martes, 6 de septiembre de 2016

Lo que usted quería saber sobre lo que yo estaba haciendo el día que mataron a John Fitzgerald Kennedy y no se atrevía a preguntar



                                       Mario Delgado Aparaín

Por estos tiempos es bastante frecuente que algún periodista le formule a los sobrevivientes, preguntas del estilo de “¿Qué estaba haciendo ustedel 16 de julio de 1950 cuando Uruguay derrotó a Brasil en Maracaná?”o “¿Dónde estaba usted cuando ocurrió el Golpe de Estado del 8 de febrero de 1973”
Por algún curioso fenómeno de la memoria colectiva, décadas después, las implicaciones de algunos acontecimientos históricos continúan afectando a los muchos millones de personas que aún recuerdan dónde estaban en el preciso momento en que escucharon la noticia del impactante acontecimiento, cuyo recuerdo perdura de un modo a veces tan insospechado y minucioso como involuntario. Digo esto porque maldita la razón por la que yo tendría que recordar, cincuenta años después, qué diablos estaba haciendo la tarde del 22 de noviembre de 1963, cuando en Dallas, Texas, mataron a balazos al presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, considerado por algunos cerebros del Norte como “el más importante de los crímenes no resueltos del siglo veinte”. Pero muy a mi pesar (y lo digo porque preferiría ocupar los estantes de mi memoria con recuerdos mucho más sustanciales que estos), lo recuerdo bastante bien. Incluso aún tengoen mi mente las imágenes emitidas por un televisor de pantalla lluviosa en blanco y negro, que mostraba el gigantesco Lincoln negro desplazándose por las calles de Dallas, en el preciso instante en que el presidente sentado en el asiento trasero, caía mortalmente herido sobre el regazo de Jacqueline Bouvier, convertida a partir de aquel instante en la más atractiva y conmovedora viuda del planeta.

II

Al otro lado del Cerro Ventura (más conocido hoy como Cerro de Artigas), en las afueras de la ciudad de Minas, estaba el tambo pobre de la tía Silvana, la mujer más hermosa que yo haya conocido en mi vida. Ahí vivía yo y era el único estudiante que iba al liceo a caballo. La tía tenía un hijo que se llamaba Aparicio y al que apodábamos Keny, que estudiaba medicina en Montevideo. Mi primo Keny iba a Minas los fines de semana y la pasábamos haciendo maravillosas historias de mujeres y revoluciones. Luego, al atardecer del domingo, Keny se volvía en su motoneta Vespa a Montevideo por la Ruta 8.
Fue el 22 de noviembre de 1963, a la salida del liceo que me enteré de que ese día habían asesinado a John Fitzgerald Kennedy en los Estados Unidos.
Recuerdo perfectamente que aquella tarde iba en mi yegua colorada bajando el cerro Ventura, cuando al otro lado de la falda divisé a la tía Silvana dando vuelta tierra con una pala de dientes en la chacra donde plantábamos papas, boniatos y zapallos. Suponiendo que en aquel momento ella no tenía la menor idea de la tragedia que había ocurrido al otro lado del mundo, detuve la yegua en la bajada y le grité con todas mis fuerzas:
– ¡Tía, tía, mataron a Kennedy!
Ella levantó la cabeza, se afirmó en la pala de dientes y exclamó horrorizada:
-¿Cómo?… ¿Qué mataron a Keny?
– ¡Noo…! – grité más aún,tratando de enmendar el error -¡A Kennedy! ¡Mataron a Kennedy!
La tía levantó la pala en el aire y con furia la tiró lo más lejos que pudo, mientras gritaba con fuerza:
– ¡Y a mi qué carajo me importa!
Entonces me bajé de la yegua y la abracé muy fuerte para tranquilizarle el alma.

III

Uno de esos informes daba cuenta de su última pesquisa sobre el asesinato de John Kennedy, tras escuchar una conversación entre Cañahueca y Sineipuatié en el Tropical.En Minas habían dos “agentes secretos” que siempre andaban juntos por la ciudad, tratando de capturar comunistas y tupamaros, dos tipos que se caracterizaban por entrar separados a la Jefatura, para que nadie se diera cuenta de que eran de “la secreta”. Uno era rubio y le llamaban Cañahueca y el otro era negro y lo apodaban Sineipuatié porque decían que era “idéntico a Sydney Poitier” y había quienes en los círculos de la policía aseguraban que ambos iban a clases particulares de inglés con el profesor Marmo, porque “estaban a punto de ingresar a trabajar en el área periférica de la CIA” como le llamaban por entonces a América latina. Los dos eran fanáticos de las películas policiales del cine Doré y vestían de trajes oscuros y ajustados de alpaca brillante, como los agentes de “Los asesinos”, aquella película con Burt Lancaster y Edmond O´Brien, basada en uno de los mejores cuentos de Hemingway. Después de pedir documentos a la salida del cine, aquellos hombres de la ley solían refugiarse en el Bar Tropical para jugar al “fubolito” e intercambiar información para confeccionar “la extensa lista” de sospechosos de la ciudad. Nunca se dieron cuenta de que un avezado periodista del diario La Unión los seguía cada vez que podía y se las ingeniaba para intervenir en sus conversaciones y sacarles información para el diario. Ese periodista era Milton Fornaro, el primer escritor de carne y hueso que conocí y que por aquellos tiempos ya escribía formidables cuentos e informes sobre las invasiones norteamericanas en América Central.

