrimonio? ¿dónde está el ropero de casamiento que teníamos con tu madre? ¿Eh? Y la loza y la platería, ¿dónde están?     -¡Papá!- trató de contener Mirta- el ropero se lo quedó Cristina, la cama se la quedó Adhemar, el juego de cama…¡yo que sé quién se lo quedó! ¡Cómo querés que me acuerde!     Y ahí fue que se hizo un silencio grave, pesante, aniquilador.

La vieja Daguerre se puso al lado del marido y miró por primera vez a Enrique, casi como para darle a entender que, a pesar de que en vida jamás lo había aceptado, sí se había dado cuenta de que estaba presente en ese momento.

-Miren- los agrupó por primera vez el viejo-: la casa es mía porque la heredé de mis padres, así que vayan buscando dónde vivir. Todo lo que era nuestro se lo repartieron entre los tres hijos, de manera que saquen lo de ustedes y dejen la casa. Nosotros vamos a ir ahora a lo de Cristina y a lo de Adhemar a que nos devuelvan lo que tengan. Queremos todo lo que teníamos.

-Queremos todo lo que teníamos- repitió Mamá-.

Por esta noche- siguió el viejo-, pueden quedarse en la piecita del fondo, pero van a tener que dormir los dos en la cama chica- y ya iba a terminar pero se lo ocurrió algo más y lo dijo-. Ah, tu madre y yo queremos cenar solos.

Y se fueron.

Mirta corrió al baño y Enrique la escuchó llorar. El llanto de a ratos se parecía a las notas largas de un violín. Enrique fue a vestirse y a avisar a la oficina.

Mucho rato después Mirta salió del baño, todavía con los párpados inflamados, y fue a encontrar a Enrique, que fumaba sentado en una silla, la única que él recordaba haber comprado. Y por primera vez desde que vivía en esa casa, estaba tirando la ceniza al suelo.

Él se levantó y la abrazó silenciosamente.

-Tranquila, nena- le dijo después-. Tranquila.


Al día siguiente, Enrique se despertó tarde: había dormido poco y mal y solamente cuando estaba por salir el sol consiguió un sueño profundo.

Mirta estaba haciendo los bolsos: doblaba ropa y canturreaba con la boca cerrada, y a Enrique se hizo recordar a Madame Butterfly.

-¿Estás mejor?- le preguntó-.

-Sí- dijo ella, con una sonrisa-.¿Querés que te haga un café?

-¿Todo está bien?- preguntó Enrique, desconfiado de aquella paz- ¿Se solucionó algo?

-No- dijo ella, terminando de doblar una funda de almohada. Lejos, en la cocina, se oían gritos y voces airadas-: todo está casi igual, pero ya no me importa.

Enrique la miró, suavemente intrigado. Ella dobló otra funda.

-Llegaron los abuelos.


HUGO BERVEJILLO (Montevideo, 1948) En 1992 su novela Una cinta ancha de bayeta colorada (Proyección, 1992) integró la terna finalista del premio Bartolomé Hidalgo. En 1995 publica Basilio está en la frontera (Ed. Proyección).Como periodista y/o dibujante colaboró en el semanario Asamblea (1984/85 ), en La República (1989), en la edición dominical de La Hora Popular (1991). Fue responsable de la página cultural de La Juventud 1992/93).En febrero de 2000 obtiene una segunda mención en el Concurso organizado por la Intendencia Municipal de Montevideo con la novela El Ángel Negro. En noviembre de 2003 publica Cenizas y un gallo muerto (las siete latas ), Ed. Carlos Marchesi. En Octubre de 2005, publica la 5ª. Edición de Una cinta ancha de bayeta colorada (Rumbo Editorial).

martes, 14 de enero de 2020

Ignacio Suarez

 



    




   
De niño


Yo de niño viajaba por los ojos.
Me escapaba por el cine o la palabra
con puertas con porteros o con libros
que escondía debajo de las sábanas.
La felicidad / si existía /estaba lejos
al final de los rieles azulados
en noches cenicientas como heridas
por el cuchillo amarillo que pasaba
metálico y fugaz cual tren fantasma
o en la cruz ondulante de algún barco
en la honda y salada patria de agua.
Yo me iba de allá / del pueblo o casa /
por el sueño del circo o los gitanos
cabalgando hipocampos o pegasos.
También por el asombro permanente
de la poesía o en el prohibido amor
de una muchacha. Pájaro y canto.
La belleza en el aire de sus alas y en el
el renacimiento de la piel, ese milagro.



