lunes, 29 de agosto de 2016

Diecisiete y veintiuno

                                     Carlos Liscano

Estoy tratando de ver si me sale un truco que me enseñó mi padre. Mi hermana recién había nacido, yo acababa de empezar la escuela y faltaban cinco o seis años todavía para que mi padre se fuera de casa. Entonces papá jugaba conmigo a la baraja todas las tardes, antes del informativo de la televisión. Cuando mi padre se fue, las cosas cambiaron, y ahora, más de treinta años después, de visita en casa de mi madre, estoy tratando de recordar cómo se hacía el truco.
Después de cenar mi madre lava los platos y me habla. Yo encontré las barajas en un cajón del cuarto de costura de mi madre, donde dormíamos mi hermana y yo. Sentado a la mesa de la cocina la oigo hablarme.
El truco es tonto, pero no me sale. Hay que encontrar el siete de oros siempre en el mismo lugar entre las cuarenta barajas. Mi madre está contando cosas sin ton ni son, pero tratando de que me entere de algo. Desde que me separé de mi mujer vengo a cenar con mi madre una o dos veces por semana. Mi mujer se fue de casa una noche y cuando volvió al otro día quiso llevarse a los niños. Al fin convinimos un arreglo, ella se quedó con la casa, yo me llevé el auto. Fue bastante civilizado. Todavía no sé cómo ni por qué nos separamos, pero así son las cosas.
Cuento hasta veintiuno y tendría que aparecer el siete de oros. No aparece. Desordeno las barajas y aparece en cualquier parte. Mi mujer me miró y yo supe que todo había terminado. Ni siquiera necesitamos decirnos más de media docena de frases. Íbamos en el auto hacia el centro, al cine. Yo no quería ir, ella había insistido. A mí me daba lo mismo. No hablábamos, pero allí íbamos. De pronto me dijo que parara. Yo seguí y ella repitió que parara allí. Paré el auto.
-Apuesto a que te olvidaste de algo -recuerdo que le dije.
Me habló sin mirarme:
-¿Te parece que podemos seguir así?
La miré un instante y la vista se me fue hacia una muchachita que pasaba en bicicleta por la vereda a la medialuz de la luna.
-¿Qué dijiste? -le dije.
-Eso, lo que entendiste.
-Bueno, no sé. Qué le voy a hacer -dije, por decir algo.
Nos quedamos en silencio, ahora mirando al frente los dos.
-Entonces volvemos -dijo.
No le contesté. Puse primera y di vuelta.
Llegamos a casa, me saqué el abrigo y me senté en el sofá a mirar televisión. Mi mujer no me dijo qué pasaba ni yo le pregunté. Se fue al cuarto.
Al rato apareció con una valija. Me sorprendió. Se detuvo y quedó mirándome.
-¿Te vas? -le pregunté.
-Sí, me voy.
-¿A esta hora?
-A esta hora.
-¿Querés que te lleve?
-No te preocupes, llamo un taxi.
Habló por teléfono y se fue. Antes de salir me dijo:
-Los niños duermen. No les digas nada hasta que yo vuelva. Mañana me los llevo. Tengo que arreglar algunas cosas.
Mi madre está dando vueltas. Ahora el siete de oros apareció cuando llegué a la carta número veintidós. Tal vez no era veintiuno, sino que el siete de oros aparece después de contar veintiuno, en el lugar veintidós.
-No salíamos nunca a ningún sitio -dice mi madre.
Está hablando de su vida con mi padre. De vez en cuando lo hace.
Cuando mi mujer volvió, a la otra tarde, yo ya le había avisado a mi madre que me iría a su casa, hasta que consiguiera donde vivir. Le dije a mi mujer que se quedara con la casa, así podría vivir allí con los niños, yo me llevaba el auto.
Expliqué a los niños que todo seguiría igual, papá vendría a verlos y saldríamos a pasear. Que respetaran y obedecieran a mamá. Lloraron ellos, lloré yo. Mi mujer se quedó dentro cuando salieron a despedirme hasta el auto. Vine a esta casa, le conté a mi madre que me había separado.
Esto es ilógico, ahora salió en el lugar veintinueve. Es claro que no me acuerdo del truco. Tampoco me importa no acordarme. Dentro de un rato, cuando mi madre termine con la cocina, me iré a casa.
-Un sábado de noche salimos. Yo sabía que él no quería salir, que prefería quedarse en casa -dice mi madre.
El siete aparece en el lugar treinta y seis.
-Yo le reprochaba que no salíamos nunca, desde hacía años. Ustedes ya estaban grandes. No muy grandes, pero podían quedarse solos en casa. Teníamos que aprovechar, le decía yo, teníamos que salir, distraernos, ver gente. Desde que ustedes nacieron no salimos más, a ningún sitio. Vos ya tenías trece años, tu hermana seis. ¿Me estás escuchando?