Aquella noche en el mostrador de bar, mientras compartían una cerveza, Fornaro les dejó caer una carnada de las finas y quien no tardó en picar fue Cañahueca.
“¡Qué cagada se mandó el abombado del Harvey Oswald!”, dicen que dijo el periodista de La Unión¨”.
“¡Qué Jarveiosual ni que ocho cuarto!”, dicen que saltó Cañahueca con su proverbial suficiencia. “En Minas nadie sabe más que los mormones. Y los “huevos” (así les llamaban peyorativamente a los hijos de Utah, porque siempre andaban de a dos) me dijeron que, con toda seguridad, fue un plan combinado de la Mafia y de la CIA, porque ellos siempre trabajaron juntos y nunca se les escapó nada. Muñeco que marcaron, muñeco que cayó al suelo” Todo esto lo puso Fornaro en aquella crónica memorable que se publicó por aquellos días en el diario La Unión, agregando una lista de “muñecos” asesinados como Patrice Lumumba y Moisés Tsombe, por citar algunos de los que habían caído a manos de los muchachos de la Agencia y de la Mafia.
“Así que para vos fue una conspiración”, dicen que dijo aquel notable cronista minuano. “Bueno, no estoy en posición de denegarlo. Los asesinos no comercian con sentimientos” cuentan que fue la enigmática respuesta de Cañahueca.
Tiempo después, a fines de 1964, los voceros de la famosa Comisión Warren informaron al Congreso de los Estados Unidos que Lee Harvey Oswald había asesinado al presidente Kennedy solo y sin ayuda.
Por supuesto, nadie les creyó. Es más, cinco años después, el Comité de Asesinatos del Congreso informóque Kennedy fue asesinado probablemente como resultado de una conspiración encabezada por los jefes de la Mafia norteamericana.
Es decir, una vez más, aquel ojo de lince de Cañahueca había tenido razón: el asesinato del presidente estadounidense fue planeado y realizado por un grupo reducido de conspiradores de los cuales hoy, más de la mitad, dicen, ya han sido asesinados.

IV

A menos de ochenta kilómetros de la ciudad de Minas, en la Estación Ortíz, vivía el “Canario” Bouvier. Le decían “Canario” no porque viniese de las islas Canarias – de hecho descendía de inmigrantes franceses- sino por el simple hecho de ser un trabajador del campo. Era un hombre muy alto, afable y adusto. Es decir, un buen hombre, solidario y de pocas palabras. Un amigo que trabajaba en la Escribanía Zafaronni-Arrospide y que, entre otras cosas, atendía los negocios rurales del “Canario” Bouvier, me contó que un par de días después del asesinato en Dallas del presidente de los Estados Unidos, el “Canario” se apareció en la escribanía y con una expresión severa y apesadumbrada, le dijo al escribano Arrospide: “Maneco, parece que antes de ayer mataron al marido de mi prima…”
Luego, hizo los trámites que venía a hacer en la oficina notarial y se volvió a la Estación Ortiz. Tardó mucho tiempo en volver a Minas. Y no solo que nadie le creyó lo de su prima, sino que no faltó quien sospechara que andaba mal de la cabeza. La tal prima a quien le habían matado el marido, no era otra que Jacqueline Bouvier, la viuda reciente del presidente de los Estados Unidos.

V

Sin embargo, los incrédulos tuvieron que retractarse y mucho por haberlo subestimado. Ocurrió el día en que llegó a la escribanía la documentación de una importante herencia de “cientos de acres” de pinos en Alaska, que una parte de la numerosa familia Bouvier le había legado al “primo” de la Estación Ortiz. Y dicen que, desde entonces, el “Canario” Bouvier vive en las heladas tierras de los alrededores de Anchorage, cuyas postales de “Anchorage en abril” -si se las compara con las de Minas en el mismo mes-, pueden provocarle a uno, una seria crisis de melancolía.
Ahora, la verdad sobre quiénes y porqué mataron al marido de la prima del Canario Bouvier, aún están por esclarecerse. Tal vez pueda lograrse alguna información al respecto recién en el año 2017, cuando se abran al público los archivos clasificados del Caso Kennedy.
De lo contrario, todo esto corre serios riesgos de convertirse en leyenda.

