miércoles, 24 de agosto de 2016

La gitana


                                                 Sylvia Lago


            No sé bien si lo soñé yo o lo soñó ella. Puedo decir que la vi una sola vez, en un salón de peinados donde, una mañana, las dos nos atendíamos.
            La anciana entró rengueando, apoyada en un bastón de madera lustrada. Pidió, con acento extranjero, que le cortaran el cabello. No lo llevaba largo, pero sí desparejo, enmarañado. La ubicaron en un sillón contiguo al mío. Yo soportaba sobre mi cabeza un secador que zumbaba en mis oídos. Podía ver la imagen de la vieja mujer en el amplio espejo que atravesaba la pared, frente a nosotras; al veía hablar, gesticular, sonreír; sus ojos grises, con reflejos dorados, se iluminaban, de pronto, y cruzaba por ellos un fugaz resplandor de juventud.
            Cuando me quitaron aquel horrible casco metálico y empezaron a peinarme, la muchacha que le cortaba el pelo a la anciana se dirigió a mí para referirse a su cliente, que buscaba, ahora, mi imagen en el espejo.
            –La señora es polaca, sabe, y vivió en Europa durante las dos guerras mundiales.
            –Judía polaca –aclaró ella– y volteó un poco la cabeza para observarme de perfil.
            –La señora tiene noventa años, ¿se da cuenta? –continuó la peinadora.
            A esa altura la viejecita sonreía ampliamente: amarillos, pequeños y parejos, conservaba aún sus dientes verdaderos.
            –El mucho sufrimiento no siempre destruye –dijo, directamente para mí.
            –La verdad es que luce muy bien. Y más ahora –dije– que le están haciendo un corte de pelo tan moderno.
            –Cómodo –observó–. No vengo a menudo a la peluquería. Además, yo también soy... –vaciló–, bueno, fui peluquera. Durante la guerra le cortaba el pelo a los soldados rusos, y los afeitaba. Trabajaba más de dieciséis horas por día.
            Hablaba bien el español, aunque con acento extranjero. Y tenía –era evidente– muchas ganas de conversar. Dejé la revista que hojeaba mientras la peinadora estiraba mis rulos e iba armando, con esmero, mi look de fin de semana. Me dispuse a mantener una charla trivial con aquella anciana de todavía hermosa sonrisa, de tez cubierta por pequeñas arrugas, de ojos que, de vez en cuando, centelleaban.
            Pronuncié, en consecuencia, una frase banal que, no obstante, diera pie a la conversación.
            –Cuántas experiencias difíciles habrá vivido –dije.
            Ella acomodó su pierna tiesa en el tirante de hierro que oficiaba de apoyapies. Muy seria, aunció:
            –Voy a contarle sólo una. Ya no sé, ni quiero recordar, cuántos años hace que ocurrió. A veces deseo creer que lo he soñado. Pero no. Fue real. Sonrió, ahora con tristeza. Y agregó:
            –Salvo que toda mi vida haya sido un sueño.
            Entonces contó:
            –Fue durante la ocupación de Polonia por los nazis. Yo había vivido en Varsovia, con mi familia; por entonces mis padres ya habían logrado escapar de allí. Mi marido –era mi primer esposo, después murió en la guerra– estaba peleando. Yo habitaba en un barrio muy pobre, en los suburbios. El mío era un edificio viejo, que se podía derrumbar en cualquier momento. Alquilaba un cuartucho en el tercer piso, al que se llegaba por una escalera angosta, de maderas chirriantes. Entre aquellas tablas deterioradas vivían las ratas. Muchas ratas. –Suspiró; permanecía casi inmóvil, ahora, mientras la joven peluquera le emparejaba la línea del cabello en la nuca. Luego de una pausa, prosiguió:– La planta baja estaba deshecha; no tenía puertas; las paredes se descascaraban en aquellos corredores oscuros, malolientes. Allí se habían refugiado unos gitanos. Un día llegaron los soldados. Con camiones, con tanques. Frente al edificio había una plaza muy antigua. Hermosa, era una plaza hermosa, sí, con algunos árboles, con bancos de piedra. Bajaron rápidamente y se dirigieron, en grupos, a las distintas construcciones que rodeaban la plaza. Yo los espiaba desde mi ventanuco, oculta detrás de una cortina gris, de paño gastado, que había confeccionado con una frazada en desuso. Pensé que podía subir por mí. Que ascenderían hasta mi piso. Y si llegaban hasta allá... Bueno, yo era bastante joven, todavía, y tenía ganas de vivir, aunque muchos de mis seres queridos ya habían muerto. Pero no fue así. –La anciana dirigió hacia mí una mano larga, huesuda, de piel arrugada, con muchas manchas. El movimiento de la mano acompañaba la negación de su voz, de su cabeza. Desvió los ojos y su mirada se perdió en el fondo del espejo.– Yo conocía a Tania. Era una gitana que no tenía más de veinte años. Morena, con unos ojos grandes, color avellana, y un lunar al costado de la boca. Estaba encinta, en los últimos días de su embarazo. Vi como uno de ellos la sacó, arrastrándola de sus largas trenzas. –Se crisparon, de pronto, los labios de la vieja judía. Y su voz se hizo opaca, distante.– Hacía pocos días Tania me había dicho que, en cuanto naciera su hijo, iba a subir a mi pieza para que le cortara las trenzas. Otro soldado la tomó de los pies y la tiró en medio de la calle. Casi en seguida Tania se levantó las polleras –muchas polleras superpuestas, sabe, como usan las gitanas– y empezó a gritar.
            Me di cuenta de lo que iba a ocurrir; allí mismo, despatarrada, estaba a punto de dar a luz. Ellos, los que la habían arrastrado desde la casa, la miraban, perplejos.
            La criatura no demoró mucho en nacer. Desde el tercer piso yo no veía demasiado; pronto, para mi desgracia, vería mejor. Tania logró tomar al niño en sus brazos, aunque no podía incorporarse; le limpiaba la sangre con una de sus polleras; le lamía, ansiosa, la cara, la cabecita. Entretanto vi, con extrañeza, lo que ellos hacían; sacaban –los dos– varios billetes de sus bolsillos y los ponían sobre un banco de la plaza. Después, se dieron la mano. Algo así como un pacto, parecía. Entonces uno de ellos se acercó a Tania y, sin decir palabra, le arrebató al niño, ¿o niña?, de los brazos. Ambos sacaron sus revólveres. Ambos eran rubios y muy jóvenes. Uno lanzó al recién nacido al aire con tanta fuerza, que casi alcanzó, el pequeño cuerpo, la altura de mi ventana. No sé, tal vez ahora exagero... Tantos años... –La mano flaca de la anciana quiere borrar la imagen: sus dedos aprietan, temblorosos, los párpados ajados. Pero abre los ojos de inmediato.– Lo que sí sé es que el niño tenía el pelito negro y espeso, húmedo y brillante como el lomo de un pingüino. Los dos soldaa.dos dispararon a la vez. El que dio en el blanco, en pleno vuelo de la criatura, tomó el dinero que estaba sobre el banco de piedra. Había ganado la apuesta. El otro, con gesto hosco –seguramente porque había perdido– le dio a Tania el tiro de gracia.

Sylvia Lago, (20 de noviembre de 1932). Escritora, docente, ensayista literaria. Egresada en Literatura del Instituto de Profesores Artigas (de donde llegó a ser Subdirectora). Ejerció la docencia en Enseñanza Superior por más de 20 años. Es Directora del Departamento de Literaturas Uruguaya y Latinoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (también catedrática de Literatura Uruguaya).

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