Aroma de tango


Un aroma de ti vuelve
en la tarde de sol cansado
de aire de otro tiempo.
Y sobrevuelan la memoria
herida las palabras no dichas
las copas compartidas,
los silencios…
Hay un color de tango
entre las piedras de la
calle Petrarca.
Si. Hay aroma de ti
y no hay regreso…


Lluvia del Salvo


Una vez más Enrique
el viento de la noche
golpea los postigos
araña las ventanas
y gira y gira grisazul
ante el Palacio Salvo
en su viejo ritual de
sudestada de memoria
de lluvia montevideana
de plaza independencia
viento de 18 y Andes
como en una película
de Gardel o de barrio
de vida blanquinegra
que erosiona desgasta
como el oscuro vaivén
del agua oscura como
de puerto o tango triste
agua del Río de la plata
en esta madrugada de
muertos y de barcos
de sueños naufragados
y una copa amarilla
bebida a tu salud como
un pequeño sol/ solcito /
me entibia el alma
y la garganta… (A Enrique Estrázulas)



La noche gira


La noche gira
La noche gira y gira
en mi habitación
del Palacio Salvo
como caballo de calesita
o casa de la infancia.
La noche gira y gira
fruta amarilla
/ amarga y afiebrada /
de luna ventanera
gatuna o agatada
y me susurra pianos
remedios o poemas
de azules y palabras.
Y un silencio tibio
como de viejo patio
gira y me dice
que lo que estaba está
insistidor y leal.
Y vuelve/ y vuelve /
infinito y sonoro
caracol de la mar
lento giro de noria
espejo del ayer girando
la lenta y montevideana
memoria trasnochada.


Ellas llegan de noche




Ellas llegan de noche y yo las siento
silentes en lo oscuro de la casa.
Sus levísimos pasos. A veces con
risitas o palabras apenas susurradas.
Unas miran mis manos / de principito /
dicen. Otras - yo ya sé cuáles son -
me levantan la sábana y mi sexo
otra vez es mirado con ojos picarescos.
Unas miran mis pies lo que anduvieron
la vida tras sus pasos. Miran sus mapas
de puntos invisibles y me acarician las
penas y cansancios por el arte de andar
sobreviviendo a toda vela y desvelado.
O ese otro oficio empecinado y loco:
El de estar aún -y todavía- parado ente
la vida intentando cambiarla, que no es
poco. Unas llegan de elegantes salones
tan bellas y tan finas y a la moda. O de
calles cubiertas de panfletos de gritos
de consignas y de banderas rojas.
Unas con letras de niños en cuadernos
y otras de manos de arcoíris y pinturas.
Unas con caras de libros y vigilias.
Otras de fronteras imprecisas o planos
superpuestos… Pero todas desnudas.
Buscando como hasta ayer buscamos
por la piel el alma sin adioses. La paz
y la alegría. Y en las luces ocultas
de memorias profundas como océanos,
en las alas abiertas de orgasmos cual
jazmines / o en los besos no dados /
el pan tibio de Dios y las ternuras
que rompan para siempre con las duras
soledades el silencio y los naufragios.
Son los duendes alados de mis amores
pasados. Mis amantes, mis muchachas
compañeras. Las oficiantes de la dulce
magia, íntima de secretos y misterios.

Ellas llegan de noche y yo las siento.



                                          Aparicio y la niña


 Alguien me contó que su abuela le contaba:

Tenía trece años. Había que evacuar
Melo por un ejército profesional
salvaje y colorado. Llovía.
Yo iba con mi familia sentada
en el pescante de un charré o landó
de vestido y zapatitos blancos.
Un hombre comandaba la estampida
/ a los gritos / de barba y poncho mojados.
Yo vi en los estribos de plata sus pies
descalzos. Al verme, asombrada de mirarlo,
tan dulcemente sonrió cuando pasó a mi lado.
Todavía lo recuerdo . Aparicio cabalgando
vuelve / desde la infancia / en una mezcla
de aromas conmovedor y extraño:
Huelo a tierra mojada y a lavanda,
a hombre y a caballo…


Hotel Cervantes


Yo dejé mi reloj
para pagar la cuenta
una mañana…

El crujiente ascensor.
Los largos corredores.

Nos esperaba la habitación
que desveló a Cortázar.
/la puerta condenada/

Los aromas añejos
de la infancia de Borges
/que estaban, también
en el Aleph/ estaban.

Y allí, entre las frías sábanas
los pisos de madera
y el oscuro ropero
con una luna opaca,

mi voz / oliendo al alcohol/
buscaba /entre las sombras/
tus labios en esa madrugada.

Y el niño que lloraba
llora /todavía/
en la pieza vacía de al lado…

           (del libro Tango por dos, 2010)


Ignacio “Nacho” Suárez (Rocha, 1944) es poeta, docente, periodista y productor. Ha vivido en Buenos Aires, Madrid, México D.F. y Londres. En la actualidad reside en Montevideo. En poesía ha publicado los libros Casi tango (2007), Pájaros azules y otros tangos (2009) y Tango por dos (Botella al mar, Buenos Aires, 2010, en coautoría con Alicia Bederián, con prólogo de Horacio Arturo Ferrer),

Entre sus letras debe destacarse “Los boliches”, “María de las esquinas” y “Poeta al Sur”, que integraran el repertorio de Alfredo Zitarrosa.  Es miembro correspondiente de la Academia Argentina del Tango, por lo que ha impartido numerosas charlas y conferencias sobre el tema