MARIO DELGADO APARAIN / EXCLUSIVO LARED21



Mario Delgado Aparaín,nació en  Florida,  en 1949. 
Escritor, docente, periodista y gestor cultural, es autor de seis libros de cuentos, y de
 seis novelas.  La balada de Johnny Sosa (1987, Primer Premio Municipal de Literatura de Montevideo), Por mandato de madre (1996, Premio Foglia de Novela), Alivio de luto (finalista del Premio Internacional Alfaguara y del Premio Rómulo Gallegos 1998), No robarás las botas de los muertos (Premio "Bartolomé Hidalgo" de la Feria Internacional del Libro de Montevideo, 2003.En el año 2002, recibió el Premio Instituto Cervantes del Concurso "Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional, por el cuento Terribles ojos verdes. 



El cumpleaños de Jesús Pelayo




                                    Mario Delgado Aparaín


Con un zapato negro y el otro marrón, la chaqueta de fino cuero noruego remendado en el hombro donde carga la maleta de lona con las botellas de vinos seleccionados, el Conde de Caraguatá, más conocido como don Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para las Personas Pobres del Parque, abandonó el Parque de los Aliados y tras cuarenta minutos de caminata descansada, llegó hasta el final de la calle Cerrito en la Ciudad Vieja, para saludar en su viernes de cumpleaños a un viejo amigo abandonado por la fortuna. Se trataba de don Jesús Pelayo, un marino asturiano a quien, allá por el año dos mil dos, le fue mal en un negocio de contrabando y decidió no trabajar nunca más.
Cuando llegó al lugar, luego de sortear dos pisos desfondados y los escombros de tres paredes derrumbadas, se encontró con que la reunión ya había empezado. En el centro del antiguo patio español, cubierto hasta principios de los años sesenta por una amplia claraboya que ahora daba paso entero a la luz de la luna, un hombre, una mujer y seis gatos barcinos, departían alrededor de un discreto fuego alimentado por las tablas partidas de un cajón de bananas de la firma “Ruiz y Robaina”.
Excepto los seis gatos, que continuaron echados entre los cajones, los dos se pusieron de pie para saludar al Conde de Caraguatá, a quien esperaban no sólo por su siempre disfrutable presencia, sino también por que él, cuando acordaban este tipo de encuentros, se reservaba para sí la difícil misión de traer el vino para la cena.
- Jesús… ¡Qué gusto verte, muchacho, en esta noche de viernes! ¡Qué los cumplas con salud y ni te pregunto cuántos!
El asturiano oriundo de Cangas de Onís, un hombre de respetable estatura y barba rubia e hirsuta al estilo de los astures salvajes del año 716, le dio un formidable apretón de manos, dejó escapar una ronca risa de ron del Caribe y lo invitó a sentarse a su lado.
- Hombre, que toda la Ciudad Vieja ha estado esperando por ti y como te habéis demorado, solo hemos quedado nosotros para recibirte.
El Conde dejó con cuidado la maleta de lona en el suelo y se presentó como gustaba hacerlo siempre: como Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para Personas Pobres.
Cuando llegó a la señora, una mujer de aspecto caucásico, de unos sesenta años y a quien apodaban “La Rusa”, Jesús Pelayo creyó oportuno detenerse en su presentación y le explicó que la flamante amiga se llamaba en realidad Ekaterina Fonamor, que descendía de la mismísima familia del zar Nicolás y que para librarse de persecuciones y pescuezos rebanados, su padre y su abuelo habían vuelto del revés el apellido Romanof y allí estaba, sana y salva en el puerto de Montevideo.
La señora asintió con una sonrisa milenaria, volvió a sentarse sobre un cajón acolchado con una vieja frazada y se dedicó a armar un tabaco “Cerrito”, concentrada en sus pensamientos.
El Conde comprobó que a la luz del fuego, la mujer aún era bella y sospechó una historia entre ella y el asturiano, pero su discreción le impedía abordar esos asuntos, por lo menos enseguida. De modo que tomó asiento y olfateó la olla que reposaba sobre una parrilla de alambre, absolutamente negra por el tizne. Algo que hervía y olía a orégano y tocino en su interior, le llevó a frotarse las manos con satisfacción adelantada.
- Esto me huele muy bien, Jesús… ¿De qué se trata?
- Que te tengo una sorpresa, Pedropé… En realidad, a los dos se las tengo – dijo, girando los ojos desmesurados entre el Conde y “La Rusa” – Que hoy es mi día y en estos tiempos de homenaje a Don Quijote, quiero deciros que cumplo el mismo día que él: un viernes, joder, un viernes…
- Qué boba soy, no me había dado cuenta… – dijo ella, con ironía bonachona.
- Y… ¿Cuál es la sorpresa entonces? – preguntó el Conde.
- Piensa, hombre, piensa… Que no por linyeras debemos privarnos de ciertos gustos – dijo Jesús, a las risas de ron, mirando la olla en la que la tapa corrida un tanto, dejaba escapar chijetes de vapor que sumaban al ambiente aires misteriosos de laurel.
- Me rindo… Me rindo antes que se queme…
- Pues lo digo de memoria: “…Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda…”
El Conde de Caraguatá y Caballero de la Orden de Achar, don Pedro P. Pereira, abrió los brazos con admiración de gloria y los ojos con incredulidad de hambre llana y lisa.
- ¿No me querrás decir que estás cocinando lentejas, muchacho?
- A eso iba cuando te invitaba a pensar. Joder que eres lento, Conde…Pero esto no termina aquí… – dijo en voz más baja, jugando con los silencios del misterio, mientras levantaba la tapa de la olla – A falta de palominos del domingo, he conseguido tres palomas de viernes en la Plaza de Don Mauricio de Zabala, que sin plumas y con ajo, saben igual de sabrosas. Y además, una pata de cordero abandonada por un ingeniero hoy al mediodía en una mesa de “El Palenque”… Para tenerla, hice el sacrificio de esperar cerca de cuarenta minutos, de pie, viendo pasar comida y más comida, hasta que el mismo chez me vino a atender en persona. Y allí he visto que vosotros los uruguayos no sois afectos al ovino. Y el cordero en tiempos de Don Quijote era comida de nobles, pero no la vaca que era de pobres…