-Sí, mamá. No creas que no te escucho. Estoy tratando de recordar un truco que me enseñó papá hace mil anos.
-Un día, aquel sábado, conseguí por fin que aceptara ir al teatro. Él no quería ir, ni al teatro ni a nada, pero en todo caso prefería el cine. Yo quería ir al teatro, como cuando éramos novios. Se lo dije. Él no quería discutir y dejó que yo decidiera. Me dijo que reservara las entradas por teléfono.
Ahora el siete de oros no aparece ni en el lugar veintiuno ni en el veintidós ni en el veinte ni cerca. Aparece en cualquier parte. Me equivoco en algo, pero no sé en qué. Cuando mi madre termine me voy, no lo intento más.
-Yo le dije que no era necesario, que siempre había entradas para el teatro. Salimos de casa a eso de las siete y media. Después íbamos a cenar, por eso dejamos el auto y tomamos un taxi, así tu padre podría tomar vino con la cena. Cuando llegamos no había entradas.
Para que mi madre vea que le presto atención le pregunto:
-¿Por qué no había entradas?
-Porque se habían vendido todas.
-Entonces papá tenía razón.
-Sí, tenía razón. Y se enojó conmigo y decidió que fuéramos a ver una película, que era lo que él quería desde el comienzo.
Apareció dos veces seguidas en el sitio diecisiete. Esto no me lo explico. Tal vez había que contar hasta diecisiete y no hasta veintiuno. No me acuerdo ni intento acordarme, sólo juego a ver si me sale.
-Caminamos hasta el cine y sólo quedaban entradas para la función de las doce y media de la noche.
-¿Y qué hora era?
-Serían ocho y cuarto.
Vuelvo a barajar. Mi madre sigue:
-Con tu padre nos miramos y ni siquiera nos enojamos. No íbamos a volver a esa hora para ver una película. A mí me dieron ganas de llorar pero no lo dije. Intenté que por lo menos la cena se salvara. Le dije que fuéramos a cenar y dejáramos el teatro para otro día. Tu padre no dijo nada, se sonrió un poco, con ironía. A esa altura todo le daba lo mismo y permitía que yo decidiera.
Hay un juego que es poner cuatro sotas y tratar de que todas queden con los pies cubiertos. Es fácil. Estoy escuchando a mi madre con más atención. Pruebo una vez más el del siete de oros y si no me sale me pasaré al juego de las sotas.
-Cuando llegamos al restaurante era demasiado temprano, no había casi gente. Tu padre volvió a ponerse irónico y dijo que por lo menos aquí sí íbamos a poder entrar. Es muy triste un restaurante vacío. Nos sentamos y antes de que vinieran a tomarnos el pedido tu padre me preguntó si yo tenía plata.
-¿Y quién llevaba la plata en casa en aquel tiempo, vos o papá? -pregunto, para que vea que la sigo.
-Cualquiera de los dos.
-¿Y vos tampoco llevabas plata?
-No. Miré a tu padre y vi que ni siquiera valía la pena que me dieran ganas de llorar. Empecé a levantarme. Tu padre me dijo que qué me había dado. Le dije que no había llevado plata porque creía que él había llevado. Pero ahora me daba cuenta de que él tampoco había llevado. Volvimos a casa en taxi y tuve que entrar a buscar plata para poder pagar. Me fui a la cocina y calenté un poco de comida. Serían las nueve y algo. Le serví y me fui de nuevo a la cocina, a sentarme. A las diez tu padre estaba mirando el programa de preguntas y respuestas.
-¿Y qué pasó con el teatro, fueron al otro día?
-Después de un rato hice la valija. El se ofreció a llevarme a donde quisiera, pero le dije que no. Llamé un taxi y cuando salí me hizo adiós con la mano por encima del sofá.
Ahora apareció en el veintiuno. Creo que era el sitio diecisiete o el veintiuno, cualquiera de los dos. O uno de los dos, todavía no estoy seguro.
-¿Y a dónde fuiste aquella noche?
-A casa de mi hermana. Volví al otro día, de tarde.
-¿Y papá qué te dijo, te preguntó dónde habías estado?
-No me preguntó nada. Le dije que venía a buscarlos a ustedes. Él me dijo que me quedara con la casa, que él se llevaría el auto.
-Fue entonces que se separaron.
-Nunca volvimos a vivir juntos.
-Yo creo que ya me lo habías contado.
-Sí, es probable.
-Ahora apareció en el diecisiete otra vez.
-¿De qué estás hablando?
-Del siete de oros. Papá también me lo ha contado, aunque un poco diferente. 