El Conde, tocado en el honor, se agachó, revolvió en la maleta de lona y extrajo tres botellas de vino, idénticas y por la mitad.
- Pues creo que estaremos bien acompañados – dijo levantando una de ellas a trasluz del fuego – Aquí tengo un “digestivo” de maravillas… Mmm… Un tintillo Tannat – Merlot, 2002 de la bodega de Fornaro, que agradará a su paladar en particular, señora Ekaterina…
- ¿Por qué le parece eso?
- Bueno, tal vez por las notas de ciruela que tiene y unos magníficos taninos suaves, tersos, redondos, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros…
- Barbaridad… – dijo ella con más asombro que al principio – Apúrate con ese guiso, Jesús, que no como desde anoche.
El gigantesco astur retiró la olla del fuego y la dejó reposar a su lado para que se enfriase un tanto, pues detestaba las comidas hirvientes. Su barba parecía abrillantada en la penumbra.
El Conde le dedicó una mirada hipnótica a la olla abierta en la que asomaba sobre el caldo la pata de cordero.
- Lentejas… – dijo – Qué fantástico…
- Bueno, en realidad, el noble manchego no debería haber comido jamás lentejas los viernes pues, antiguamente, se creía que las lentejas daban melancolía y que, más temprano que tarde, llevaban a la pérdida de la cordura como le ocurrió de verdad al Ingenioso Hidalgo.
- ¿Cómo sabes todo eso, Jesús? – preguntó “La Rusa”.
- Porque en tiempos de marinero, me leí a bordo a Cervantes de cabo a rabo. Y es que es raro el capítulo del Quijote en que no haya un pasaje referido al comer o a la cocina. Y así tan famosos son los molinos de viento, como las hambres por las que el bueno de Sancho atraviesa por ser fiel escudero de su señor.
Mientras hablaba, Jesús Pelayo iba sirviendo el guiso en tres platos de aluminio abollados, sin cuidarse de chorrear el suelo entre sus pies. El Conde de Caraguatá, mientras tanto, sirvió a cada uno un vaso del Tannat Fornaro que había cargado en la maleta.
- Jamás hubiera imaginado que ese libro diese tanta hambre… – bromeó el Conde.
- Ni que lo digas, Pedropé, ni que lo digas… A poco de empezar a leerlo solo te faltan los olores de sus andanzas, hombre, pues se viene al humo un montón de palabrejas que se te caen las babas de solo pensarlas: perdices escabechadas, hígado de cerdo, morteruelos, gazpachos de pastor, tiznaos, mojetes, arropes, mostillos… Y si quieres más, Pedropé, tienes caldereta de cordero, patatas con conejo, ajoarriero, ajopringue de la Sierra de Alcaraz y aquí me quedo, porque si hablo no como, hombre…
- Que ya es hora de que te des cuenta, charlatán… – dijo “La Rusa”, encorvada sobre el plato.
Y así lo hicieron en silencio durante dos vueltas de guiso de lentejas. Los tres comieron y bebieron a la luz del fuego, mientras los gatos comenzaron a despertar, a estirarse en sí mismos y a esperar por los huesos de las palomas de Don Mauricio de Zabala.
Al fin, el Conde Pedro P. Pereira dejó el plato a un lado y vació el vaso de vino con estudiada lentitud antes de hablar.
- Jesús… ¿De postres ni hablamos, verdad?
- Pues sí, hombre, pues sí… ¿Qué historia contigo? Que tenemos una noche cervantina ¿no? Si mal no recuerdo, leche frita, natillas almendradas, rosquillas, empiñonados, mazapanes y mantecados, son algunos de los dulces que Don Quijote saboreaba. Pues aquí tengo y no me preguntéis de dónde los he conseguido, tres bizcochos borrachos con miel de Canelones a falta de miel de La Alcarria. Uno para cada uno. Muy apreciados por el caballero andante, si señor…
El Conde no salía de su asombro. Degustaba el bizcocho como un niño, se chupaba los dedos y levantaba los ojos al techo donde debió haber estado, en algún tiempo del siglo pasado, una coqueta claraboya de vidrios esmerilados.
Y justo a los postres, por aquel hueco desdentado en las alturas de la Ciudad Vieja, se dejó ver de pronto sobre el caserón, entera, la luna llena.
La rusa Ekaterina, encogida sobre el asiento improvisado y con las rodillas muy juntas, se quedó extasiada mirando hacia arriba como si tuviese frío. Conmovida, sin abandonar la imagen de la luna, lagrimeaba en silencio.
- Vamos… ¿Qué le ocurre a mi amor? – preguntó el gigantesco astur Jesús Pelayo, acercando su cabeza a la de ella.
- No sé, Jesús. No sé qué me pasa… Tal vez ganas de ir juntos a San Petersburgo… Seguro que ese vino me ablandó el corazón…
El Conde de Caraguatá levantó la maleta de lona, metió dentro los envases del vino y dijo que la cena había estado fantástica y que ya era hora de retirarse. Jesús Pelayo cubrió los hombros de Ekaterina con una vieja gabardina y luego acompañó al Conde hasta la calle.
- ¿Crees que el vino le hizo mal, Jesús?
- No es eso, Pedropé… Es la melancolía de las lentejas y no hay caso. Que si abusas, te pasará lo que a Don Quijote, hijo…
El Conde le dio un abrazo de despedida y se echó a andar por la calle Cerrito bajo la luz de la luna. A medida que se alejaba de la Ciudad Vieja, hablaba solo, imaginaba a Jesús Pelayo cobijando a la rusa Ekaterina entre sus brazos de astur salvaje del año 716 y al fin, su propia melancolía se fue disipando hasta desaparecer por completo. Es más, parecía que aquellos taninos del vino, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros, sobrevivirían el tiempo suficiente como para llegar hasta su refugio en el parque y dormirse en paz, sin pensar en Don Quijote.


Mario Delgado Aparaín,nació en  Florida,  en 1949. 
Escritor, docente, periodista y gestor cultural, es autor de seis libros de cuentos, y de
 seis novelas.  La balada de Johnny Sosa (1987, Primer Premio Municipal de Literatura de Montevideo), Por mandato de madre (1996, Premio Foglia de Novela), Alivio de luto (finalista del Premio Internacional Alfaguara y del Premio Rómulo Gallegos 1998), No robarás las botas de los muertos (Premio "Bartolomé Hidalgo" de la Feria Internacional del Libro de Montevideo, 2003.En el año 2002, recibió el Premio Instituto Cervantes del Concurso "Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional, por el cuento Terribles ojos verdes. 

A la deriva







                  Horacio Quiroga


El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de p

alo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.



Horacio Quiroga, 
narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias .(Salto 1878  - Buenos Aires 1937)

Las voces queridas que han callado

                          



                                               Horacio Quiroga

                                                                

Hay personas cuya voz adquiere de repente una inflexión tal que nos trae súbitamente a la memoria otra voz que oímos mucho en otro tiempo. No sabemos dónde ni cuándo; todo ello fugitivo e instantáneo, pero no por esto menos hondo. La impresión, sobrado inconsistente, no deja huella alguna; y justamente lo contrario fue lo que nos pasó a Arriola y a mí, cierta vez que veníamos de Corrientes.

El muchacho tenía diez u once años. Era delgado, pálido, de largo cuello descubierto y ojos admirables. Estaba en el salón, sentado con varios chicos a nuestra mesa vecina, y cuando oímos su voz Arriola y yo nos miramos. Era indudable: habíamos sentido la misma impresión; y tan bien la leímos mutuamente en nuestros ojos que aquel se echó a reír con su portentosa gravedad local.

-¡Pero es sorprendente! -le dije-. ¿A usted también le ha hecho el mismo efecto?
-¡El mismo! ¡Es una voz que he oído mucho, pero mucho!
-Sí, y una voz querida...

-Y de mujer...


-Muerta ya ...


Coincidíamos de un modo alarmante. Lo que él observaba era exactamente lo que sentía yo, y viceversa. Estábamos sinceramente inquietos. Cada vez que el muchacho decía algo -con sus inflexiones falseadas de voz que está cambiando- tornábamos a mirarnos. ¡Pero dónde, dónde la habíamos oído! Yo había evocado ya en un segundo todas las voces más o menos queridas, y es de suponer que Arriola no había hecho cosa distinta. Y no la hallábamos. Mas a cada palabra del chico sentíamos que nuestros corazones se abrían estremecidos de par en par a esa voz que remontaba. ¿De dónde?