La verdad y el silencio



Hace años que no hablo nada, con nadie. Empezó un día. No recuerdo cuándo, pero fue el día en que por primera vez dije la verdad. Sí, recuerdo que fue estupendo, sentí una sensación muy agradable y totalmente nueva. Me gustó y decidí probar a ver que pasaba. Dije otra vez la verdad y la cosa funcionó, el mismo placer, la misma armonía del mundo.
A partir de ahí no pude parar. Me levantaba temprano por la mañana y me ponía a decir la verdad aunque no viniera a cuento. Al primero que se me ponía a mano le decía la verdad.
Aquello daba gusto, aquello era vida. Nunca lo había experimentado. Hasta ese entonces yo había venido haciendo lo que podía, como todo el mundo. Pero decir la verdad, sólo la verdad en todo momento, había estado lejos de mis intenciones.
Al tiempo me ocurrió que, pese a yo querer decir sólo lo cierto, a veces me resultaba muy difícil porque no estaba seguro de si algo era verdad o no. Fue entonces que empecé a limitarme en la expresión de verdades. Decía sólo cosas que yo estaba seguro que eran verdad.
Me duró un tiempo esa etapa. Hasta que otra vez me vino la inseguridad. Había frases que yo decía con total franqueza creyendo que eran verdades, pero en realidad las había leído en un libro, o en un diario, o alguien me las había contado. Yo no podía dar garantías de que lo que decía era ciento por ciento verdadero.
Entonces comencé a limitarme todavía más el horizonte. Afirmaba sólo lo que era de fácil comprobación. Miraba por la ventana y decía: "Llueve". Eso era cierto, comprobable. Enseguida, por si acaso, limitaba el universo de la afirmación: "Llueve en Montevideo, frente a mi ventana". Eso era indiscutible, cierto de toda certeza.
Bastaba sacar la mano por la ventana para confirmarlo.
Poco a poco mi lengua fue eliminando los adjetivos. No me animaba afirmar, por ejemplo, "Lindo día", porque ¿qué es "lindo"? "Lindo día", ¿para quién?
Más adelante se me perdieron los adverbios: "Cae agua lentamente", no era una afirmación comprobable. ¿"Lentamente" respecto a qué?
Algunas frases hechas se me olvidaron. "Hace calor", "Hace frío". ¿Qué era eso?, ¿quién se atrevería a semejante afirmación tan marcada de subjetivismo?
Perdí muchos verbos como saber; necesitar; comprender, entender, querer.
Toda la hojarasca subjetiva del lenguaje se me fue quedando por el camino. Cada día más liviano, yo, en este mundo, más verdadero y silencioso.
En la última etapa sólo conservé algunos verbos, muy pocos, y sustantivos concretos. Si veía una mesa yo apenas me atrevía a afirmar "Mesa". Ni grande ni chica ni cara ni barata ni buena eran afirmaciones comprobables, objetivas.
Mi mujer me decía que me estaba poniendo notoriamente más loco. No le contestaba. Porque si lo hiciera tenía que decirle que aquello no era objetivo, y por tanto, aunque lo lamentaba, no podía tomárselo como verdad. Que me disculpara.
En los últimos meses he estado reflexionando sobre la creación de un nuevo idioma, que evite lo subjetivo, lo no verdadero y la imprecisión. La pregunta en que actualmente trabajo es definir la palabra "objetivo".
¿Qué es objetivo? ¿Mi mujer es objetiva? Creo que lo es, pero está tan llena de subjetivismo que no creo que comprendiera la importancia de mi trabajo. Es por eso, por la verdad, que casi no hablo, con ella ni con nadie. Ella dice que es mejor así, porque de ese modo no digo tonterías.





Naranjas en la sala



UN DIA me vistieron de salir y fuimos a una casa muy fresca que me acuerdo quedaba cerca de una estación de tranvías. Todo estaba muy limpio y en su sitio y había sillones floreados y alfombras por todas partes. Yo nunca había estado en una casa tan limpia y prolija. Allí seguro que era como en las películas que tenían un plato para cada comida y la gente dormía de pijama.
No podía enterarme de mucho porque estábamos de visita, pero hubiera estado bueno darle una recorrida a algunas piezas que había hacia el fondo. De lo que estaba más a mano lo mejor era el sofá donde yo me imaginaba que uno podría acostarse a leer revistas.
Conmigo estaba mi madre y mi abuela. Los tres en el sofá; yo en la esquina, entre mi abuela y el brazo del sofá. Al lado había una mesita con una lámpara de la que colgaban bolitas de vidrio. Mi madre conversaba con un señor de lentes que hablaba muy mal, hasta yo me daba cuenta. Al lado suyo estaba su mujer, una señora que también usaba lentes como casi todos los ricos que yo había visto yendo con mi abuela a llevar la ropa que ella lavaba. El señor tenía problemas con la erre y otras letras. A mí me daba un poco de lástima, pero después de un rato ya empezó a aburrirme que fuera tan grande y no supiera hablar. No me animé a preguntar qué problema tenía, pero recuerdo que lo pensé. Creo que no lo hice porque en ese momento la mujer vino a traerme un par de naranjas.
Yo tenía cinco años. Mi madre trabajaba en una fábrica y quería comprar una máquina de coser "para redondear el sueldo", me acuerdo que repetía. En aquel momento yo todavía no sabía por qué habíamos ido a esa casa. Fui enterándome más adelante, de a poco. Primero, cuando mi madre recibió la máquina en casa.
Después, con los años, de tanto en tanto me acordaba y comprendía un poco más aquella visita que habíamos hecho.
El señor vendía máquinas de coser y otras cosas a crédito. Cuando después él iba todos los meses por casa, yo sabía que estaba por venir porque mi madre andaba diciéndole a mi padre que en cualquier momento seguro aparecía "el judío" a cobrar y ella no sabía de dónde iba a sacar para pagarle si el mayorista todavía le debía los calzoncillos que ella le había cosido hacía dos meses. Entonces yo me acordaba de las naranjas.
Allí estábamos, muy sentados, en el sofá. En un momento la mujer se levantó y se fue. La cosa parecía que iba para rato y sólo se conversaba. Cuando estaba a punto de preguntarle a mi abuela por qué el hombre hablaba como los niños más chiquitos, fue que vino la mujer de lentes y se acercó a mí. En un platillo traía dos naranjas. También había un tenedor y un cuchillo y por debajo una servilleta blanca.
Yo cacé en el aire que era para mí antes de que ella la pusiera en la mesita y me sonriera. Me dijo algo en la misma medialengua del hombre de lentes y yo pensé que en esa casa todos hablaban mal. 
Pero al instante deje de interesarme por lo que decían y cómo. Pasé la mano por encima del brazo del sofá y me llevé una naranja para mi lado. Le hinqué los dientes y salió un pedacito de cáscara. Después de eso ya era mía.
Mi abuela me observaba y me hizo poner la cascarita en el platillo, con cuidado, para no ensuciar. Entendí que toda la cáscara tenía que ir depositándola allí.
Cuando había llegado a la mitad me aburrí de pelar y le clavé los dientes y me puse a chuparla. Ahora hablaban todos; mi madre y mi abuela como se debe, los otros dos mal, como parecía era su modo.
Pese a la naranja a mí nada de aquello me parecía divertido, y pensaba cuándo íbamos a irnos de esa casa tan rara. Por una puerta se vio pasar a un muchachito un poco mayor que yo. También llevaba lentes. Supuse que tampoco sabía hablar como la gente, igual que los dos viejos.