Había algo más: ¿por qué ambos sentíamos lo mismo? Bien comprensible que él o yo hubiéramos amado mucho a una persona muerta cuya voz renacía en la garganta de muchacho débil. Pero los dos, al mismo tiempo...
-¡Qué notable! -murmuraba Arriola, sin apartar sus ojos de los míos, mientras oíamos-. ¡Estoy seguro de que he querido locamente esa voz!
-Yo, igual. ¿Cómo diablos hemos amado a la misma?...
Consideramos todo lo que es posible de tal rareza, y cuando tres días después llegábamos a Buenos Aires, Arriola se separaba de mí con la certeza de que en la bella mirada del chico había algo más.
Como, en concepto general, dudo de las manifestaciones de Arriola cuando son excesivas, no sé hasta qué punto pudo él haber oído la imploración de su alma a esa muerta voz de amor que llegaba otra vez a acariciarla. Pero sé de mí que mi corazón habíase abierto con ansiosa sed de toda la dicha que ya conocía y tornaba a prometerle su inflexión.
Yo no recordaba ninguna mujer que hubiera tenido ese timbre. Haberla amado en una existencia anterior, y justamente en compañía de mi amigo, era bastante inadmisible, tanto como en esta suposición: la personita -debiendo haber sido mujer, predestinada a un cuádruple amor, de Arriola y yo a ella y de ella a ambos- había nacido equivocadamente varón.
Mas corrieron veinte días. Arriola había vuelto a Corrientes, y haciéndolo yo a casa, una tarde, vi pasar al muchacho en cuestión. Lo llamé.
-¡Buenas tardes, compañero de viaje! ¿Te acuerdas de mí?
El chico se puso colorado, muy contento.
-Sí; usted venía con un señor... De voz muy gruesa...
-Eso es. ¿Vives aquí? En Barracas...
Díjele que fuera a verme a casa al día siguiente, y esa noche telegrafié a Arriola:
Encontré muchacho. Voz igual.
Y la respuesta:
Alégrome. No olvido impresión. Averigüe algo.
Tenía probablemente más interés que él de saber. Había vuelto a sentir la sacudida primera y, para mayor turbación, a las respuestas del muchacho mi alma respondía con un eco de amor, como si antes, antes hubiera tenido las mismas de ella.
No es, sin embargo, sensato permitir que el propio corazón cree y llore por su cuenta amores que ignoramos en absoluto. Decidí hacer hablar al chico y que me mirara bien con sus bellos ojos... ¡Sus ojos!... Me detuve bruscamente. ¡Eran ojos de mujer, sin duda! Y si su hermana tiene la misma voz y la misma mirada... Una predestinación de raciocinio, en verdad. Pero claro se nota que el nuevo giro -pudiendo ser tan absurdo como los anteriores- era al menos extraordinariamente agradable.
Un día después el chico venía a verme. Supe que eran pobres, que él se emplearía, por supuesto, si no debiera trabajar mucho porque no era fuerte, y que en efecto tenía una hermana.
Cuatro horas más tarde llegaba a su casa, dos pobres piezas en Barracas. La madre mostrose muy agradecida a mi solicitud, pero la muchacha no tenía los ojos del hermano dueña, en cambio, como de una enagua de bombasí, de una doméstica y robusta voz.
Al oír mi nombre, la madre mirome con atención y discreto cariño.
-Perdóneme la indiscreción, señor Correa: ¿su familia es de Mercedes?
-Sí, señora.
Volvió a observarme detenidamente.
-He conocido mucho a su papá...
Salí lleno de curiosidad por el inesperado giro de mi amor muerto, y torné al telegrama, esta vez a mi madre:
Conoces familia R.? Escríbeme en seguida.
La carta llegó, bastante agria, por otro lado, para la aludida. La familia había vivido en mi pueblo natal, más o menos en la época del nacimiento de mi amiguito, y ella, mi madre, no tenía fuertes motivos para querer a la del chico.
¡Roto, mi encanto! Mi alma se había equivocado buenamente, sintiendo dulzuras de amor femenino en las inflexiones de una voz que no era sino hermana suya.
Y en ese momento me acordé de golpe: ¿Y Arriola? ¿Qué tenía que ver Arriola con todo esto, y por qué él también había sentido?...
Como se ve, la nueva complicación era suficientemente grotesca para motivar otro telegrama, esta vez urgente y recomendado:
Muchacho acaso pariente mío. ¿Qué hacemos de usted?
A lo que Arriola respondió:
No sea estúpido. Abrazos.


Horacio Quiroga,  (Horacio Silvestre Quiroga Forteza)  cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista.​ Sus relatos a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, como enemiga del ser humano. (Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937)

lunes, 5 de septiembre de 2016

Yaguaí


                                       Horacio Quiroga


Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra –un sólido bloque de mineral de hierro– y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox–terrier. Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija. El perro giró nuevamente alrededor, resopló en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no impedía un sistemático olfateo a ambos lados del sendero.


Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la depresión de la atmósfera acompaña falta de aire, tornábase imposible en un día de viento norte. Era éste otro flamante conocimiento del fox–terrier, en quien luchaba aún la herencia del país templado –Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya–, donde sucede precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba inmensamente la respiración. Y como los perros transpiran muy poco, Yaguaí apreciaba cuanto es debido al viento evaporizador, sobre la lengua danzante puesta a su paso.



El termómetro alcanzaba en ese momento a cuarenta grados. Pero los fox–terriers de buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica que la roja arena tornaba aún más caliente, había lagartijas. Con la boca ahora cerrada, Yaguaí traspuso el tejido de alambre y se halló en pleno campo de caza. Desde setiembre no había logrado otra ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro lagartijas de las pocas que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fue entonces a bañar.



A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales, pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluido un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos metros de hondura, tendiéndose en larga escarpa por un lado, a modo de tamajar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas de dos meses, lo que es bien meritorio en Misiones. Allí se bañaba el fox–terrier, primero la lengua, después el vientre sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su camino. Al caer el sol, tornaba al pozo. De aquí que Yaguaí sufriera vagamente de pulgas, y con bastante facilidad, el calor tropical para el que su raza no había sido creada. El instinto combativo del fox–terrier se manifestó normalmente contra las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego; si bien la admiración de aquéllos no pasaba del cuadro de caza.



–Eso –dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de cabeza–, no sirve más que para bichitos...

El dueño de Yaguaí lo oyó:
–Tal vez –repuso–; pero ninguno de los famosos perros de ustedes sería capaz de hacer lo que hace ése.


Los hombres se sonrieron sin contestar. Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte y su maravillosa aptitud para la caza a la carrera, que su fox–terrier ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; pero no tenía cómo hacerlo. Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque él tenía un buen perro, no podía sino a veces alcanzar a los venados  de un palo...



Cooper prestó la escopeta, y aun propuso ir esa noche al rozado.


–No hay luna –objetó el peón.


–No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.



Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se lanzó enseguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro. Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna. Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda. Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El perro del peón halló una pista, muy lejos, que perdió enseguida. Una hora después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa. La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. Se olvidó luego de ellos, mientras el fox–terrier continuaba cazando ratas, algún lagarto o zorro en su cueva, y lagartijas.



Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes, pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El termómetro se mantenía entre treinta y cinco y cuarenta, sin la más remota esperanza de lluvia. Durante cuatro días el tiempo se cargó, con asfixiante calma y aumentó de calor. Y cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa sequía. El fox–terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no respiran bien, echados. Con la lengua afuera y los ojos entornados, asistió a la muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una blancura amarillenta, y a fines de noviembre sólo quedaban de él columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca, heroica entre todas, resistía bien.



El pozo del fox–terrier –agotada su fuente– perdió día a día su agua verdosa, y ahora tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del monte forzaba hasta el pozo. En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a quince al amanecer, llegaba a cuarenta y uno a las dos de la tarde. La sequedad del aire llevaba a beber al fox–terrier cada media hora, debiendo entonces luchar con las avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un sol que mataba instantáneamente a las hormigas rubias.



Alrededor, cuanto abarcaban los ojos del fox–terrier: los bloques de hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su agua de cinc, esperando la caída de la tarde para revivir. La atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río, sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el viento cesaba por completo y, en el aire aún abrasado, Yaguaí arrastraba por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras negras, recortándose inmóviles sobre el río cuajado en rubí, infundían en el paisaje una sensación de lujoso y sombrío oasis.



Los días se sucedían iguales. El pozo del fox–terrier se secó, y las asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron para él esa misma tarde. Desde tiempo atrás el perrito blanco había sido muy solicitado por un amigo de Cooper, hombre de selva, cuyos muchos ratos perdidos se pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatís, lo que envolviendo una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella fundamentalmente al perro que no supo cogerlo. Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox–terrier en un asunto de irara, a la que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente entre cruz y pescuezo no era un perro cualquiera por más corta que tuviera la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le prestara a Yaguaí.



–Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón –le decía.


–Tiene tiempo –respondía Cooper.



Pero en esos días abrumadores –la visita de Fragoso habiendo avivado el recuerdo del pedido–, Cooper le entregó su perro a fin de que le enseñara a correr. Yaguaí corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo Cooper. Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y porotos, totalmente perdida por la seca. Esto último, específico para el cazador, tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la nueva alimentación. Él, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera, conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come, para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les daban cada día.



Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta –maniobra ésta que entraba en el sistema educacional del cazador–; pero el hambre, que llevaba a aquéllos naturalmente al monte a rastrear para comer, inmovilizaba al fox–terrier en el rancho, único lugar del mundo donde podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán siempre malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí caza desde su creación por simple sport. Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox–terrier. Pero siendo Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores tiempos para esa enseñanza. Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse; las últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano, y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida el fox–terrier había adquirido con pasmosa rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del país. Aprendió entonces a merodear de noche por los ranchos vecinos, avanzando con cautela, las piernas dobladas y elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata de espartillo al menor rumor hostil. Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de un modo particularmente sordo cuando el cuzco de un rancho defendía a éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con grasa a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del hollín pegoteado de una olla y –alguna vez–, de la miel recogida y guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los ojos, agachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y provocador del fox–terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso, de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba furtivamente por los caminos.