De pronto vi un perro, no de verdad, de porcelana, sobre otra mesa, al lado de un espejo. Decidí probar puntería. Apreté una semilla con los dientes y la dejé escapar. Erré, fue a dar a la alfombra. Enseguida tenía otra semilla en la boca. Probé de nuevo. Ahora le di al perro y sonó plic.
Así me entretuve un rato. Le di también un par de veces al espejo, para variar. Mucho más lejos había una olla de metal. Nunca había visto una olla puesta así, en vez de tenerla en la cocina. Pero los ricos siempre hacían cosas raras. Estos, de raros que eran, hablaban como se les antojaba y ponían las ollas en cualquier sitio.
Bueno, yo no podía hacerle nada, más que probar con la olla. Eso si que era difícil, pero parecía mucho mejor que el perro. Si me esmeraba tal vez le acertaba.
Preparé una buena semilla de las grandes y probé. La olla soltó un pliim muy lindo. Después ya me olvidé del perro y del espejo y seguí solo con la olla, meta y meta todo el rato.
Aunque aquellos dos hablaban tan mal, los cuatro seguían igual dele que dele. En medio se oían mis plim, y yo creía que nadie lo notaba. Nunca fui bueno con las semillas de naranja, pero aquel día toda la suerte se había puesto de mi lado. Creo que, a excepción de un par de tiros, le acerté todas a la olla. Los cuatro oían el ruidito y no sabían qué. Pero mi abuela siempre fue mucho más rápida que mi madre. Entendió y se quedó observando. Cuando se oyó el próximo tiro me dio con el codo y con los ojos, una mirada de aquellas que yo sabía eran un anuncio.
Durante un rato estuve mirando todo lo que había a mano sin saber qué hacer. Los cuatro no paraban. Así me distraje y le di otra vez a la olla. Era la última semilla, pero todavía me quedaba la otra naranja entera, que ya la tenía en la mano. Mi abuela me dio duro con el codo y me quité la naranja. Me tapé toda la cara con la servilleta para limpiarme y me raspé la boca y la nariz, como hacía siempre.
Me quedé sentado con las manos ente las rodillas, tratando de no mirar hacia la mesa, donde la otra naranja estaba meta hacerme señas.
Cuando salimos la cosa se puso muy mal. Mi abuela decía que era una vergüenza, que yo era un cerdo y otras lindezas y que conmigo no se podía salir. Que eso pasaba por la educación que se me estaba dando.
Mi madre me decía que yo no debía haber hecho aquello, y le explicaba a mi abuela que yo todavía era muy chiquito, que ya iba a aprender.
Mi abuela insistía en lo de cerdo y en la vergüenza que había pasado, la peor de toda su vida. Que la próxima vez había que dejarme en casa, para que aprendiera.
Pero que con aquella educación ya todo estaba echado a perder y no había esperanzas. Sólo Dios podía saber dónde iría yo a terminar. "Una no sale con un cerdito tan sucio como éste", y me sacudía el brazo con la mano izquierda, que era la mejor suya y en la que tenía más fuerza.
A mí no me importaba mucho ni poco lo que mi abuela decía, sólo que ahora había empezado a sentir un poco de asco por aquella casa tan limpia, donde yo me había comido una naranja entera. Pero creo que en total no erré más de tres tiros esa vez.







Carlos Liscano,
 Montevideo (1949),dramaturgo, poeta, narrador y novelista. Vivió en Suecia, donde además se desempeñó como traductor. Ahora reside en Montevideo. Su primera novela, La mansión del tirano, fue seguida de otras como Memorias de la guerra reciente, El camino a ItacaEl furgón de los locos, y  La ciudad de todos los vientos. Ha publicado tres recopilaciones de cuentos. Algunas de sus obras fueron estrenadas en Uruguay, Suecia, Francia, Canadá, Estados Unidos, Italia, España, Argentina y Colombia. 


                                        

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