La sequía continuaba, entre tanto; el monte quedó poco a poco desierto, pues los animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del abrevadero de las bestias con éxito mediano, pues siendo aquél muy frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor tornábase desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y con nuevos disgustos con el propietario de la tierra, no tenía humor para cazar, ni aun por hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jauría.



Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura vegetal –vaguísima, si se quiere–, pero que acusaba un poco de vida en aquel infierno de calor y seca. En efecto, San Ignacio había sido menos azotado, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se sostenían en pie. No comieron los perros ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, probaron en su memoria aquella sensación de frescura. Y a la noche siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico trémulo a la otra costa. La luna salía entonces, con su amarillenta luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el río a flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso que en agua normal no da fondo a tres metros.



Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el maizal más cercano. Allí el fox–terrier vio cómo sus compañeros quebraban los tallos con los dientes, devorando con secos mordiscos que entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo él lo mismo; y durante una hora, en el negro cementerio de árboles quemados, que la fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente. Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no lo sintieron mucho. Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, al fondo de la colonia. El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra excelente; y aquellas inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo con el machete, debían de preparar magníficos rozados.



Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó plomo, y en las horas más calientes se trasparentaban en el horizonte lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a treinta y nueve y el viento norte soplando con furia trajeron al fin doce milímetros de agua, que Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vio nacer, lo vio crecer magníficamente hasta cinco centímetros. Pero nada más. En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven infinidad de roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se desbandan y el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones. De este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron enseguida restregándose el hocico mordido.



Fragoso mató esa misma noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa. Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente él y sus compañeros se internaban en el monte (aunque el fox–terrier no corría tras el rastro, sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de urúes), cuando Yaguaí se sorprendió del rodeo que efectuaban sus compañeros para no cruzar el rozado. Yaguaí avanzó por él, no obstante; y un momento después lo mordían en una pata, mientras rápidas sombras corrían a todos lados.



Yaguaí vio lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre, humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse en el rancho, ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas hambrientas que invadían literalmente la casa. Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del viejo combate con la irara: era la misma mordida la misma mordida sobre la cruz; un golpe seco de mandíbula, y a otra rata.



Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con larga serie de juramentos en voz alta, dio su maizal por perdido. ¿Qué podía hacer Yaguaí solo? Fue al rozado, acariciando al fox–terrier, y silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los dientes de las ratas en el hocico, chillaban restregándolo a dos patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar burbujas sanguinolentas por la nariz.



En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox–terrier para salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de nueva plantación, y Fragoso se vio forzado a ir a San Ignacio en busca de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues las últimas aventuras, colocando al fox–terrier en su verdadero teatro de caza, habían levantado muy alta la estima del cazador por el perrito blanco. En el camino, el fox–terrier oyó, lejanas, las explosiones de los pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vio a la vera del bosque a las vacas que soportando la nube de tábanos empujaban los catiguás con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado hasta alcanzar las hojas. Vio las rígidas tunas del monte tropical dobladas como velas; y sobre el brumoso horizonte de las tardes de treinta y ocho a cuarenta grados, volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.



Media hora después entraban en San Ignacio. Siendo ya tarde para llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la mañana siguiente su visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al que el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del caballo de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo. Las circunstancias anormales por que pasaba el país con la sequía de cuatro meses –y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–, hacían que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día, Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un poblador haragán llega hasta enseñar a sus cachorros esta maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era asimismo dura.



Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vio una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasantes del animal con las patas traseras a la rastra, tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo explicar. Llegó hasta el lugar, pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo en la casa.



–¿Qué fue, papá? –le preguntó desde la cama su hija– ¿Un perro?


–Sí –repuso Cooper colgando la escopeta–. Le tiré un poco de cerca...


–¿Grande el perro, papá?


–No, chico.


Pasó un momento.


–¡Pobre Yaguaí! –prosiguió Julia– ¡Cómo estará!



Súbitamente, Cooper recordó la impresión sufrida al oír aullar al perro: algo de su Yaguaí había allí... Pero pensando también en cuán remota era esa probabilidad, se durmió tranquilo. Fue a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el rastro de sangre, halló a su fox–terrier muerto al borde del pozo del bananal. De pésimo humor volvió a casa, y la primera pregunta de Julia fue por el perro chico:



–¿Murió, papá?


–Sí, allá en el pozo... Es Yaguaí.



Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados fue al pozo. Julia, después de mirar un rato inmóvil, acercó despacio a sollozar junto al pantalón de Cooper.



–¡Qué hiciste, papá!


–No sabía, chiquita... Apártate un momento.


En el bananal enterró a su perro; apisonó la tierra encima, y regresó profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos que lloraban despacio para que su padre no los sintiera.


Horacio Quiroga, narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias .(Salto 1878  - Buenos Aires 1937)